Aquella tarde, me encontraba
sentada en mi cuarto de estar después de unos meses de encontrarme ausente;
cuando tuve la sensación de que, por el pasillo cruzaba una fugaz sombra, fue
como una ráfaga que, al notarla, me hizo sentir cierta incertidumbre, aunque
sólo duró una décima de segundos, pero aquella desagradable sensación fue para
mí como un detonante, porque de un impulso me incorporé del sillón con la
certeza de saberme observada. Cuando me tranquilizo, me dirijo al pasillo,
despacio, no sé si, innecesariamente aterrada, me pongo a mirar, pero no veo
nada. Entonces cuando de nuevo me siento, quiero creer que tan sólo fue una de
esas sensaciones que suelen ocurrir cuando se está padeciendo estrés, y el
subconsciente te juega una mala pasada.
Una vez sentada intento olvidar esa
desagradable visión, necesito echar una cabezadita, pero la inquietud que había
despertado en mí esa llamémosla “sombra” me hizo pesar que estaría mucho mejor
despierta por si volvía a aparecer. Entonces decido enchufar el televisor, la
pantalla se mostraba en su totalidad cubierta por una neblina blanca y
brillante, manejo el mando para cambiar de canal, pero aquellos puntos
luminosos como la plata insisten en quedarse, al no tener en esos momentos nada
que me pudiera distraer, miro la habitación, observo los cuadros, miro las
cortinas y, entonces siento cómo me va invadiendo una extraña sensación que va
tomando fuerzas hasta anidar en mí; para calmarme, decido salir a la calle, era
la primera vez en mucho tiempo que no iba a estar acompañada por un guarda
espalda, cojo las llaves de mi casa y
enfilo la acera sin rumbo. En mi caminar, noto que mi mente seguía ocupada como
lo estaba cada día, cuando un grito a mi
espalda me sobresalta, entonces volví la mirada hacia atrás expectante. En esos
momentos me sentí tan ridícula que de mis labios se escapó una tibia sonrisa,
al comprobar que se trataba de una pareja
de enamorados que se encontraban haciéndose carantoñas.
Acababa de entrar en la Plaza
Mayor desconociendo el porqué de mi conducta y, calculé la hora, en vez de
mirar mi reloj de pulsera, o el del Ayuntamiento que se encontraba frente a mí
y, sin más, deduje que serían las once de la noche, de repente me pongo a
pensar y me doy cuenta de que desconozco el motivo exacto que me hizo salir de
mi casa con tanta precipitación, pero no se me ocurre nada, seguro que fue la estupidez como la de no
funcionar el televisor.
Me extrañó ver la plaza vacía,
más que vacía se encontraba desierta, ante esta soledad desconocida mi alarma
se conecta.
¿Qué me estaba sucediendo?
¿Será un mal sueño?
De repente, dejé de hacerme preguntas, porque
un frío helador se apoderó de mi cuerpo que al instante se mezcló con el tufo
de un horrible olor a sangre que se
propagó de inmediato inundando la plaza ante esta extraña situación, siento
unas terribles nauseas al notar cómo ese olor aumentaba a cada segundo que
pasaba y se hacía más insoportable, hasta llegar a darme la sensación que
estaba aspirando algo pegajoso que hacía que fuera difícil el respirar. Mis
piernas sin motivo alguno se paralizaron, entonces aumentó el temor de saberme
perseguida por un ser invisible. Quiero correr, pero las piernas me lo
impedían, me siento impotente ante la soledad y el silencio, miro hacia atrás y
sólo pude percibir un terrible rugido de fieras, comencé a gritar, pero parecía
que nadie escuchaba mí desesperación; ante tanta presión, me vi sola y
desamparada, mientras en mi interior se debatían luchas de ambiciones y
misericordias, pues me encontraba en desventaja al desconocer cuál podía ser mi
enemigo.
Cuando al fin mis piernas
pudieron caminar, entro como una exhalación en el primer portal que me
encuentro abierto de la plaza, Un joven bien parecido me tiende su mano para
que suba las escaleras, pero al llegar al rellano del primer piso, alzo mi
mirada para agradecerle su amabilidad, y el joven parecía haber desaparecido.
Confusa y sin saber qué hacer,
grité hasta quedar afónica; de mi boca sólo salía ira ¡ya es suficiente! Salga
de su escondite, dígame lo que quiere de mí, pero el silencio en aquel rellano
no se alteró ni con mis voces ni con mis gritos, pero estaba segura: aquel
galante caballero tenía que encontrarse en alguna estancia de la casa.
La luz de un farolillo adosado a
la pared parpadeaba como si estuviera a punto de apagarse por la escasez de
gas, entonces decidí salir cuanto antes a la calle, pues nadie debe permanecer
en la oscuridad, pero aquel impulso de salir corriendo, se frenó en seco al
crujido de un papel al pisarlo que acaparó toda mi atención, pues ante mis ojos
se presentaba un folio con un blancor impoluto, en él destacaban unos trazos de
color rojo. Este detalle hizo que me
agachara a recogerlo, lo acerco al farolillo para saber de qué se
trataba, allí se encontraba mi nombre escrito con grandes letras; entonces
acudió a mi mente el pensamiento de que algo grave estaba pasando, allí en
aquel trozo de papel decía que estaba citada. Me froto los ojos.
¿Estaba siendo verdad que era perseguida?
Entonces pegué mi tembloroso cuerpo como para protegerme en la pared que se encontraba desconchada
y húmeda, miro al fondo del pasillo, pero todo parecía ser normal; entonces
pude ver al fondo del pasillo un grupo de figuras silenciosas que parecían caminar pidiendo clemencia, pero,
de pronto, aquella visión desapareció y todo en aquel rellano seguía igual, en
silencio, como si a nadie le importaran mis miedos. No recuerdo si fue el frío
de la humedad de aquella pared lo que me hizo reaccionar o el chirrido de un
riel de un archivador que me devolvió un poco de tranquilidad, pero no había
forma de impedir que mi cuerpo dejara de temblar.
Inmediatamente busco una puerta
abierta, entonces veo una delgada línea de luz bajo una puerta al final del
pasillo, me acerco con cautela, me asomo, era una de esas salas que a veces hace
la función de oficina aunque aquella
habitación tenía un aspecto más bien destartalado. Sentado en una silla
giratoria se encontraba aquel joven galante
y, un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza. Observé y, lo que vi, no me
pareció nada alentador, el sudor comenzó
a perlar por mi frente hasta mojarme la cara, el joven hablaba con alguien por
teléfono, pero desde donde me encontraba no alcanzaba a
oír la conversación, de pronto cambió su tono de voz, al salir de su
garganta una carcajada jocosa.
Y, le dijo a su interlocutor ¿Eso
es lo que crees que estoy haciendo?
El silencio del otro lado del
teléfono lo puso nervioso.
Después de unos segundos de
indecisión, él joven, contestó.
No te equivoques, y mejorando su humor por momentos dijo, su tono era seco, quiero que sepas que estoy
haciendo un gran trabajo, espero ser bien recompensado, porque si, no,… (Y
airado) no, ni mucho menos, yo nunca amenazo,
yo, ejecuto.
Un silencio fue la respuesta que
obtuvo el joven.
Sigues ahí, decía el joven, este
asunto que tenemos entre mano; si, puede que cuando se sepa se produzca algún que otro huracán, pero cómo
siempre, se dan cuenta demasiado tarde, no hay nada de qué preocuparse, cuando
llegue lo nuestro ya no habrá nada que hacer, y nosotros estaremos a salvo de
sospecha en alguno de esos paraísos terrenales que nos hemos fabricado para
nuestro disfrute. Qué sabrán esos insulsos de los negocios, pues el negocio, es el negocio, así de simple.
¿……? La contestación era un largo
silencio.
¿Te dije alguna vez que este trabajito me está sentando bastante bien?
Un clip al otro lado del
teléfono, cortó la comunicación.
Yo desde fuera y, en mi posición
de vulnerabilidad, no podía dejarme ver, antes tenía que averiguar de qué
se trataba aquella historia que parecía ser un entramado
de esos que pueden terminar en algo muy pero que muy peligroso. Cuando una voz
grave me despierta de mis lucubraciones, cuando llega a mis oídos una voz que
sonó cómo un trueno, mi mente no podía
reaccionar se encontraba bloqueada, cuando volví a escuchar de nuevo aquella
voz me puse a la defensiva, pues se
estaba volviendo autoritaria cuando dijo con rabia; entra de una puñetera vez que te estoy esperando, entro con el cuerpo encorvado y, noté que al
mirarme sus ojos marrones, desprendían
un fugaz destello, que me parecieron de un niño travieso, esta observación me
intranquilizó tanto, que al instante me puse erguida pues supuse que podía tratarse de algo maquiavélico
y yo, sin saber lo que se estaba tramando, supe que alguien me estaba
involucrando en algo, que sin duda
era una vil trama.
Aquel joven, por su arrogancia supe que se
creía el ganador de aquella batalla, y
echando la cabeza hacia atrás me miraba descaradamente mientras recorría
su burlona mirada sobre mi anatomía, pero al ver que yo aceptaba esa mirada desafiante, lanzó una grotesca
carcajada, aquella risa ficticia tocó mi fibra sensible, y entonces supe, que
algo sobrenatural me estaba pasando, yo nunca había querido creer en esas
cosas, pero desde ese momento lo creí y, miré con altanería a aquel joven
engreído y le dije: ¿ sabías acaso que cada ser es dueño de su propio destino?
No le dio tiempo a responderme,
pues una nueva llamada telefónica hizo que se distrajera, y precipitadamente
descolgó el teléfono, segundos después, contestaba airado, pero, qué me dices,
aún no he finiquitado esta operación.
Yo miraba de reojo la puerta
esperando el momento oportuno para salir corriendo, pero necesitaba que aquel
individuo se involucrara más en aquel asunto para poder saber cómo desenmascarar aquello que sin duda guardaba un oscuro propósito.
Como siempre hice, confiada en mi intuición, estaba a
punto de conseguir que se dijeran.
