
Continuación de los tercios españoles en Filipinas.
Cuando los españoles
divisaban un barco japonés cerca de Luzón, y a pesar de saber que eran
superiores en número, conseguían interceptar a los piratas, los españoles
mientras tanto preparaban cañones y los tercios se armaban para el abordaje
pertrechados con vizcaínas picas y arcabuces.
Y una vez la artillería de la galera española alcanzó
al barco japonés, los soldados de
Carrión saltaron como monos a la cubierta
enemiga.
Sin embargo, los japoneses obligaron a que se replegaran los
españoles. Pues los japoneses aparte de superar en número a los españoles también
en esta ocasión contaban con arcabuces
portugueses, por lo que nuestros tercios
tuvieron que retroceder hasta la popa de la galera.
Pero nuestros tercios lejos de rendirse, formaron la clásica
barrera defensiva en la que los
piqueros se apostaron delante y los arcabuceros y mosqueteros
detrás, combinando de manera efectiva la defensa con los mortales disparos de los arcabuceros.
Y fue entonces cuando
Carrión cortó con su espada la driza del palo mayor cayendo atravesado
sobre la cubierta creando , así, una trinchera improvisada, permitiendo, con
ello, a los mosqueteros y arcabuceros disparar
contra los japoneses de manera mas efectiva,
hecho que provocó numerosas bajas enemigas, y fue cuando la galera capitana
española ( San Yusepe) disparo sus cañones contra los japoneses , que se retiraron a la desesperada, haciendo que los japoneses
saltaran al agua donde muchos se ahogaron
debido al peso de sus armaduras.
Tras esta batalla, la flotilla española avanzó por el río Grande de Cagayán, donde se encontró con 18 champanes
japoneses, culminando con la victoria de nuestros tercios, logrando
desembarcar con sus hombres y cañones en un recodo del río atrincherándose cerca
de las posiciones del enemigo.
Ante el ataque español los piratas japoneses decidieron
negociar una rendición, exigiendo una indemnización en oro por abandonar el archipiélago.
Carrión se negó tajantemente, y Tay
Fusa ordenó atacar de nuevo por
tierra con más de 600 piratas.
Los tercios aguantaron hasta que a los japoneses les resbalasen los dedos al intentar
arrebatarles las picas, pues durante la lucha los españoles untaron los
mástiles con sebo, mientras seguían los ataques y los españoles se encontraron
desprovistos de pólvora, pero y a pesar de ello lograron resistir con coraje, y derrotar a los guerreros
japoneses. Las bajas fueron muy importantes sobre todo para los samuráis, pues
los españoles perdimos entre 10 y 20
soldados mientras los japoneses algo más
de 800 hombres.
Los relatos japoneses contaban tras la batalla que sus
hombres fueron derrotados por wo-cou,
unos demonios mitad lagartos mitad
peces, pues atacaban tanto en mar cómo
en tierra.
Estos relatos fantásticos que rozaban lo mítico atribuye un gran valor a los españoles al
resistir en clara inferioridad a un enemigo feroz curtido en el arte de la
guerra, otorgando a los tercios
españoles mandados por Carrión una fama legendaria.
Desde que Legazpi descubriera Filipinas unos 30 años antes
que Cagayán y hasta 1898 los españoles
mantuvieron estas islas cómo parte del imperio español, en parte gracias
a la defensa inhumana de los
españoles contra los japoneses.
Asegurando con ello años de paz que
evitaron saqueos y destrucción.
Tras esta victoria, Felipe II, se acercó más a China, que no
veía como colonia, ni no como enclave
comercial y con predominio español, consolidando a España como reina de los mares.
Esta historia para variar es un desastre histórico en tanto
que ha sido olvidada y no se ha estudiado
ni en institutos ni en universidades, pues la habilidad y eficacia
certera de los tercios españoles deja en entredicho la inmortalidad de los samuráis,
pues los españoles hicieron frente con 40 soldados a 1000 samuráis, infringiéndoles una
importante derrota, o humillación si se desea a los japoneses.
FIN
