miércoles, 24 de septiembre de 2014

La pensión (3ª parte)



-         Entonces – dijo el de la voz atragantada- no tenemos otra solución que la de sacarla de España cuanto antes.
 Anna cada vez más asustada no se atreve ni a mover un dedo, pues estaba segura de que se trataba de una mujer que había sido asesinada. Una de las voces parecía lamentarse cuando dijo:
- Ahora, como siempre, nosotros tendremos que limpiar la mierda que sus caprichos de millonaria va dejando.
Minutos después aquellos hombres entran en el salón, no sabían que hubiera alguien allí y miran a Anna con desconfianza. Ella seguía con las manos aferradas al asa de su maleta mientras disimulaba estar con la mirada perdida  clavada en el televisor, los dos hombres se sientan frente a ella, parecían seguir una conversación ficticia poco coherente y sus caras desprendían satisfacción delante de ella.
 Anna llegó a la conclusión de que se bastaban ellos solos para resolver el problema, ya lo tenían decidido. Estaba segura  de que permanecería el tiempo justo en aquella pensión para  recuperar su carnet de identidad y después ya buscaría la manera de analizar aquella conversación que escucho desde el salón,  una vez fuera de allí podría aclarar con quien correspondiera lo allí ocurrido, contando lo que vio y oyó. Si hubiera habido alguna desaparición extraña, podría servir de pista a la policía y entonces pensó: ¿y si la victima era Rebeca…?
¿Y si era el cadáver que vio bajar por las escaleras? Un grito se ahogó en su garganta.
En esos momentos la patrona rompe con su voz su elucubración cuando le dice desde la puerta que ya se encontraba su habitación disponible. Sube las escaleras tirando de su troley cuando, de repente como una aparición, puede ver en el fondo del pasillo la silueta de una mujer vestida elegantemente con un traje largo de noche desentonando en aquel ambiente sórdido que la saluda con la mano haciendo resonar las múltiples pulseras doradas. Anna se inquietó pues no pudo distinguir su rostro.
Aquella noche Anna no se acostó, se encontraba demasiado nerviosa y sentada encima de la cama  repaso una a una mentalmente todo lo que había escuchado y ocurrido desde que había llegado a Madrid.
¿Por qué el taxista hizo ese gesto tan extraño cuando ella le dio la dirección de aquella pensión?
Serían las cuatro de la madrugada cuando Anna oyó unos pasos por el pasillo, parecían pasos vacilantes que de repente se pararon ante su puerta. Anna se queda sin respiración y poco después oye una voz que parecía venir de la habitación contigua, que le dijo en susurros:
-         No abras  la puerta bajo ningún concepto, no temas que estamos cerca de ti.
 Anna entra en el lavabo y se lava la cara, quería estar segura de que todo era un sueño, de repente pudo oír el chirrido que hizo el pomo de la puerta al ser girado, el pomo empezó a girar lenta, muy lentamente hasta abrir la puerta, Anna, expectante ve cómo la puerta al abrirse da paso a  la señora elegante que vio en el fondo del pasillo que pisando segura avanza hacia ella, Anna cuando mira su cara da un respingo, aquella mujer parecía tener la cara desfigurada a pesar de estar parcialmente tapada por una gruesa capa de maquillaje, sus ojos parecían dos bolas de fuego, Anna  no puede moverse ante esta aparición, se encuentra paralizada como si algo sobrenatural pusiera a su alrededor un  muro insondable que le aprisionaba.
La mujer, se acerca hasta casi rozar su cara, Anna no puede mover un solo músculo, en su estado de terror no se percata que la mujer saca de debajo de su chal una daga que con destreza  la pone junto a la garganta con intención de degollarla pero una mano certera le sujeta la mano con firmeza haciendo sentir un dolor tremendo a la mujer. Anna en esos momentos no parece sentir su cuerpo y la habitación empezaba a llenarse de policías.
Anna sentada encima de la cama siente que su cabeza se había trastornado cuando nota cómo sus piernas se humedecen lentamente con un reguero gelatinoso y frío que la va mojando. De repente da un salto y puede observar que el colchón  se encontraba mojado, levanta las sábanas y con horror comprueba que estaba empapado de sangre. Se tapa la boca con las dos manos para no gritar, en aquella habitación se había cometido un crimen y en aquella misma cama…quizás era el mismo cadáver que vio cómo  bajaban los dos hombres cuando ella  llegó.
Anna entonces creyó que dos de los policías que se encontraban más cerca de ella hablaban de una manera ininteligible y sin saber el motivo empezó a reír de manera convulsiva llegando los policías  a temer por su estado mental.
Cuando se encuentra calmada dice:
-         ¿Ustedes creen que pueden urdir porque sí algo tan grotesco? -Anna acusaba directamente a los policías- como  que me hiciera amiga de una desconocida, aunque bien pensado eso se llama llanamente echar las redes y yo como tonta caí en esa red como pica una trucha  el anzuelo ¿o tal vez  se dieron cuenta de que yo ignoraba que podía llamar tanto la atención, porque en esos momentos me encontraba vulnerable ante mi reciente desengaño?
Anna dejó de hablar unos instantes, indudablemente estaba portándose como una imbécil, aunque pensándolo bien creyó que era lo que había sido toda la vida.
Una vez en su casa cacereña ya sentada en el sofá se encontraba más sosegada y  recuerda aquel día que quizás, por el capricho del destino, había sido elegida para desenmascarar a uno de los cerebros más perversos que operaba en Madrid desde hacía un par de años y que llevaba de cabeza a la policía.
 Pero, entonces ¿qué clase malvados fueron  los que la involucraron a ella en semejante misión? Sonríe con desgana y recuerda que siempre fue una mujer de una naturaleza tranquila.  ¿Quién fue el que le tendió la trampa haciendo posible que un encuentro se convirtiera en amistad?
Anna se levanta, pasea por su salón, ahora recordaba que nadie le había comentado que le sucedió a  su “amiga” Rebeca.
¿Habría existido alguna vez? Lo que si supo Anna es que nunca más volvió a saber de ella. Anna cerró los ojos, apoyó su cabeza en el respaldo de su sillón y quiso soñar despierta que  por un solo día había podido llegar a ser  una heroína.

viernes, 22 de agosto de 2014

La pensión (2ª parte)



Anna no acababa de entender porqué aquella mujer se había quedado con su carnet dejándola indocumentada, al meterlo en el cajón lo había cerrado con una llave que ahora tenía en el bolsillo de su delantal. Nerviosa pensó que sería difícil salir de allí y que al día siguiente necesitaba encontrar otro alojamiento.
La mujer aparece de nuevo después de haber dado una patada a la puerta que con el impacto se cerró y quedó encajada, tenía las manos ocupadas en anudarse el delantal que parecía haber cambiado por otro y dirigiéndose a ella le dijo:
- Tardarán poco en limpiar su habitación, no se inquiete que enseguida estará lista.  Hasta hace unos minutos no ha sido desalojada por su anterior huésped- y señaló una puerta que se encontraba justo al lado de las escaleras-si lo desea, puede entrar en el salón y si le apetece le puedo servir una cerveza, ya sabe estos servicios al ser extras se pagan al consumirse.
 Anna con un gesto de su mano le indica que no desea nada.
Entra en el salón y echa un rápido vistazo, la estancia parece aceptable, los sillones se encuentran tapados con sabanillas de color granate, seguramente para ocultar la suciedad acumulada que suele pegarse a la tapicería cuando tienen mucho uso, delante está una mesa de centro  baja de madera con un cenicero de barro y un jarrón con flores de plástico. Ante el sofá se encontraba un aparador antiguo pintado con un barniz que le hacía brillar como si fuera de plástico y le robaba encanto a aquel mueble antiguo sobre el que se encontraba el televisor. En la pared un viejo tapiz moruno de los que  solían comprar como recuerdo en Melilla los soldados españoles que cumplían allí  el servicio militar, allá por los años cincuenta, ante esta observación, por primera vez y desde que entró en aquella pensión de sus labios salió una tenue sonrisa; decide sentarse y al mirar el suelo ve que las baldosas son hidráulicas, todo allí parecía sacado de un museo, a decir verdad, en aquella pensión parecía haberse parado el tiempo.
Poco después piensa preocupada qué era lo que podía haberle pasado a Rebeca para que la dejara tirada en la estación, mira su reloj de pulsera y se extraña que a esa hora ya cercana a la cena no hubiera ningún huésped de la pensión viendo la televisión a  la espera de ser llamados al comedor. Pasan unos minutos y Anna seguía aferrada al asa de su maleta demostrando que se encontraban en tensión, en aquel silencio podía oír una conversación a media voz que venía de una de las habitaciones. Anna pudo apreciar por el tono en el  que hablaban y  por la ansiedad que desprendían sus palabras que parecía que algo grave les inquietaba, Anna entretiene la espera poniendo atención a lo que hablaban aquellos hombres y era algo muy importante, según ellos se podían encontrar ante un hecho lleno de dificultades, también pudo oír,  esta vez su pulso se aceleró, que hablaban de un cadáver que tenía que ser eliminado, porque en el almacén donde provisionalmente lo habían llevado, no estaba seguro. Querían sustituir al vigilante porque era novato y podía abrir el congelador en una de sus rondas para cerciorarse de que todo se encontrara en orden.
Uno de ellos dijo:
-Hay que transportarlo cuanto antes, qué digo, de inmediato en el primer camión  que esté preparado para llevar mercancía a Francia, de esa manera estaríamos nosotros exentos de cualquier sospecha, porque una vez en Francia que se haga cargo del camión uno de los nuestros, que sabe lo que tiene que hacer. Por cierto ¿has pensado qué hacer si por un casual el chofer no es tampoco el mismo de siempre?
Ante esta observación parecen ponerse nerviosos, uno de ellos dice:
-         Sea cómo fuera esto, hay que hacerlo cuanto antes, habría que llamar a Francia para decir que parte de la mercancía es perecedera y que tiene prioridad en su entrega a cualquier otra que  tenga prevista su llegada desde Madrid.
Uno de los hombres cambió de voz, parecía que se había tragado algo pues hacía que su voz fuera ronca y entrecortada, mientras el otro interlocutor, levanta el tono de voz para decir:
-         Creo que sería una locura llevarla a Francia…
Se hace un silencio que se rompe para que uno de ellos diga:
-         Pero tampoco podemos hacer lo de siempre…
Las pisadas de los hombres por la habitación parecían nerviosas y al mismo tiempo  vacilantes. Anna podía sentir desde el salón cómo vibraban las vidrieras de la puerta.
El que parecía haberse tragado algo perdió por momentos la compostura  ante su compinche y dijo:
-         Alguien de la empresa de transporte puede sospechar de nosotros al ver que nos movemos mucho por allí, creo que debemos buscar una segunda alternativa pero ¿cuál?
-         ¡Calla!-  aquella orden le pareció a Anna que resonó en aquella habitación como un trueno.
Y con voz sumisa se atrevió decir uno de ellos:
- Otra opción sería tirarla al río Manzanares, por ahora no se me ocurre otra cosa que sea más segura para nosotros, la mayor parte del río está canalizado y seguro que tardan unos días en encontrarlo. Esto sería añadir un factor favorable para nosotros, pues como el ambiente se encuentra un poco convulso, puede que los de la criminal quieran resolver cuanto antes este crimen, diciendo que es el consabido ajuste de cuentas entre un narcotraficante y una prostituta deslenguada.
Anna no podía creer lo que estaba escuchando, mientras,  los hombres seguían inventando estrategias para salir airosos de aquel trance. Unos minutos después uno de ellos dice convencido:
-         No creo que lo de tirarla al río sea la solución más acertada.
           Pero el de la voz atragantada insiste en que  cree que es la mejor alternativa:
-  También tenemos que pensar un plan en el caso de que encontrasen el cadáver antes de arreglar nuestra huida y escabullirnos de lo que tenemos encima, que es un buen tufo.
Ante esta reflexión entre los dos hubo un silencio que a Anna la puso aún más nerviosa.
-¿Has pensado si esta descerebrada no ha limpiado bien y ha dejado ninguna huella que nos pueda identificar? Yo por mi parte no la toqué y entonces no hay de qué preocuparse. Y tampoco, ni siquiera la rocé.


Continuará...

domingo, 17 de agosto de 2014

La pensión (1ª parte)



Dos horas habían transcurrido desde que Anna se apeara del autobús que la llevó desde Cáceres a Madrid, en el andén de la estación esperó impotente la llegada de su amiga para recogerla, la cual parecía haber olvidado su cita. Después de un tiempo prudencial en el cual creyó que la espera era demasiado prolongada, decidió salir de la estación. Mientras subía las escaleras mecánicas desilusionada, siente cómo se va adentrando en un mundo desconocido y desconcertante para ella y una vez se encuentra en la calle, busca en su bolso de mano la libreta donde lleva anotada la dirección donde se alojaba su amiga. Mientras lee la dirección siente cómo una brisa helada y desagradable la despeina, mientras sus fosas nasales lentamente se desprendían de ese olor que suelen tener los andenes a muchedumbre mezclado con el gasóleo que queman los vehículos.
A unos pasos de la estación, ve una parada de autobús, pues no había conseguido parar ningún taxi, Anna ignora el recorrido del autobús, por lo tanto no tiene ni idea de hasta dónde puede ir después de sacar el billete, olvida sus temores, se siente emocionada de poder recorrer Madrid desde una ventanilla de un autobús urbano, después de dejar pasar cinco paradas, decide apearse pues se encontraba con síntomas de mareo.
Una vez en la acera, tira de su pequeño troley, se para unos momentos y mira de un lado y otro recordando con agrado una charla que mantuvo con una de sus amigas al anunciarle que pensaba pasar unos días en Madrid entonces le dijo: “Cuando llegues a Madrid tienes que tener en cuenta a donde te diriges, tienes que saber distinguir el Norte del Sur, ya sabes, este detalle es importante que lo tengas presente”.
Anna mientras recordaba la broma de su amiga sonríe al pensar que quizás tenía razón y que no era ninguna broma, pues se encontraba en una situación de que no era capaz de distinguir los puntos cardinales. Con este pensamiento sigue caminando, se siente como si fuera una brújula destartalada después de haber sido pisoteada y con las saetas partidas. Para un taxi y una vez sentada le da la dirección al taxista, cuando éste lee la nota, la mira mientras de sus labios se escapa una sonrisa:
- ¿Acaso es la primera vez que viene usted a Madrid?
Anna se sorprende por la pregunta y afirma seca.
Diez minutos después, el taxista para ante la puerta donde un rótulo anunciaba “Pensión  Sur”. Entra observa el vestíbulo y todo lo que le rodea mientras espera que alguien aparezca, de pronto una voz que sale detrás de una de las puertas le sobresalta:
-          ¿Desea habitación?
Anna busca con la mirada, pero sigue sin saber donde se encuentra la mujer y con el mismo tono de voz contesta sí.  Mientras esperaba que aquella mujer apareciera sintió cómo su cuerpo se tensaba, la mujer no parecía tener prisas por salir de donde se encontraba, a medida que los minutos transcurrían y no se oía ningún ruido dentro de la casa.
Cuando apareció la mujer se dirigió a ella con palabras que le hicieron pensar de que su amiga había tenido escasa fortuna al estar alojada en aquella pensión, la mujer una vez instalada tras el escueto mostrador, le pide su identificación y se cerciora de que el carnet es correcto. Anna le dice que busca a una amiga que se hospeda allí llamada Rebeca, la mujer sin levantar la mirada de una de las libretas donde Anna supuso anotaba los nombres de los hospedados, le habla de manera displicente :
-          Creo que se está refiriendo a una chica que estuvo aquí hospedada con ese nombre, pero de eso hace ya bastante tiempo, ahora recuerdo que empezó a salir con un chico y un día pidió la cuenta, supuse que era para irse con él, eso es lo único que se de ella, si es que hablamos de la misma persona.
Anna no supo el motivo pero después de hablar con aquélla mujer empezó a inquietarse, aquella chica de la que le habló no debía ser la misma persona, pues estaba segura que, de haber sido la misma no le hubiera invitado a llegar hasta allí. Miró de nuevo su libreta donde tenía anotada las señas y comprobó que eran correctas.
 ¿Qué motivo podía haber tenido Rebeca para mentirle faltando a su cita de la estación?
Después de mirar el reloj Anna comprendió que no podía buscar otro alojamiento, era tarde y no sabía desenvolverse por la ciudad, tendría que esperar a que amaneciera un nuevo día y quizás entonces tendría las ideas más claras, aún así, no podía evitar sentirse presa de una gran incertidumbre.
La voz de aquella mujer le hizo volver a la realidad, tendría que aceptar la habitación que le ofreciera, pues no tenía salida alguna. Tras el pequeño mostrador, de nuevo revisa su carnet de identidad con especial interés y Anna espera impaciente para que se lo devuelva, alarga la mano para cogerlo pero asombrada ve cómo lo guarda en un cajón, Anna ante este gesto se aterra. Segundos después y a la espera de que le asignaran su habitación, oye unas voces, mira y ve cómo dos hombres intentan bajar las estrechas escaleras con dificultad asiendo una camilla donde se suponía transportaban un cuerpo. Anna cuando pasan por su lado da un paso atrás hasta pegar la espalda en la fría pared y entonces pudo ver, por la rigidez que mostraba bajo la sábana que se podía tratar de un cadáver.
Mientras tanto la patrona de la pensión desaparece. Todo es muy extraño, la puerta por donde había desaparecido la mujer de repente se abre de par en par dejando al descubierto un patio lleno de cachivaches, latas vacías de conservas y diversas inmundicias, de pronto una nueva ráfaga de aire hace que la puerta golpee la pared cómo si fuera dirigida por un mecanismo haciendo que sus golpes fueran continuados.

Continuará...

miércoles, 30 de julio de 2014

La trampa (final)



Nada más terminar su versión de los acontecimientos, de nuevo le pareció ver una figura difusa de hombre que se escondía entre la luz oscilante que desprendían los troncos de leña al arder en la chimenea. Anna temblando deja caer su bloc al suelo, aterrada sale de la casa y en la salida coge la única arma que desde que llegó le había acompañado para defenderse de las alimañas. Corre por una vereda que lleva al pueblo… de repente tras ella puede oír una risa  que en el campo se magnifica haciéndole creer que estaba viviendo una pesadilla, poco después oye el ruido que hace la retama cuando es pisoteada; la estaban siguiendo y cada paso que da los siente más cerca de ella.
Anna pierde el control, ya no sabe a dónde ir, tira el palo al notar que le resta velocidad en su desquiciada carrera, de repente y cuando piensa que se encuentra cerca de la carretera, al salir de de la calleja y ante ella aparece un hombre, fornido, atlético que abriendo los brazos le intercepta el paso, sin más Anna cae al suelo desmayada.
Poco después despierta en el dispensario del pueblo, un agente le ofrece una taza de tila, Anna mira la taza aterrada, no se atreve a cogerla y mucho menos beberla, entra otro policía y acercándose a Anna le dice:
-          ¿Ha escrito usted esto?
 Anna reconoce su bloc, su mirada se pierde por los confines de su imaginación ¿acaso habían sido ellos los que habían estado merodeando por la casa? De pronto una sirena de la policía interrumpe sus cavilaciones. Uno de los policías le invita a asomarse por la ventana, Anna da un paso atrás cuando reconoce a Michel que con su mirada pareció querer fulminarla. Anna se retira, su cuerpo tiembla mientras el coche de policía se lleva a Michel.
- ¿Ha reconocido a ese hombre?
Anna no puede responder, se encuentra perdida.
De nuevo se abre la puerta y por ella entra su familia, se abrazan, su hermano mayor  mientras coge su mano le dice:
-          Nunca estuviste sola Anna, nosotros estábamos cerca de ti.
El gendarme sonríe:
-          Nos ha dado mucho trabajo, pues todos creíamos que tardaría poco en cansarse de estar sola.
El policía con voz que se asemejaba a un trueno le pregunta:
-          Cuando se casó con este individuo ¿sabía acaso quien era y cómo se llamaba?
-           Anna abre los ojos de par en par ¿pero a dónde quería ir a parar ese policía? El hombre ignorando la reacción de Anna y prosigue:
-          ¿Cómo desea que le llamemos, Michel, Javier, Lucas el trapecista?
 Anna reacciona de repente, unos días antes de lo ocurrido recuerda haber firmado unos documentos, pero dice que como una estúpida no leyó su contenido, todos los allí presentes, esperan que hable Anna, pero  después de un angustioso silencio, Anna rompe a reír cómo si le hubiera dado un ataque de risa.
Y mientras se seca las lágrimas de los ojos producidos por la hilaridad, dice al gendarme:
-          Nunca se le ocurra llorar  por un muerto, porque sólo los vivos dan motivos suficientes para producir penas duraderas.
Al salir del cuartel de la guardia civil del pueblo, Anna dirige su mirada hacia la ladera de la colina que le dio refugio y también la libró de cualquier acusación, pues se había convertido en una idealista y mística eremita.
Nadie sabría jamás que ella era la que había engañado a su falso marido, pues había hecho un seguro de vida a aquella mujer que, desde hacía tiempo, sabía quién era,  ella era su única beneficiaria y… cuando se hiciera un retoque de cirugía plástica, ¿creen acaso que la reconocería alguien de su entorno?  El contenido de la taza, le hizo el trabajo sucio.

lunes, 30 de junio de 2014

La trampa (3ª parte)



Aquella tarde de diciembre me encontraba afanada en la cocina preparando la cena de Navidad, todo parecía seguir su curso normal y Michel había llevado el día antes algunas bebidas espirituosas, aquella Nochebuena era la primera que pasábamos solos desde que nos casamos, lo cual me ilusionaba el pensar que lo haríamos más unidos que nunca, bebiendo champán  hasta caer ebrios, uno en brazos del otro. Pero cuando llegó la hora de la cena, Michel parecía retrasarse y ante su tardanza, nerviosa por si le había ocurrido algo anormal,  llamé a sus amigos, éstos no lo habían visto en unos días. Agotada por la espera, olvidé tomarme la taza de manzanilla que cada tarde me preparaba diciéndome que era bueno para conciliar el sueño, yo me la tomaba porque sabía que una manzanilla no hace daño a ningún estómago, la puse encima de la mesa, no pude cenar y decidí apagar las velas, cerrar el comedor y me fui a la cama…
Anna, por unos momentos deja de escribir, su mente parecía permanecer en compás de espera, pues sus recuerdos acuden vagos, imprecisos y siente cómo algo cruel y doloroso le impide recordar con exactitud lo sucedido.
De nuevo oye un ruido, sus facciones se endurecen y ante ella como un ser irreal aparece Michel. No podía creer lo que estaba viendo, no se atrevía ni a tocarse los brazos, no quería que al hacerlo tuviera la respuesta que por nada del mundo quería saber, Anna no puede evitar sentir un gran terror, en esos momentos no podía ni pensar, poco después se tranquiliza, para  más tarde preguntarse ¿Qué razón había para que estuviera paranoica y viera cosas extrañas cómo alucinaciones? En los cinco años que hacía vivía en soledad, nunca había sentido nada igual.
Anna apoya  la cabeza en la pared, no podía acostarse, se sentía con los nervios muy alterados y pasó toda la noche en duermevela. Por la mañana, siente un tremendo pavor, no se atreve a salir de la casa y entonces decide reanudar la escritura, cuando coge el bloc, desconcertada ve que faltan las hojas  que había escrito el día anterior y entonces siente que alguien quiere impedir que no se escriba el relato de los hechos tal y cómo acaecieron.
Y cuando reanuda su relato, hace este comentario:
Ahora más que nunca quiero terminar, mi versión de los hechos.
Aquella noche, una vez acostada, recuerdo que quedé la mesa puesta, las bandejas con los aperitivos y una sopera con un caldo de consomé aún humeante, entonces recordé que no había tapado las bandejas de los aperitivos.
Ante la desilusión de saberme olvidada controlé mi mente para relajar el  cuerpo, poco después me pareció oír voces en el comedor pero presa de una indolencia poco habitual en mí, no me levanté, sabía que era Michel que había regresado y comía lo que estaba en la mesa, hasta llegué a creer por unos momentos que estaba acompañado, pero la desilusión me hizo pensar que ya no me importaba nada de lo que hiciera, hasta creí oír risas, unas risas de mujer…pero no estaba segura de lo que podía estar pasando en el comedor y me quedé profundamente dormida. También  recuerdo que se produjo un ruido extraño pero cambié de postura para seguir durmiendo.
Por la mañana al levantarme, me sentí tan bien que respiré hondo, hacía tiempo que no me sentía tan alegre pues no tenía ni pesadez de estómago, mi cuerpo parecía que se encontraba más ágil, tanto que no creí reconocerme, me puse la bata, salí al pasillo, entré en la cocina, después al comedor, pero no había rastro de Michel y decidí retirar el servicio de la mesa.  Sorprendida vi que los dos cubiertos habían sido  usados,  la sopera con el consomé estaba vacía, las bandejas con las demás viandas también se encontraban vacías, por el desorden que aparecía en la mesa parecía que alguien se había subido a ella…
Anna sigue narrando, pero en su corazón ya no siente el dolor que aquel fatídico día sintió.
Aquella mañana, cuando con un tremendo desaire, recogí la mesa fue cuando vi que una de las copas estaba manchada de lápiz labial y fuera de mis casillas estampé la copa contra la pared. Cuando quise saber dónde han caído los cristales, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos, debajo de la mesa y casi ocultos por los flecos del mantel asomaban unos pies desnudos de mujer. En esos momentos no sentí nada pues mi mente se bloqueó, poco después levanté el mantel y aquella mujer que yacía en el suelo se encontraba totalmente desnuda.
Miré de nuevo a la mujer, era la hermana de Michel. Un vértigo insoportable me hizo tambalear, me senté en una silla hasta tener la mente clara. Después decidí llamar a la policía y una vez en la casa, la registraron para encontrar pistas. Mientras tanto yo en medio del  comedor parecía una estatua esperando ser puesta en otro lugar donde no estorbara. Poco después, llegó el forense que certificó la muerte después de haber mirado  de arriba a abajo a la mujer, unos minutos después el juez hace levantar el cadáver y  entonces fue cuando pude ver horrorizada, de que tenía en su mano derecha la taza  que estaba destinada para mí, mi manzanilla. Un temblor de piernas se apoderó de mí, esa era la taza en la que cada día me ofrecía Michel una manzanilla porque según él me confortaba el estómago. El policía que parecía seguir mis más mínimas reacciones, al ver que mi mirada se quedó clavada en la taza, se agachó, la recogió del suelo y mirándome a la cara, la metió en una bolsa de plástico. Entonces por unos segundos, su mirada se cruzó con la mía, ese hombre pareció querer hablarme pero algo sucedió en ese instante que me quedé en blanco y no recuerdo nada más.
Todo esto lo cuento tal y cómo sucedió y yo lo viví.
Firmado: Anna.