miércoles, 5 de agosto de 2026

Relatos

LAS NIEVES DE GREDOS

 

Llego a la sierra de Gredos desde Cáceres para acudir a la cita de mi hermano, y como siempre hice antes de llegar a mi casa me paro para admirar el inmenso panorama que desde la vereda se divisa creo que me sobrecogí  ante tanta naturaleza.

Llego a la empinada y amplia curva que precede a la entrada de mi casa, y admiro la gran casona de piedra y madera que habían construido mis padres que eligieron como refugio después de haber tenido una agitada vida en sociedad. Mirando la casa pienso que cuantas veces la añoré en mis noches solitarias de estudiante, pues salí de esta casa  siendo un adolescente  para estudiar en Cáceres.

En esos momentos en que mi cabeza rememoraba, la nieve se agrupaba tapando la vereda y cubriendo la hilera de flores que la flanqueaban la entrada, allí seguía el Enebro, la Esparcilla el Espárrago de Lobo, y la Lucila todas ellas plantas autóctonas del lugar. Miro hacia arriba y observo  como las ramas de los árboles cubiertas de nieve lanzaban destellos rosados con las luces del ocaso, ya me encontraba a unos metros de la entrada, donde  la vereda se allana, aparco el Land Rover bajo una techumbre de madera, me apeo, y subo las escaleras de piedra y madera de roble con parsimonia saboreando los recuerdos que seguían allí esperándome, mientras las volutas de humo gris -azulado se elevaban hacia el cielo  desde la chimenea del salón, el calor se hace notar mientras espero que alguien abra la puerta.

Una voz ronca responde con acritud…Se abre la puerta, que se encontraba atrancada con una gruesa cadena, cuando se abre la puerta aparece mi hermano, que la cierra sin apenas saludarme, entro en el salón sin quitarme las botas cubiertas de nueve, echo una ojeada a mi alrededor, y veo el piano en el mismo sitio recordando las veces que embobado escuchaba tocar a mi madre, y observo que aún permanecía el atril con su partitura preferida, me estremezco, el polvo parecía cubrir los muebles menos el piano; con los pensamientos confusos me acerco a la chimenea para entrar en calor, me asombra que esta se encontrara impoluta; el chisporroteo de los troncos parecían no escupir cenizas, entonces vi cómo mi hermano limpiaba una y otra vez con la escoba las cenizas y el recogedor cualquier brizna que pudiera salir de la embocadura de la chimenea, después de sentir el calor del hogar me quito las botas bajo la quieta mirada de mi hermano y dejo complacido que los pies ateridos de frio sientan el benefactor calor.

Sin preguntar a que se debía la cita, subí a mi habitación, y me sorprende que todo está como yo lo dejé, mis láminas de los ciclistas más famosos de mi época de adolescente; todo estaba allí cómo si no hubiera estado ausente. Me tumbo encima de la cama, y cuando me estaba quedando dormido llaman a la puerta.

Entonces oigo una voz desconocida que saluda a mi hermano con jovialidad, Tirso ¿Cuánto tiempo? ¿Qué pasa? Oí que preguntó. Espero que tengas una buena razón para hacerme venir al techo del mundo con el tiempecito que hace, mientras se quitaba el anorak y lo colgaba en el perchero de la pequeña entrada donde siempre hubo un perchero y un banco de madrea para descalzarse, es una estancia tan pequeña que yo de pequeño le llamaba el confesionario al estar hecha de madera y ser la antesala del gran salón dónde cada día nos reuníamos la familia.

CONTINUARÁ

 




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