LAS NIEVES DE GREDOS
Llego a la sierra de Gredos desde Cáceres para acudir a la
cita de mi hermano, y como siempre hice antes de llegar a mi casa me paro para
admirar el inmenso panorama que desde la vereda se divisa creo que me sobrecogí ante tanta
naturaleza.
Llego a la empinada y amplia curva que precede a la entrada
de mi casa, y admiro la gran casona de piedra y madera que habían construido
mis padres que eligieron como refugio después de haber tenido una agitada vida en
sociedad. Mirando la casa pienso que cuantas veces la añoré en mis noches
solitarias de estudiante, pues salí de esta casa siendo un adolescente para estudiar en Cáceres.
En esos momentos en que mi cabeza rememoraba, la nieve se
agrupaba tapando la vereda y cubriendo la hilera de flores que la flanqueaban
la entrada, allí seguía el Enebro, la Esparcilla el Espárrago de Lobo, y la Lucila
todas ellas plantas autóctonas del lugar. Miro hacia arriba y observo como las ramas de los árboles cubiertas de nieve
lanzaban destellos rosados con las luces del ocaso, ya me encontraba a unos
metros de la entrada, donde la vereda se
allana, aparco el Land Rover bajo una techumbre de madera, me apeo, y subo las
escaleras de piedra y madera de roble con parsimonia saboreando los recuerdos
que seguían allí esperándome, mientras las volutas de humo gris -azulado se
elevaban hacia el cielo desde la chimenea
del salón, el calor se hace notar mientras espero que alguien abra la puerta.
Una voz ronca responde con acritud…Se abre la puerta, que se
encontraba atrancada con una gruesa cadena, cuando se abre la puerta aparece mi
hermano, que la cierra sin apenas saludarme, entro en el salón sin quitarme
las botas cubiertas de nueve, echo una ojeada a mi alrededor, y veo el piano en
el mismo sitio recordando las veces que embobado escuchaba tocar a mi madre, y
observo que aún permanecía el atril con su partitura preferida, me estremezco,
el polvo parecía cubrir los muebles menos el piano; con los pensamientos
confusos me acerco a la chimenea para entrar en calor, me asombra que esta se
encontrara impoluta; el chisporroteo de los troncos parecían no escupir
cenizas, entonces vi cómo mi hermano limpiaba una y otra vez con la escoba las
cenizas y el recogedor cualquier brizna que pudiera salir de la embocadura de
la chimenea, después de sentir el calor del hogar me quito las botas bajo la
quieta mirada de mi hermano y dejo complacido que los pies ateridos de frio sientan
el benefactor calor.
Sin preguntar a que se debía la cita, subí a mi habitación, y
me sorprende que todo está como yo lo dejé, mis láminas de los ciclistas más
famosos de mi época de adolescente; todo estaba allí cómo si no hubiera estado
ausente. Me tumbo encima de la cama, y cuando me estaba quedando dormido llaman
a la puerta.
Entonces oigo una voz desconocida que saluda a mi hermano con
jovialidad, Tirso ¿Cuánto tiempo? ¿Qué pasa? Oí que preguntó. Espero que tengas
una buena razón para hacerme venir al techo del mundo con el tiempecito que
hace, mientras se quitaba el anorak y lo colgaba en el perchero de la pequeña
entrada donde siempre hubo un perchero y un banco de madrea para descalzarse,
es una estancia tan pequeña que yo de pequeño le llamaba el confesionario al
estar hecha de madera y ser la antesala del gran salón dónde cada día nos reuníamos
la familia.
CONTINUARÁ


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