domingo, 11 de noviembre de 2018

La huida 2º parte

Durante el vuelo, piensa en el diseño, que había creado y en la muestra que le llevaba a su jefe, mira en el bolso y aquella muestra extraordinaria hecha en oro blanco aún  la llevaba consigo, y piensa que estaba creada con tanta imaginación que no pocas señoras darían lo que fuera por lucirla, guarda la joya en un departamento del bolso secreto, saca el dibujo del boceto para contemplarlo, se regocija ante aquella joya que una vez realizada le dio resultado deseado; para ella el resultado fue extraordinario, esta contemplación le excitó como creadora, pero también pensó que había perdido la oportunidad de saber el impacto que podía haber tenido aquel diseño en el escaparate de la joyería.
Anna por unos momentos centra su atención en lo vivido en la joyería, ¿Por qué aquel joyero le encargó ese diseño de tan dificultosa realización?
 ¿Para qué mujer sería?
Ya se encontraba en Kuala  Lumpur, cuando recoge su escueto equipaje de la cinta transportadora, mira en todas las direcciones, desconociendo el motivo. Cuando sale del aeropuerto de Klia pide un taxi para que la llevara al hotel Majestic, que según le dijeron se encontraba a tan sólo 15Km del aeropuerto. Después de rodar dos kilómetros aproximadamente, el taxi se para, Anna pregunta qué sucede, el taxista no parece escuchar su pregunta, el hombre ante los aterrados ojos de Anna comenzó a bailar rodeando el coche cómo si se tratara de un ritual,  Anna intenta salir, pero las puertas parecían estar atascadas, mira desesperada a todas partes, pero nadie para ante sus gritos, entonces se da cuenta de que la ventanilla del conductos se encontraba abierta, con la agilidad de un atleta, salta por cima del sillón  hasta ponerse ante el volante, intenta ponerlo en marcha, mientras, el taxista, no dejaba de danzar. Anna se baja y llama al primer taxi que ve pasar por allí, con la respiración agitada --le dijo—lléveme a toda prisa al hotel Majestic, cuando entra en él Hallel del hotel, se olvida de lo que acababa de vivir pues se queda admirada, era una estancia amplía, a su derecha se encontraba un bar salón decorado con un lujo indescriptible, miró hacia el techo y vio que se encontraba bajo una cúpula dorada cubierta de estrellas que parpadeaban  cómo si fuera la noche, bajo unos pequeños puntos de luz, se encontraba un pianista, que con dulces melodías animaba a los clientes del hotel.
Cuando llega a su habitación, ve con extrañeza que todas las ventanas se encontraban abiertas de par en par, las cortinas blancas, volaban a su antojo cómo su fueran fantasmas en la hora de recreo, ya sabía que el clima era cálido, pero con la humedad que da el trópico, no entendía el motivo por el cual se encontraban las ventanas abiertas, llama a recepción, poco después el director se presenta ante ella, era un hombre alto excesivamente delgado, parecía nervioso, Anna enseguida supo el porqué de su nerviosismo, era musulmán, y parecía tener mucha prisa para llegar a tiempo a la oración. Segundos después pudo oír cómo los altavoces que parecían estar difuminados por la ciudad, resonaban los hipnóticos cantos de la adhañan, era la llamada a la oración a los musulmanes.
El director sin decir palabra sale corriendo hasta llegar al ascensor, entonces pudo ver cómo otros fieles se precipitaban como él…La voz de una mujer que se encontraba tras ella le hace reaccionar que al acercarse le dice, ¿Puedo atenderla en algo?, soy la gobernanta de esta planta. Anna la mira perpleja, entre los musulmanes no era habitual tener a mujeres trabajando en las plantas de los hoteles. No obstante se alegra de que sea una mujer, seguro que entendería mejor su reclamación. Anna le comenta lo de las ventanas que se había encontrado abiertas. La mujer sin más explicaciones, --le dice—que le siga, conduciéndola a otra habitación, la mujer desaparece sin más explicaciones pero al asomarse a la ventana, ve complacida las dos majestuosas torres Petronas símbolo de la ciudad.
 De pronto fija la mirada en la famosa pasarela que une a los dos colosos, recordaba haberlas visto en una película, mientras intenta averiguar el título de la película en la que las había visto, de repente  aterrada se fija cómo un hombre que se encontraba en la pasarela que enlaza a los dos edificios, se encontraba colgado de la barrera de seguridad, de repente  ve cómo cae al vacío, asustada, busca con la mirada a la gobernanta para comentarle lo que acababa de ver, la llama, con voz trémula, pero la gobernanta parecía haberse difuminado. Una vez se serena se asoma de nuevo, mira hacia donde había caído ese hombre, pero allí no había indicios de que hubiera pasado ninguna tragedia.
Tenía pensado ir a comer a algún restaurante típico, pero se le había quitado el apetito.
Se sienta indolente encima de la cama, acababa de presenciar, aunque fuera desde lejos un suicidio… o tal vez fuera un homicidio…El bolso de viaje se resbala por su falda, hasta caer al suelo, lo recoge,  por la embocadura asomaba el boceto de aquella joya que con tanta ilusión dibujó para aquel joyero. Al cerrar el bolso le pareció oír un ruido, era como si la polvera chocara con algo duro, mete la mano, y encuentra una piedra pequeña de color negro. ¿Quién le había puesto en el bolso esa piedra?, la mira intrigada, pero como no parecía tener valor alguno, la guarda en el bolsillo de la chaqueta, para pensar más tarde que hacer con ella, mira de nuevo el bolso y entonces ve un folio en blanco, lo coge, se inquieta al pensar de que alguien podía haber hurgado en su bolso buscando su último diseño, porque la joya la tenía a buen recaudo, pensó sonriendo. Después de mirar aquel folio que encontró en su bolso, comprobó que no tenía nada escrito, por lo tanto le intrigó,  lo mira de diferentes manera, y cuando está a punto de tirarlo a la papelera, ve que hay, unas letras gravadas en tinta invisible, lo pone a contraluz, lo mira con todo detenimiento, y entonces lee,  E-B-K- L-M-A. Anna no tiene ni idea de lo pudieran significar aquellas siglas.
Intenta despreocuparse de ese tema, centrándose en que podía hacer en ese país exótico y tan lejano de España. Saca el billetero para saber del dinero que disponía, y perpleja ve que la tarjeta de crédito que le había entregado el comisario para su uso personal, no tenía límite de gastos, se sienta, todo parecía sacado de una película de ficción. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Por qué tanta generosidad? ¿Quién estaba detrás de todo aquello? Pensó en el comisario, tenía que hablar con él, pero por su seguridad no podía hacerlo se lo tenía prohibido, Ahora se sentía más perdida que nunca.
Sale a la calle, necesitaba distraer su mente para poder pensar con claridad. En la calle Anna pudo pasear por una avenida que configuraban una gran combinación de rascacielos y selva; aquí en esta ciudad a diferencia de Madrid se podía ir caminando a cualquier parte, allí las distancias eran cortas si se miden en línea recta, pero para Anna empezaba a tener un inconveniente, que había mucho sol y demasiada humedad. No entiende que puede hacer ella allí sola, en una ciudad que está rodeada por las selvas más antiguas del mundo, mientras camina, se encuentra gente de variadas culturas y religiones, quizás es por eso es una de las ciudades modernas y más cosmopolitas del planeta, Anna pensaba que era igual que vivir en una selva pero rodeada de los mejores y más modernos adelantos tecnológicos para hacer la vida más placentera.
Se sorprende ver cómo las mujeres de religión musulmanas a diferencia de otros países también musulmanes, vestían de colores cubriendo sus cabezas con pañuelos que, al ser llamativos las hace parecer más exóticas, allí pudo apreciar que las jóvenes eran las que derrochan más glamur.
 Después de caminar un gran trecho, se da cuenta de que se encontraba en la ciudad más elegante del mundo. Entra en un centro comercial llamado Estar Hill, una vez dentro le pareció el más grandioso elegante y sofisticado que jamás había visto. Las malayas salían satisfechas del establecimiento cargadas de paquetes. Anna decide comprarse ropa adecuada para aquel clima tropical, cuando se acerca a la caja para pagar después de hacer sus compras, la encargada de la caja, la mira cómo si hubiera visto un espectro, Anna sigue con la vista la mano de la cajera que la invita a seguirla hacia un lado, atónita pudo ver que pulsaba un botón, Anna ante este gesto, corre despavorida, la habían encontrado.
 ¿Pero quién sabía que se encontraba en Malasia?
Poco después se encuentra en la calle desorientada y sin saber a dónde ir, dos guardas jurados del centro comercial la siguen, de pronto ve a un chino que vende bicicletas en un tenderete de la calle, coge una, no se para a elegir, no le importaba cómo era tan sólo quería salir de aquella situación cuanto antes. Pedalea sin rumbo fijo hasta quedar exhausta, se adentra alocadamente por una vereda ignorando que se estaba adentrando en la selva más antigua del mundo, y a tan solo a 13 kilómetros del centro de la ciudad, sigue pedaleando hasta que una ingente cantidad de monos que se encontraban por doquier le hacen caer de la bicicleta, mientras a cada  paso que daba acudían más y más monos.
 Cuando Anna intenta montar de nuevo en la bicicleta, se da cuenta de que la cadena de la bici está rota, entonces empezó a caminar sin rumbo fijo, cuando ella cree que ha llegado a lo más profundo de la selva, se encuentra con un santuario Hindú, se relaja, al pensar que sus perseguidores la habían perdido la pista.
Anna se ve ante una estatua dorada de unos cuarenta metros de altura, aquel paraje hermoso, paradójicamente estaba desierto, sólo los gritos de los monos se hacían oír, se acercan unos cuantos monos a ella intentan quitarle el bolso, ella de un manotazo intenta alejarlos, pero estos se  enfurecen más e intentan atacarla, Anna no supo por qué lo hizo pero en su desesperación sacó la piedra negra que llevaba en el bolsillo, ese gesto hizo que todos los monos desaparecieron cómo si algo tóxico se hubiera esparcido en el ambiente, en forma de un olor repelente. Un trueno de repente parece rasgar la montaña haciendo presagiar una gran tormenta, minutos después empezó a caer algo parecido al diluvio universal.
Anna sube empapada y sin aliento los 272 escalones que llevan al santuario hindú, allí de nuevo siente miedo al ver que el recinto se encontraba solitario, no percibiendo ningún ruido que no fuera su respiración. Una voz ronca,  le saca de sus cavilaciones. Tras ella se encontraba el comisario de policía, que sin más dilación, le pide la piedra.
Anna sale del templo, baja las escaleras corriendo, el comisario y dos hombres más van tras... 



lunes, 5 de noviembre de 2018

La huida 1º parte


Anna había llegado a sus treinta años a vivir un momento dulce culminado al completar su vida cómo diseñadora de joyas. Aquella mañana, se levantó de la cama con una alegría que sobrepasaba su carácter de chica seria y reflexiva. Después del desayuno se dirige a una de las joyerías más prestigiosas de Madrid donde desde hacía poco tiempo era colaboradora en  diseños de vanguardias que allí se venden.
Al entrar en la tiendo se sorprende al no ver a la dependienta tras el mostrador, con paso seguro se dirige a la trastienda, pero, en esta ocasión no llama a la dependienta cómo tenía por costumbre para que ésta avisara al joyero,  cuando ésta no se encontraba en su puesto; antes de llamar y asir el pomo de la puerta del despacho para empujarla, se sorprendió ver al joyero, a través de la rendija de la puerta  al encontrarse ésta entre abierta, vio sorprendida que el joyero se encontraba sentado tras su mesa en posición de alerta con las dos manos encima de la mesa, que al verla, le hizo un gesto extraño con los ojos cuando los clavó en ella, Anna, en esos momentos intuye de que algo no va bien, duda si entrar, mira hacia atrás  ¿Pero dónde se encontraba la dependienta? pero su asombro fue cuando vio que alguien tenía en sus manos un tubo plateado que parecía apuntar hacia la mesa donde se encontraba sentado el dueño del establecimiento.
Anna entonces se da cuenta de la situación, y, da un paso atrás con todo el sigilo que permite un estado extremo de excitación, su zapato de tacón choca con la peana de una preciosa lámpara de bronce que se hallaba expuesta justo al lado de la puerta del despacho, el ruido se hizo tan perceptible para los que se encontraban dentro del despacho, que se desató la alarma haciéndoles salir precipitadamente tras el autor del ruido, para saber de quien se trataba,  pero Anna fue mucho más rápida, pues en unos segundos salió a la calle, mezclándose entre los viandantes que abarrotaban la céntrica calle.
Llega a su casa, presa del pánico no acertaba  pensar en lo que acababa de vivir. No se atreve a ir a la policía, tampoco sabía nada de los negocios de su jefe, y entonces decidió esperar  hasta saber algo en las noticias de las dos.
 ¿Qué podía haber pasado?
Se sienta ante el transistor que trasmitía en esos momentos una tertulia de esas que sólo hablan de tonterías que no van a ninguna parte, decide apagar la radio, pero su ánimo se encontraba tan excitado que parecía oponerse a todo lo que pudiera pensar en esos momentos al encontrarse inmersa en la idea de que aquella situación que estaba viviendo era como si de repente su vida se hubiera convertido en un ferrocarril en marcha y sin dirección, a punto de chocar con otro tren de mayor potencia, este pensamiento no le dejaba reaccionar ni ver claro cómo debía solucionar el problema, haciéndole creer que esta situación podía acarrearle quizás consecuencias impredecibles para ella, todos estos nefastos pensamientos le impedía que viera la realidad. Dudando  si  esperar hasta que llegara la hora en que emitieran las noticias, le consumía la ansiedad, poco después sobresaltada escucha un adelanto en las noticias, en la cabecera destacaba el suceso de un atraco a una joyería dónde el joyero propietario había sido asesinado en su despacho, también se buscaba el paradero de la dependienta que al encontrarse desaparecida sin lugar a dudas podía ser otra víctima.
 Al joyero lo habían encontrado muerto sentado ante la mesa de su despacho, el cuerpo tenía signo de haber sido sometido a tortura.
Anna aunque esperaba que la noticia no fuera muy  halagúeña,  si esperaba que pudiera haber sido un atraco sin mayores consecuencias, pero esto era totalmente diferente, un gemido de impotencia salió de su garganta, aquel asesinato podía ponerla a ella también en peligro, pues en esos momentos al estar citada con el joyero, éste debía tener sus bocetos encima de la mesa firmados por ella.
Anna se encuentra en un estado de excitación tal, que llegó a pensar que si el atracador la había visto  y podía ir tras ella, con intención de matarla al ser un posible testigo.
Poco después, llaman a su puerta de su apartamento, tarda en abrir se encontraba presa de pánico, una voz autoritaria-- dice-- sabemos que estás ahí, abre la puerta o estaremos obligados a tirarla, somos de la policía, mientras uno de ellos enseña su placa de identificación, minutos después Anna abre la puerta.
 Al flanquearles la puerta, nunca se sintió tan vulnerable, por su aspecto, parecía que había tenido un accidente de tráfico, ya, en el salón los policías le hacen algunas preguntas, que, a Anna no le parecieron coherentes, sobre todo por lo directamente escuetas que estaban siendo formuladas, por unos instantes le parecieron contundentes a pesar de presentarlas adornadas con un halo de solemnidad que a Anna  no le satisfizo pues parecían dar a entender que toda precaución era poca ante lo que tenían que comunicarle; el policía que parecía llevar la  iniciativa, vacila ante la pregunta que tenía que formular, pero al mirarla a los ojos, sólo pudo decirle que se habían encontrado indicios de que ella había estado en el lugar del crimen.
Poco después se encontraba en la comisaría, el comisario al verla entrar, la mira con una seriedad que rayaba a la tragedia. La invita a tomar asiento, después de unos segundos que a Anna le parecieron eternos, el comisario le pregunta directamente ¿Vio algo o a alguien cuando se encontraba dentro de la joyería? Anna con los nervios a flor de piel narra lo sucedido. De nuevo el comisario calla, y cuando abre la boca --le dice—que suerte tuvo usted al no a entrar en ese despacho. Ella no sabe que a pesar de encontrarse presa de su aturdimiento, presentía que lo que estaba pasando en aquella comisaría no era precisamente el resultado de su ofuscación, era  porque no entendía nada de lo que decían aquellos policías.
¿Pero, quién les dijo a los policías que ella no llegó a entrar en aquel despacho?
 Anna se alarma ante esta reflexión, y pone cara de perplejidad al mirar al comisario, pero el comisario  al comprobar su actitud comprendió que Anna empezaba a dudar entonces --le dice-- no se preocupe, tenemos en nuestro poder una cinta que se encontraba oculta en un cajón, en la cual está gravado todo lo que ocurrió aquel día en ese despacho.
Por el cual sabemos que mientras estaba siendo sometido a tortura, el joyero dijo su nombre. Anna abrió los ojos ¿LLevaba usted en su cartera alguna joya que fuera a entregar al joyero? La reacción de Anna fue un estremecimiento.  No se inquiete, aún no sabemos si fueron uno o dos los atracadores, solo le preguntamos, porque cuando llegamos pudimos ver encima de la mesa una ficha con todos sus datos y la hora en la que iba a ser recibida por el joyero para que le entregara su última creación, por lo tanto pensamos que pudiera llevar consigo alguna joya ya realizada de esas que suele hacer usted.  Anna temblaba, pero aún no era consciente de que aquello podía tener algún sentido.
El comisario de repente le dice, hasta no averiguar lo sucedido debe usted desaparecer de España, al tratarse de un caso extraño, al tratarse de que en el atraco no se llevaran ninguna de las valiosas  joyas allí expuestas.
Antes de salir de la comisaría, el comisario le vuelve a sugerir que debía irse lo más lejos posible de España, ahora la mirada del comisario pareció cambiar para decir con voz indulgente,  yo me atrevería sugerirle que hiciera un viaje a Asia, mis hombres le pueden escoltar hasta que salga de Madrid,  la comisaría ya se ha permitido  sacarle  un pasaje para mañana. Debe saber que tiene que hacer escala en el aeropuerto de Ataturk de Estambul, una vez allí, tomará el vuelo que le llevará a Kuala Lumpur. Anna lo mira perpleja, el comisario al verla tan perdida le anima,  sólo será una temporada hasta que se aclare todo. Anna contesta, pero, y mi vida, mi trabajo. El comisario con una voz que parecía decir, esto es lo que hay, le guste o no le guste tiene que aceptarlo, (Pero solo dijo) por ahora, es lo que hay,  necesitamos vía libre para la investigación, por lo tanto es importante que se crea que usted ha desaparecido.
No obstante antes de salir de la comisaría el comisario le dio una advertencia, no podía llamar a nadie por teléfono, ni mandar correos electrónicos, este gesto si lo hace, puede llevarle a la muerte.
Al día siguiente y sin despedirse de nadie sale inmediatamente de su apartamento, sin apenas equipaje se dirige hacia el aeropuerto de Barajas Adolfo Suarez, para  tomar el vuelo, que le haría hacer escala en  el aeropuerto de Atakurk en Estambul.  Una vez en Estambul, espera la llamada de su vuelo. Se entretiene mirando las exóticas tiendas del aeropuerto turco.
Mientras su estancia en el aeropuerto de Estambul, empezó a pensar  cómo iba a ser su vida desde el momento que llegara a su destino, parada ante una tienda de ropa, pudo ver en el reflejo del escaparate una cara que parecía mirarla con  insistencia, camina unos pasos, intenta tranquilizarse, ella era rubia de ojos azules, seguro que si la miraba era por resultarle exótica.

Sube al avión, al otro lado de su asiento, una mujer morena y de mediana edad, rechoncha que apoyaba sus brazos en sus enormes pechos, parece mirarla insistentemente. Una azafata le ofrece un kiosco de Internet, la azafata la mira extrañada al rechazarle el servicio, no obstante le informa de que puede mandar desde el aire todos los correos electrónicos a cualquier país que deseara. Anna  estuvo a punto de sucumbir a la tentación y aceptar esa proposición, se encontraba sola, perdida, entonces recordó lo que le dijo el comisario, que no debía ponerse en contacto con nadie, porque era necesario no ser descubierta.



viernes, 5 de octubre de 2018

Vivencias Final

De pronto una voz me sobresaltó ¿Le apetecería ver la torre por dentro?
 Me quedé mirándola, no podía creer que estuviera invitándome a visitar una de las estancias de su casa, pero, no obstante, yo la seguí y, me vi subiendo junto a ella las escalinatas que conducen  hacia el piso principal, a su lado me sentía conmocionada, mientras tanto ella daba vueltas a una sortija que llevaba en su dedo corazón, parecía indecisa sobre algo que intentaba querer preguntarme, yo la miraba porque no encontraba palabras para agradecerle su gesto, entonces ella rompiendo mi mutismo me comunicó que el palacio constaba de seis patios, todos ellos rodeados con las características columnas de las casa griegas helenísticas  y de la época greco-romana.
Las sombras de la noche comenzaron a apoderarse de las callejuelas que parecían túneles tenebrosos donde no hay luz que ilumine el final.
Entonces la señora –dijo-si te parece bien vamos a entrar en la torre que tanto veo que te ha llamado la atención, esta torre  es llamada del Homenaje (bueno creo que sabes el porqué de esa distinción) esta torre alberga una especial capilla que  muchos  cacereños  ignoran  su existencia por hallarse en una propiedad que aún se encuentra habitada.
Una vez dentro de la capilla, me pareció pequeña y evocadora, no pude expresar lo que mi corazón sintió, entonces miré hacia el techo, y descubrí que su cubierta era una atractiva bóveda de crucería.
Poco después y con la emoción a cuestas, me encontré de nuevo en la calle, no sin antes despedirme de esta señora con agradecimiento, pero, al llegar al portal y antes de que me diera cuenta la señora había desaparecido de mi vista, entonces supe que existe un espacio de tiempo en la vida en el  que un instante se puede convertir en algo mágico, en algo que puede ser muy especial.
La luna comenzó a iluminar con rayos punzantes a aquel recinto mágico, haciendo con su fulgor  que la vida se detuviera, los animales  diurnos, empezaron a aparecer haciéndose los dueños de la noche magnificando las sombras distorsionando los volúmenes, impregnando en esa tarea a la ciudad en un halo de misterio que hace que nuestras pupilas se dilaten y nuestros sentidos se agudicen. 
Entonces supe y sin lugar a dudas de que estas casonas fortalezas, guardaban dentro de su seno joyas de incalculable valor  arquitectónico, sin olvidar que en sus entrañas reposan las aguas oscuras y tranquilas de los Aljibes que alimentaban con sus aguas a sus moradores.
Pero y las fachadas… mi ojos se agrandaron, este nuevo descubrimiento hizo que se produjera en mi cabeza un terrible estallido que llegó a conmocionarme, las fachadas de los palacios eran diferentes a cómo yo las había conocido, pues ante mis ojos lucían colores que jamás creí existieran en esta ciudad, mi mirada parecía enloquecer al contemplar semejante cromatismo, ante mi cada fachada lucía un color diferente, en unos destacaban el color ocre, mientras otros que encontrándose  en la misma calle su fachada brillaba con blancura nívea, otras lucían el color albero.
  No salía de mí asombro, mi mente necesitaba descansar, poco después  entro en uno de los zaguanes y para mi sorpresa, descubro, que en la pared había un escudo policromado con las armas del dueño de la casa.
Salgo conmocionada, necesitaba saber si los demás palacios también tenían su propio escudo esculpido en un maravilloso policromado.
¿En qué siglo me encontraba?
Me toco los brazos, estoy viva.
¿Dónde se encontraba esa piedra palpitante y envejecida que me hacía soñar?
Pero una voz del pasado me dijo, debes pensar que en la época en la que viviste tu niñez, estos palacios ya  no se necesitan cal para desinfectar las fachadas de las epidemias aquello ya pasó.
¿Acaso es que la piedra es mucho más elegante que la cal?
 De nuevo comenzaron a sonar las campanas, yo aturdida ante tantas ensoñaciones deambulé  por una de las muchas y estrellas callejuelas entre escudos nobiliarios y torreones hechos migas  aún sin recuperarse de la herida de haber sido desmochados.
Me sentía azorada, por donde pasaba en esos momentos, allí mismo,  se habían compartido tantas aventuras y desdichas que no se podían decir que hubieran sido resueltas, pues entre esos  muros de piedra gris que oprimen las estrechas calles, se siguen notando en su palpitación aquellos conflictos que vivieron sus vecinos. Que sin dudas fueron descabellados, pero ellos quisieron que aún siguieran patente en la añoranza de aquel que se encuentra atrapado por el encantamiento, y desea saborearlo.
El ruido de hierro, me sobresaltan, pues con el vertiginoso giro de sus ruedas parecían limar los cantos del pavimento, mire para guarecerme en algún portal, entonces mi vista se topó con un carromato entoldado y dos hombres forzudos en el pescante, uno de ellos con la fusta pegaba sin piedad  a los caballos que subían la cuesta sin resuello, una voz creí oír que salió de debajo del entoldado, gritó, muerte a los judíos, cuando se alejaron seguían gritando como posesos.
De repente tengo una visión que me hace temblar, me miro y no me reconozco, mis ropajes pertenecen a otra época que no es la mía, una señora vestida de negro se pega a mi espalda, parecía querer custodiarme, estoy confusa, creo que me dirijo a la iglesia, pues las campanas repicaban hasta taladrar mis tímpanos.
¿Acaso estaba viviendo una realidad?
Al salir de misa y, en la misma plazoleta de San Mateo, me pareció  ver cómo se reunía toda la nobleza, las damas vestían con ricas vestiduras, los caballeros engalanados con grandes sombreros de ala ancha, la fachada de la iglesia se encontraba adornada con grandes colgaduras  y escudos representativos de las grandes familias.
Entonces en uno de mis escasos descuidos, los nobles se enzarzaron en una refriega cuerpo a cuerpo donde todos parecían desear  derrotar al que creían eran sus enemigos, era una lucha  por la supremacía y el poder del territorio.
No tardé en saber el motivo de aquella algarabía, pues no era otra cosa que un concejo enfrentado a consecuencia de sus banderas nobiliarias  que eran las provocadoras de estos graves altercados.
En este punto me paro a reflexionar, pues entonces supe que lo que creí estar viviendo me lo contó la reina Isabel la llamada Católica, una tarde de ensoñación.
Vuelvo a la realidad y me encuentro sentada en el poyete que remata la fachada de la Iglesia de Santiago, la más antigua de la ciudad, frente a mí el palacio de Godoy de grandes dimensiones donde tantos cacereños vinieron al mundo, mirándolo tan hermoso con su balcón esquinado, tuve un sentimiento de pena, porque el que vio en su seno nacer vidas, ahora con el mismo desapego con que en algunas ocasiones se trata a los mayores, al parecer olvidado se está dejando morir, después de haber sido uno de los inmuebles de extramuros con más historia.  
Por esta razón y por muchas más quiero rendir mi humilde homenaje a este pasado que sin lugar a dudas hicieron de Cáceres una ciudad que fue, es, y seguirá siendo. Una joya de un valor incalculable para la cultura.



       




lunes, 1 de octubre de 2018

Vivencias 4º Parte

pero esa es otra historia. Pero sí que he tenido que enfrentarme aún a mí pesar con los nobles residentes en esta ciudad, que por cierto, si no llego a venir se hubieran matados unos y otros, nada, tan solo por poseer más de lo que ya se les ha otorgado, pero yo les he dejado en calzones—dijo con una mueca muy significativa de triunfo—ya no pueden guerrear desde sus torreones, pues he dado orden de que las desmochen desde ahora se tendrán que mirar a la cara cuando quieran luchar; también te diré que acabo de terminar de bordar un pendón que espero luzcáis en ocasiones especiales para que se sepa que estuve aquí  en Cáceres hospedada en este palacio por sus mercedes los Golfines de abajo, desde donde he impuesto mi soberanía.
Era tan amable el tono de sus palabras que creí podía relajarme, entonces más calmada pude apreciar que quizás fuera cierto lo que se decía de su aspecto personal que sin duda era despreocupado  denunciándolo su olor corporal que tenía mucho que desear, entonces pensé en la época, la disculpé, después de todo era una mujer de estado no una muñeca de salón, pues intuí  que podía  ser la reina sin dudas, más poderosa de España.
Me siento mareada, no sé cómo pude bajar las escalinatas del palacio tapadas con una alfombra hecha para la ocasión, cuando llego al patio de ese estilo mitad romano llamado   peristilo, traspaso la puerta enrejada que da al zaguán, cuando una voz autoritaria hizo que me parara en seco, era la Reina Isabel de Castilla y de Aragón por su matrimonio con Fernando que en esos momentos decía, haz saber a todos los cacereños que no olviden,  que yo,  Isabel llamada La Católica, estuve aquí para sembrar la paz entre los nobles.
Una vez en la calle, sin saber qué hacer, me paro a contemplar la fachada de aquel palacio, confusa, bajo la cabeza, para inmediatamente mirar de nuevo la fachada, era la misma de siempre, pero…
 ¿En qué siglo me encontraba viviendo? Me froto los ojos, no
Miro de nuevo hacia arriba y sonrío, la verdad es que es uno de estaba soñando.los palacios  más bonitos de la cuidad, entonces posé mis ojos en la torre cuadrada que da  justo a  la esquina de la cuesta del Marques, que conserva  un enorme matacán que se encuentra sujeto por tres ménsulas, sigo sin saber qué me estaba pasando, allí inmutable se podía apreciar con deleite una de las mejores labores más bellas y pétreas de bolillos que puedan rematar un edificio, en realidad se presenta como  una increíble crestería  de estilo plateresco, que hasta ese momento y,  cuando me encontraba contemplándola  embobada, descubrí que en  sus encajes  se asomaban figuras de fantásticos animales como los que solían hacer los plateros.
Había empezado a anochecer en la plaza había una escasa y claudicante luz que avanzaban lentamente filtrándose por las estrechas calles perfilando con su sombra los palacios de Mayoralgo, y el palacio Episcopal, destacaba entre ellas, unas  sombras delgadísimas que como agujas parecían querer pinchar la cúpula del campanario de la Con-Catedral, no sé cómo, pero de repente me encontré sentada en el poyete que cómo zócalo remata la fachada de la Con- Catedral.
Me fue imposible recordar el tiempo que estuve en esta contemplación, pues no aprecie que un anciano se había sentado a mi lado, en su tez morena destacaban surcos cómo hendiduras, que al ser estas  tan marcadas desfiguraban su cara, parecía de amargura. Alguien pronunció su nombre, Cohen, el anciano se puso a temblar, yo me acerqué para tranquilizarlo, mientras un grupo de inquisidores pasaban junto a nosotros que, al ver que se encontraba  junto a mí el anciano, pasaron de largo.
No entiendo cómo pudo pasar pero de pronto y, sin más  me vi en la Plaza de San Mateos, miro a mi alrededor como si la viera por primera vez, entonces descubro una bella torre de estilo gótico cubierta de hiedra, destacando en ella un impresionante matacán sostenido por nueve ménsulas, me quedo extasiada, adornando esta edificación única en su fachada se encuentran dos ventanas góticas arqueadas y divididas  mediante columnas o pilastrillas.
Un gorjeo, hizo que mirara hacia el muro que se encontraba pegado a la pared de este matacán, entonces descubrí un precioso Pavo Real que con su cola desplegada parecía llamar la atención de su pareja, éste ave se encontraba junto a la Torre que pertenece a la casa de los Sande, familia con linaje.
Tampoco calculé la hora ni el tiempo que pasó desde que salí de mi casa para pasear por esta ciudad, solo sé que ahora mis ojos se posan en el palacio de los Golfines de arriba, en cuya fachada se pueden apreciar dos blasones que nos cuentan que ellos la construyeron, el que se encuentra a nuestra derecha según miramos parece de los borbones, el de la izquierda  de los Golfin, siendo las armas de la casa de Cerda, descendientes de la primogénita Casa Real de Castilla.
Sigo mirando, mi curiosidad me hace osada y mi cabeza comenzó a recordar las clases de historia que se impartían en el colegio, regresando a mi pasado.
Esta casa fue construida  por los Cerda y los García Golfin, primero la concibieron cómo una casa fuerte que luego más tarde se amplió adosando los inmuebles de su alrededor.
La fachada es, digamos y, según mi criterio excesivamente decimonónica con aires pseudoclasista, en la pared no se observa ningún arco que destaque de forma especial, pero a mí siempre me pareció que esta fortaleza guardaba un delicioso sabor medievo, porque si se mira a su alrededor se  pueden ver algunos de los mejores ajimeces, que son ventanas—balcón o mirador cerrado con celosía donde sin ser vistas las damas de la casa podían asomarse, llegando a ser de esta manera, testigos desde la clandestinidad de amores imposibles, que es lo que hace al hombre ser fiero o manso.
Entonces no quise perderme aquel entorno, miro  buscando las cuatro torres que fueron en su inicio las que protegían la fortaleza, pero me llama poderosamente la atención, solo  una, la que se encuentra  en el centro del edificio, llamada del  homenaje, que no todas las  fortalezas suelen tener, fue  especialmente  salvada  de ser desmochada en virtud de una real orden concedida por Fernando el Católico.
Desconocía las horas que llevaba caminando, me encuentro con las piernas cansadas, pues me encontraba en medio de una incipiente oscuridad parada, sin fuerzas para seguir caminando por la calle de los Condes frente al palacio de los Golfines de Arriba, un jaleo de repiques de campanas comenzaron a tocar, parecían disputarse la hora que convocaba a la oración a unos fieles que yo no veía, me palpitaban las sienes con tanta algarabía, que un dolor inmenso parecía taladrar mis oídos.
De pronto vi salir  del palacio de los Golfines  una señora con aspecto de gran dama, a su lado se encontraba un hombre vestido ampulósamente, sus calzas eran de gamuza, herreruelo de raso negro de tafetán acuchillado y capota de gorgorán, desde luego la indumentaria me llamó la atención. Nada más salir a la calle aquel caballero se separó de la señora, yo, noté que la señora  conducía su mirada con interés  hacia donde mi vista se perdía; muy amablemente se dirigió a mí, ¿Tanto  le gusta esta torre? Yo la miré un tanto desconcertada, pues era costumbre en mi el despiste cuando me encontraba contemplando algo que acaparara mi atención, mi cabeza, se encontraba haciendo conjeturas de cómo, habían podido protegerse estos monumentos de las insidias  del tiempo, sería para que  quedara como patrimonio, y testimonio de un  pasado para que pudiera admirarse intacto.

En esos momentos me vi diminuta, necesitaba desaparecer, las pisadas de dos ancianas me hacen despertar de mí ensoñación, ante mis ojos aparecieron con vestimenta  enlutada desde el pañolo a las colondras, parecían dirigirse a la iglesia a su paso quedaron el fragante olor a orines, tras ellas un villano rijoso cejas muy juntas y barba facinerosa las seguía pero sus intenciones fueron fallidas al verme a la puerta de este palacio, en compañía de una ilustre dama.



domingo, 23 de septiembre de 2018

VVivencias 3º Parte

confortable la estancia, aquella dama  era joven, vestía una túnica bordada en hilos de oro, se encontraba sentada en un balancín, mientras me hacía gestos muy expresivos y hospitalarios con la mano, queriéndome decir, entra, ya sé que eres un pozo sin fondo de curiosidad.
Entonces entro algo cohibida, la dama me hizo una pregunta que no supe contestar al  encontrarme aturdida, no obstante mi intuición creía saber de quien se trataba, pero mi raciocinio no lo admitía.
No entiendo el por qué se ha resistido a entrar, aunque puede que  imponga el saber que estos son mis aposentos---yo no me atrevía a mirar a pesar de aquel ambiente cálido.
¿Qué es lo que creías que podías encontrar tras estos muros?
¿Buscabas algo en concreto?
De pronto se escucharon plañidos y gimoteos desgarradores que llenaron de ruido el palacio, la dama, apretó los puños, pero su rostro se encontraba  impasible, parecía sufrir mucho escuchando aquella balumba de lloros, que sin remedio se le clavaban como garfios en su corazón.
Yo, solo pude decir quiero saber la verdadera historia.
¿Qué es para ti la verdadera historia?
Ahora la dama parecía disfrutar ante mí, pues era en esos momentos uno  de sus súbditos que se encontraba ante ella indeciso.
Aquella gran dama, por un instante pareció que se desposeía de su grandeza pero, que no podía disimular que poseía autoridad.
Yo noté como si estuviera sumida en una porfía que se translucía en su semblante, pues me dio la impresión que su mente se encontraba inmersa en una pugna de quien se resiste a fracasar ante una decisión importante.
Los lloros no cesaban.
Yo me encontraba, aturdida.
Entonces—dije—en uno de esos impulsos que me caracterizan.
No entiendo el por qué tienen que ser expulsados los judíos y los moros si siempre han formado parte de esta comunidad.
La gran dama, siguió sin alterar  ni un solo músculo de su cara, y sin apenas moverse me dijo.
¿Acaso has creído que la historia de un pueblo se escribe con ñoñeces?
Esta respuesta me pareció de su altura, pues estaba diciendo la verdad.
Poco después, pareció olvidar el tema de las expulsiones.
La dama me miraba, parecía esperar que le dijese otro motivo importante que me hubiera inducido a encontrarme ante ella, yo seguía manteniendo mi boca cerrada, con mi mutismo, el rostro de la dama parecía dar muestras de irritación, pero ésta irritación  parecía menor que su intriga. Y mirándome a los ojos –me dijo--entonces tal vez la razón de tu presencia tenga yo que averiguarlo. No tema, me dijo seguidamente, es mi forma de distinguirla con mi afecto-- yo seguía en el limbo.
Mientras ella siguió diciendo, todo el mundo sabe que va para un mes que me encuentro en Cáceres, bueno aquí en esta ciudad he tenido toda clase de problemas al encontrarnos cerca de Portugal







domingo, 16 de septiembre de 2018

Vivencias Segunda Parte

Como cada mañana y asida fuertemente por la mano de mi hermana Tini, a la salida de la calle de Caleros, subíamos a toda prisa la calle Hornillos estrecha y empinada, a veces hasta cansina, siendo el preludio de muchas más cuestas por subir hasta llegar a nuestro destino en los aledaños de la plaza de San Mateo, mis piernas eran ágiles como plumas de un Águila, pues sabían sin que ellas fueran consciente de ello que se iban a adentrar como cada día en un mundo mágico y con ello volver a exasperar a mi hermana al no poder seguir mi ritmo, también  pasábamos como una exhalación por el arco del Socorro, que para mi era algo peculiar—desconozco la razón-- también  me llamaba especialmente la atención al pasar por la calle Tiendas  el palacio de Carvajal, siendo uno de los muchos tesoros artístico que encierra esta especial ciudad.
 Recuerdo que en primavera siempre había alguien asomado al balcón de este palacio, un balcón muy singular, que a mí se me antojaba que un dragón le había dado un mordisco, rompiendo con su fuerte dentadura la elegancia armónica los muros de la edificación y, que al mismo tiempo y sin quizás pensarlo este dragón, con su travesura quedó para la posteridad  un extraordinario  balcón esquinado.
Eran cosas mías.
Mi hermana cansada de que tirara de ella por aquel desigual pavimento empedrado, a veces me dejaba ir, mientras ella se unía a otras niñas de su misma edad, yo mientras tanto, corría hacia un ventanuco que se encontraba un lateral del palacio de Mayoralgo-- Cuya fachada doy gracias hoy de que se encuentre intacta-- por aquel ventanuco  se podía ver parte de los despojos de esa casa señorial donde un fatídico día y a consecuencia de una disparatada guerra  sin sentido, lo hirió de muerte.
Mi imaginación ante aquello que parecía un desaguisado, se desbordaba a pesar de no haberlo vivido, pero  me imaginaba que podía haber sido una estancia donde posiblemente niños como yo jugaban cada día; un día entré por la puerta principal que se encontraba entre-abierta y vi qué, al igual a los demás palacios también poseía  un patio de columnas y el tradicional pozo en el centro, entonces me sorprendió  que en una de las esquinas del patio hubiera un busto que inmediatamente pensé que  se había librado de la destrucción, quizás por encontrarse unos metros alejado de aquel desatinado bombardeo, pero luego pensé.
 ¿Por qué aquel busto no tenía cabeza?
Esto era mi hacer diario, que creo que con mi conducta indisciplinada exasperaba cada vez más a mi hermana, que me propinaba de vez en cuando un soberbio tirón de brazo para que la siguiera, de nuevo las dos nos encontrábamos subiendo otra cuesta, la de la calle Manga, ya casi  sin resuello, porque  aquí nuestras prisas se atenuaban al final de la calle, siendo el lugar más divertido del itinerario colegial, pues había un nexo en que los estudiantes se unían para después tomar la  deriva a cada uno de su centro escolar, era la confluencia de cuatro calles, en las cuales se configuraba cada día, un digamos, tumulto infantil que alegraban el lugar con su normal algarabía, entre los colegios que se hallaban cerca de aquella esquina se encontraban, Cristo Rey, Corazón de Jesús, sito en la plaza de los Pereros frente al palacio llamado de la Generala, siguiendo de frente y, junto a la Iglesia de la Preciosa Sangre de los Jesuitas, adosado a ella y en la cuesta de la Amargura dentro de la Plaza de San Jorge se encontraba el Instituto de Bachillerato. Creo que había algún que otro centro de enseñanza más, pues yo  era pequeña y, aquel era un tramo tan transitado a las horas de entrada y salidas que  no recuerdo el nombre de otros centros docentes.
  Pero si recuerdo que era un tramo muy divertido.
A veces y en nuestro caminar mi curiosidad hacía que me asomara a la puerta de un palacio llamado El Mono, situado justo en medio de  esta confluencia juvenil, pues su esquina rompe con suavidad  la cuesta de Aldana, una tarde ya me encontraba con el pie en la puerta de este palacio me encontraba dispuesta a entrar,  cuando mi atrevimiento se frustró al ver la cara de mi hermana que se encontraba demasiado contrariada conmigo, yo pensé que era  por tener que aguantarme día tras día, pero podía mucho más mi curiosidad y seguí mirando, haciendo este gesto cuando tenía a mi alcance el mirar cualquier zaguán que tuviera sus puertas abiertas  y, pensé, algún día vendré sola y espiaré lo que hay dentro.
Y así fue y, no hace muchos días entré con un grupo turístico como oyente donde un historiador, hablaba sobre el solar del palacio del Mono, dando su clase de historia. El patio era diferente a lo que me había imaginado, creo que me impresionó su pétrea austeridad, en la barandilla de las escaleras, como remate del pasamano, se encontraba un mono encaramado y atado a un cordel, la mirada de aquel primate me sobrecogió, más tarde supe la historia de los moradores de aquella casa, que me hizo suponer debió ser aterradora.
 Pero ese detalle lo dejo para los guías, que saben hacer bien su trabajo.
A la salida, de este palacio, me puse frente a él para mirar mejor la fachada, ante mis ojos atónitos, pude apreciar unas esperpénticas gárgolas que penden del tejado amenazadoras, agudizo la vista, una de ellas representaba a una mujer doliente, no me gusta, --pensé-- no deseo volver a mirar, pero como siempre la curiosidad de nuevo me domina y descubro que, también están representados en diferentes gárgolas un anciano y un joven, y entonces supuse que podían ser los personajes que protagonizaron  la historia que encerraba esta casona, y supuse que la historia tenía tintes de haber sido tétrica y oscura, tanto que se me antojaba pudiera haber sido semejante a la mirada de aquel primate que desde su sitio privilegiado parece aún seguir  vigilando al intruso que osa entrar en la casa y, como era de esperar presidiendo la fachada se encuentra el escudo familiar flanqueado por dos leones.
Vuelvo a mis vivencias, paso la calle de los Condes, que parece presidir la calle su amplia fachada de casa fortaleza llamada de los Golfines de Arriba, la dejo a un lado, ni siquiera la miro, porque temo que  vuelva a llegar otro día tarde al colegio y la hermana portera, que la tenía mosqueada con mis retrasos, podía llamar a mi madre para que me echase una buena reprimenda.
Ya soy una mujer adulta y, de nuevo me encuentro como otras tantas veces parada en una esquina de la calle ancha, frente a mí, el palacio del Comendador de Alcuescar, impresionante fortaleza.
 Aquí voy a hacer un inciso.
 Esto, que cuento, pasó cuando en uno de mis juegos  junto con mis amigas de colegio, nos entramos en los palacios para jugar al escondite, aquella tarde, nos colamos en el palacio del Comendador de Alcuercar muy decididas, entramos,  a la izquierda del zaguán se encontraban las escaleras con su balaustrada de piedra, encontrándonos en la casi penumbra, frente el patio señorial, que con sus enormes macetas restaban claridad a las escaleras, pero ese detalle nos pareció en esos momentos que era perfecto para nuestros juegos haciéndolos más misteriosos, en el fondo de las escaleras y en una de sus esquinas, se encontraba una lustrosa armadura de tamaño natural que tapaba  la cabeza con un yelmo, dando la sensación de que no quería que le viésemos la  cara; yo que parecía ser la más osada del grupo, me puse tras la armadura para esconderme, pero una voz  como un trueno, hizo que todas mis amigas de juegos salieran corriendo menos yo, pues una de las cintas de mis trenzas se enganchó en algún saliente de la armadura, fue tan fuerte el impacto que sintió mi corazón que me quedé petrificada, pues creí que aquel guerrero me había atrapado con  garras de acero, el guarda de la casa me liberó; no volviendo a entrar hasta que este colosal palacio se convirtió en un elegante Parador Nacional.
Sigo caminando, como dispongo de tiempo libre mis pasos son lentos cuando enfilo la calle Ancha, indolente ante mis evocaciones, apoyo mi espalda en la pared bajo la luz mortecina de un farol de esta ciudad que sin dudas para mí, sigue siendo fascinante, al momento, pues sentí en mi espalda un hormigueo, doy un paso hacia delante pero  mi cuerpo sigue pegado a la pared, y de pronto siento que traspaso la dura piedra y entonces comienzo a notar cómo en  mi cabeza empezaban a bullir algo sobre aquellas querellas que eran propiciadas por las intrigas de aquellos moradores, que, ante mí asombro se fueron convirtiendo en un  murmullo donde pude escuchar voces de tiempos remotos, yo, en esos momentos creí estar contemplando  la actuación de un mago que se recrea en sacar a la luz las vidas  de personajes pertenecientes a la ficción. Entonces saque la conclusión de  que tal vez, aquellas voces discordantes podían ser la consecuencia de las disputas que frecuentemente  mantenían los vecinos  por conseguir el dominio absoluto de este territorio, llegando incluso a matarse por tan solo…  quizás para con ello disipar sus miedos  y manías de creer que le podían arrebatar su Mayorazgo.
De repente alguien me habla, pero no tengo nadie a mí alrededor, pero aquella voz insiste, pase Huesa merced, yo no podía entrar por aquella puerta, tampoco era una merced, miro extrañada a mi alrededor, no conocía a nadie, pero, al mirar de frente pude apreciar que una mujer de aspecto regio me miraba desde el fondo de un salón de paredes enteladas y piso alfombrado que hacían 







sábado, 8 de septiembre de 2018

Vivencias 1ª Parte

Esta cierta afición por caminar por la parte antigua de Cáceres, surgió en mi desde muy tierna edad, todo sucedía al parecer como algo imprevisible, por supuesto, desconociendo el motivo del porqué cada día me metía en las entrañas de algo que, sin darme cuenta estaba marcando las pautas que más tarde perfilarían mi forma de pensar.
Quizás será mejor, que descubra ante vosotros mis vivencias:
Cuando un día ya adulta me encontraba paseando era… recuerdo, uno de esos  tranquilos  atardeceres  de un otoño melancólico que con devoción pisaba los cantos rodados de las calles de la ciudad Monumental de Cáceres y, como siempre suele suceder por este entorno cuando el sol comenzaba a ocultarse, miro indolente  las torres desmochadas que veo al pasar, para mí era como si de un rito se tratara, entonces fue cuando percibí como aceptaba ese ejercicio natural y casi obligatorio que incita a que   en el ambiente se entre en los sentidos, sintiendo algo especial y  propiciatorio para que surja la magia.
 Antes que la oscuridad truncara mi paseo, me vi amparada bajo la  débil luz de un farol  de esquina, mis piernas parecían negarse a seguir caminando y, me quedé varada bajo la misteriosa luz tintineante, no sé cómo pudo suceder pero apoyada en aquella esquina me vi contemplando extasiada la más alta torre, la cual domina el hermoso recinto de la plazuela de San Mateo, que, no por casualidad no se encuentra desmochada, ante mis ojos  la vi erguida, erguida como una cigüeña desafiando al abismo-de ahí su nombre—parecía encararse a la tímida luna que osaba posarse en sus almenas, ante este contraste de piedra y luna, mis ojos se agrandaron al notar como algo parecido a un hechizo se apoderaba de aquella mole que rebosante de una y belleza atemporal se mantiene imperturbable al paso de los siglos.
 Entonces fue cuando comencé a evocar aquello que viví de niña y que sin duda fue el despertar de mi imaginación aún prematura; pues debía contar con quizás… seis, o siete años; entonces recordé que tenía por costumbre correr por las mágicas callejuelas, a veces mis carreras, eran tan alocadas que daba la sensación de que hubiera visto algo fuera de lo cotidiano.
 Más tarde supe, que todo en la vida tiene su porqué.
Y entonces cuestas con mi inocencia, tuve una revelación que me dijo, que no me sintiera preocupada por los sentimientos que me invadían pues desde siempre y, al no ser consciente de ello,  había sido atrapada por ese encanto especial que solo ellos los que estuvieron antes que yo, supieron quedarnos con su impronta el testimonio de que estuvieron aquí, y que nos enseñaron a vivir en armonía entre estas murallas hechas de barro y paja fueron tres civilizaciones, que al echar sus raíces aquí y, al formar parte activa de esta ciudad, supieron quedar en estas calles y en sus casas, la esencia de esa  idiosincrasia  que nada más entrar en ellas notas cómo te sugestiona, haciendo que sin proponértelo sientas una presencia incorpórea latente que al mismo tiempo embarga el aire que se  respira y que te hace  sentir como la sangre comienza a licuarse hasta llegar a fluir con generosidad por las venas, en ese instante, es cuando sientes el abrazo y la entrega de unas vivencias, que aunque pasadas, no  puedes llegar a comprender de donde viene esa reacción que  no has propiciado, mientras caminas con paso lento  por las calles de la Ciudad Monumental. Como un hechizo, hace entregarte sin ataduras al encanto del entorno sin llegar a  entender tu propia reacción. Es un mundo que se presenta ante el caminante de forma quizás  incomprensible; pero cuando ves que pasa el delirio del momento, viene la comprensión, que es sencillamente dejar que   la imaginación vuele presentándose como algo fuera de lo cotidiano, y con ello te abandonas dando pábulo a que se desborde como in río caudaloso todas tus fantasías.
 Cuando de nuevo  vuelvo a  la realidad, entonces, sin querer  pienso que he sido  transportada  a un mundo que nunca fue irreal, pues las piedras con tan sólo tocarlas transmiten esas vivencias que dominadas por impulsos naturales, incomprensiblemente te dicen que siguen ahí.  
Cada día y, en mi etapa de niña, a la salida del colegio Carmelitas sito en la calle Olmos y, encontrándose este inmueble integrado en el conjunto monumental; una vez terminadas las clases, yo como siempre me escaqueaba de la autoridad de mi hermana para dedicarme a husmear los patios de los palacios que encontraba a mi paso que, por aquel entonces se hallaban muchos de ellos habitados.
Esos palacios con sus columnas y patios de columnas peristilos y donde algunos de ellos, también se  perfilan dentro de un estilo de  alegorías  moriscas y romanas, siendo para cualquier visitante una inyección de historia salpicada de señoríos.

El itinerario que hacía cada día dentro del calendario escolar hasta llegar a mi destino, era para mí como si me adentrase en otro mundo, un mundo diferente, tanto, que a veces creía encontrarme inmersa en un enorme museo de piedra, piedras que me hacían sentir a cada paso que daba y, a veces, cuando mi diminuto cuerpo de niña se rozaba con algunas de las paredes  que configuran los palacios, yo creía sentir el palpitar de la piedra, ahora lo comprendo, pues es como si el subconsciente del paseante hubiera creado una conjunción  entre las piedras y el corazón de quien las contempla con respeto, es algo que quizás sin pretenderlo,  hizo que la historia de Cáceres se pudiera escribir con tinta de oro.