2ª PARTE DE LAS NIEVES
DE GREDOS.
Aún recuerdo a mi madre sentada ante el piano amenizando las
largas tardes de invierno cuando nos quedábamos incomunicados por la nieve y la
ventisca, y cuando mi padre nos daba clases de historia y matemáticas, todo nos
parecía fantástico era casi irreal la vida que vivíamos al ser los únicos
habitantes de aquella maravillosa sierra que nos hacía sentir parte de la
naturaleza.
Después de haber divagado por los recuerdos más recóndito de
mi vida, me levanto indolente de la cama quería saber quien era el invitado de
mi hermano que acababa de llegar, bajo al salón, que para mi fue toda una
sorpresa pero-desagradable—era Faustino mi enemigo número uno que tuve en el
colegio al estar siempre incordiándome, hasta llegar en una ocasión cuando en
una merienda campera tuvo la oportunidad de ridiculizarme ante los compañeros de clase, en aquella
ocasión hizo que me comiera una tortilla de patatas sabiendo que no soportaba
la mezcla del huevo y la patata.
Creo que siempre le odie por su arrogancia, ahora se veía
obeso, descuidado mientras por su frente perlaban gotas de sudor al contraste
de la calle al calor de la chimenea; nos saludamos con frialdad.
En esos momentos llaman de nuevo a la puerta, mi hermano la
abre y entra Juan, que hace el mismo ritual cuelga la pelliza de borreguito, se
quita las botas de goma y entra en el salón donde nos encontrábamos sentados
Faustino y yo, nos saludamos alzando la mano como si nos hubiéramos visto hacía
poco tiempo, una vez sentado hablamos de cosas intranscendentes, y de nuevo
llaman a la puerta, abre mi hermano, hola Samuel, entra, y señala el lugar
donde debía entrar, después de sacudir las botas de la nieve, su saludo fue
protestar por el mal tiempo, yo lo miro, era alto enjuto y con la clásica nariz
de picaporte que en esos momentos estaba tan colorada que parecía un pimiento
morrón, y siguió protestando por la ventisca que se estaba aproximando, creo
que nos vas a tener que dar cobijo por unos cuantos días, si es que podemos
salir de aquí, decía mientras se acercaba al calor de la chimenea para entrar
en calor, mientras mi hermano sin hablar repite el rito de barrer las cenizas que
escupía la chimenea.
Entonces miro a mi alrededor, y pienso que al parecer faltaba
un invitado para completar los cubiertos que había en la mesa.
De pronto interrumpe mis pensamientos el sonido de un
teléfono, mi hermano contesta la llamada, cuelga para decirnos que era Fernando
quien llamaba para comunicar que no podía llegar porque la ventisca se lo impedía.
Todos nos miramos, pero que demonios pintaba allí Fernando el
mecánico si nunca quisimos que jugara con nosotros por lo bruto que era.
No os he dicho que a mi hermano siempre le atrajo la espeleología, cuando era niño le gustaba
acompañar a mi padre por la sierra para descubrir grutas y lagos subterráneos,
recuerdo una vez que se perdieron en las cumbres nevadas que a mi hermano le
encantó sobre todo cuando tuvieron que acampar en uno de los lugares que mi
padre le decía era altamente peligroso si no se conocía el terreno.
Y que una vez de vuelta a casa siempre traían a mi madre un
ramillete de cuernecillos azules que tanto proliferan en lo más alto de la
sierra, que mi madre ponía con entusiasmo en un jarrón de cerámica encima del
piano.
En otra de sus excursiones los dos descubrieron la
Laguna Grande llamada Circo de Gredos, que forma un
prolongado y elevado escarpado sobre la fosa del río Tietar, siendo para ellos
un gran descubrimiento, tan especial que desde entonces despertó en mi hermano una
gran afición por explorar las depresiones graníticas y las grutas más ocultas.
En una ocasión mi hermano hizo una incursión por estos
parajes con un grupo en el cual se encontraban sus invitados…
CONTINUARÁ.

