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domingo, 30 de junio de 2024

Un día de nieve


 

Aquella mañana, al asomarme a la ventana vi unos suaves y lentos copos que caían sobre Madrid tiñendo de blanco las calles y las avenidas; salgo de mi casa para ir a la oficina, me dirijo a desayunar, entro en la churrería de siempre que se encuentra a unos metros de donde trabajo, mojo el churro en el café y, a través del cristal miro hacia la calle como si fuera la primera vez que veía el ir y venir de la gente que caminaba apresuradamente por la acera, tomo el último sorbo de café, sin llegar a apurar el contenido de la taza, me encontraba un poco inquieta sin tener motivo aparente, pago, y cuando me dispongo a salir un hombre se interpone entre la puerta y mi cuerpo, yo lo miro con una mirada glacial al recibir el golpe que me propinó en la cadera con el portafolios que llevaba en la mano, él me obsequia con una sonrisa angelical que me heló la sangre.

No sabía de quién se trataba, pero ante su actitud creí entender que pretendía algo raro  y salí impactada de aquel encontronazo.

Una vez fuera  de la churrería y ante la imposibilidad de ir caminando, no siendo mi calzado el adecuado, subo a un taxi que en esos momentos paraba junto a donde me encontraba,  que me lleva a mi trabajo, cuando poco después entro en mi despacho  donde presto mis servicios cómo administrativa en el ministerio de cultura; miro la mesa y, como siempre, una pila de informe esperaban mí revisión, con desgana cuelgo el abrigo en el perchero, saco la agenda de mi bolso  donde tengo los números de teléfono que puedo necesitar.

Mi estado de ánimo al encontrarse bajo mínimos me hace trabajar sin descanso hasta las once, la hora que suelo hacer un receso en el trabajo para tomar café; como siempre entro en la cafetería más próxima, pero antes de entrar me lo pienso mejor y decido ir a otra cafetería  necesitaba caminar unos metros para despejar mi mente, pero cuando pido un café con tostadas al camarero, veo a aquel hombre que de nuevo me mira,  clavando su mirada angelical en mi persona; sin llegar a tomarme el café, salgo de la cafetería precipitadamente, mientras observo por la cristalera, que me miraba sonriendo, era cómo si me conociera de toda la vida.

Corro como una exhalación en la sede de mi trabajo sin mirar atrás, cuando entro en el ascensor donde se encontraban dos chicas jóvenes que al verme tan excitada, me preguntan si necesitaba ayuda ¡Nada, contesté lacónica y muerta de miedo!

Poco después y cuando me encuentro sentada ante mi mesa de trabajo, cojo la agenda que tenía encima de la mesa, busco un número de teléfono, marco, al otro lado del hilo una voz masculina me tranquiliza, cuelgo después de haber mantenido una conversación insulsa, y así esperé con ansiedad a que terminara la jornada.

Cuando llego a mi casa sigo encontrándome inquieta, la jornada había sido muy dura, empeorando la situación aquel hombre extraño que parecía estar siguiéndome a todas partes, mi instinto parecía alertarme  que ese hombre buscaba algo de mí.

Me encuentro sin apetito, me echo en el sofá, al atardecer me tomo un vaso de leche y una madalena, me acuesto, el sueño parece abandonarme, suena el teléfono, no lo cojo, no quería hablar con nadie, pero vuelve a insistir, entonces lo desconecto, y me involucro en la difícil tarea de dormir.

A la mañana siguiente, al asomarme a la ventana descubro con mal humor de que seguía nevando, el ir a  trabajar caminando se hacía una tarea difícil, llamo a un taxi ya que los autobuses urbanos sus paradas quedan lejos de mi caca, mientras me voy  acercando  a la oficina, pienso en la monotonía diaria, necesitaba caminar para despejarme, el ir en taxi a trabajar me causaba un gran trastorno pues no podía entrar en la churrería de siempre para desayunar. Al no haber desayunado, a  las once de la mañana  el estómago empezó a protestar y tuve que salir a tomarme un café, entro en la  cafetería cercana a la oficina  vacilante, y en una mesa estaba él, mi corazón se me encogió de ansiedad “quien era aquel hombre” ¿Qué quería de mí? y para no estar sola me acerqué a un grupo de compañeros, entre charlas insulsas, me tomé a sorbos  el café más amargo de mi vida.

Así transcurrieron unos cuantos días, mi novio no estaba enterado de la intranquilidad que me producían los encuentros fortuitos  con aquel desconocido al encontrarse cómo siempre  de viaje, pero cada vez que nos veíamos, parecía mirarme preocupado, y siempre me preguntaba  si tenía algún problema, yo le contestaba que sólo me encontraba nerviosa por el mucho trabajo que tenía en la oficina.

Una tarde cuando llegaba a mi casa ubicada en el barrio antiguo del  Madrid de los Austrias, cuando estaba acercándome a la puerta  de mi casa, desafortunadamente para mí aquel día no hay mucho tráfico, entonces lo veo de nuevo, las piernas me empezaron a flaquear hasta el extremo de que creí que caía al suelo, el hombre se acercó a mí con soltura y, cogiéndome del brazo, me obliga a subir a un coche de color amarillo, que se encontraba aparcado justo delante de mi portal, ante esta agresión no pude gritar, pues la voz se me estranguló del pánico que sentí.

Una vez dentro del coche, y antes de dejar atrás la parte antigua, me taparon los ojos  con un antifaz, por el movimiento del coche supe qué nos encontrábamos rodando por una carretera asfaltada y sin curvas, después de una hora de recorrido que se me antojó una eternidad, se para el coche, me quitan el antifaz, yo no veía nada presa del pánico que sentía se me había nublado la vista, sólo sabía  de qué me encontraba en un lugar donde se almacenaba chatarra, pues el olor que se respiraba en aquel recinto que  era a mugre y a hierro corrosivo.

Me obligan a entrar a una nave destartalada, un hombre orondo y de aspecto huraño, me dijo sin compasión alguna, que le tenía que entregar los documentos que contenían la carpeta de mi despacho con el número 180—001 pues lo necesitaba  con urgencia, justo para el día siguiente a la hora del café, y firmados por mi jefe, ya que por mi culpa se había retrasado la fecha de la entrega, ¿De qué me estaba hablando aquel hombre?, entonces dijeron que al no saber dónde se encontraba novio y por añadir la  dificultad  de localizarlo, habían decidido que fuera ella la que les dijera donde se encontraba, haciéndome responsable del  retraso, pues sin duda yo tenía que saber dónde se encontraba, y  que si resultaba  fallido el proceso que debía tener la entrega de este documento a su debido tiempo, yo sería la que tuviera que pagar las consecuencias, porque sin estos  documento en nuestro poder  nos vemos incapacitados para agilizar este negocio que tú tienes en tu poder,  por lo tanto acata nuestras órdenes o nos veremos obligados a que acceda por otros métodos más dolorosos, no intentes que este negocio se valla al garete.

Yo no podía ni pensar ¿Qué era lo que le estaba diciendo aquel hombre seboso y repugnante? ¿Estarían preparando el secuestro de mi novio?  Mira a su alrededor colgando de una viga pude ver una soga colgando, ahogué un grito con las manos estaban preparado un asesinato. Entonces empecé estaba segura  que estaban preparando un secuestro en toda regla y,  que si yo no les complacía  todo aquello acarrearía  resultados con consecuencias  graves.

Asustada miro hacia donde apuntaba con su rechoncho dedo aquella bola de sebo y, entonces vi que allí, atado en una silla desvencijada se encontraba Alberto, lo habían secuestrado, entonces era cierto, si yo  no cumplía sus condiciones, seguro que no lo volvería a ver con vida, el me miraba con ansiedad, yo creí morir de pánico, esos delincuentes estaban dispuestos a todo con tal de salirse con las suyas, salimos de aquel mugriento almacén, dejando  a Alberto maniatado y a mí después de ponerme el antifaz, me devuelven a mi casa, una vez en mi piso, me echo en la cama, no sabía que pensar me encontraba difusa, no podía pensar, pero tampoco podía hacer lo que me pedían, aquella noche me tomé todas las bolsas de tila que tenía en casa.

Al día siguiente y, con la vigilia gravada en el rostro  llego a la oficina media hora  antes que mis compañeras, inmediatamente busco en el archivo el documento con el número 180--001  donde supuse se encontraba la solución a mi problema, miro con minuciosidad, pero ese documento no lo encuentro,  me encontraba tan excitada que no me atrevo a esparcir el contenido del archivo por la mesa para buscarlo, mis compañeras estaban a punto de llegar, los nervios se apoderan de mí, de repente aparece ante mí un papel que más que un documento parecía una nota escrita con precipitación, en ella pude leer a la atención de   Mendoza  y Gutiérrez, solo eso, lo vuelvo a leer  con más  detenimiento y un escalofrío me recorre la espina dorsal; se trataba  de un fraude de miles de euros, que se estaba perpetrando con firmas falsificadas de supuestos restauradores para sacar cuadros del Museo Central.

Esto es demasiado, yo no puedo hacerlo, me meterán en la cárcel para toda la vida en cuanto se sepa que he sido yo la que se los ha proporcionado  “no lo hago” Y se sentó espantada tras su mesa, pero se levanta de un salto cuando piensa en lo que le pudieran hacer a Alberto.

Y, si Alberto muere, seré yo la responsable de su muerte, no podré vivir con una muerte a mis espaldas, entonces los miedos y las dudas parecían querer devorarme, y una vez en sus manos el documento seguro que vendrán a por mí; excitada  volví a releer de nuevo el documento, allí además de Mendoza y de Gutiérrez  había otros apellidos que me quedaron helada.

Me encontraba tan confusa que no  supe cuando entró mi jefe en su despacho, cuando mire se encontraba hablando por teléfono, parecía estar muy excitado con su interlocutor, poco después vi cómo al asomarse a mi despacho para preguntarme una memez, miraba con sigilo los papeles que tenía en mi mesa.

En esos momentos decido hacer algo, y se me ocurre coger todos aquellos documentos para  fotocopiarlos, y entonces decidida me dirijo al departamento de registros y archivos, pido a unas de mis compañeras que me permitan hacer unas fotocopias, aludiendo que la de nuestro departamento estaban reparándola.

Aquella fotocopiadora que tenían mis compañeras era casi arcaica, a veces no imprimía bien, pero a ellos les hacía su servicio, entonces recé para que funcionara.

Con los documentos ya fotocopiados me dirijo al baño, y cuando cruzo el pasillo, algo detuvo mi excitación, una voz dijo tras de mí, hace días que no la veo, entonces lo mire cómo si fuera mi única tabla de salvación ¿Te importaría hacerme un favor? “cómo no” –me dijo emocionado—ya que yo sabía qué hacía tiempo me tiraba los tejos sin resultado alguno por mí parte--- lo que me pidas me dijo, ¿Podrías salir en un momento a entregar este sobre al notario de aquí al lado, sólo lo tienes que entregar, son documentos de la oficina, me gustaría que lo hicieras ahora mismo.

 Sí dijo risueño en diez minutos lo tiene el notario.

Poco después y en el baño, puse otra fotocopia de los documentos dentro de mis medias, antes de salir de mi trabajo, me dirijo al conserje, lo entregaste, sí por supuesto, puede mandarme lo que quiera, siempre que esté en horario de trabajo.

Vi algo en él y, entonces me atreví a decirle, con acento desenfadado, pues desde este momento te auguro que desde ahora vas a tener más trabajo conmigo, porque en el caso de que notaras que no acudo a trabajar durante tres días, te pido que no digas nada a nadie  solo acude a la policía, para decirles que es posible que me hayan raptado.

 Y los dos rieron la ocurrencia.

Poco después a la vuelta de una esquina me esperaban los secuestradores que me introducen en un todo terreno negro tintado, de nuevo me ponen el antifaz. A mi llegada a la nave y al quitarme el antifaz, noté algo raro, mis sospechas se desbocaron y grite con todas mis fuerzas, ”dónde está Alberto”, mientras tanto el tal Mendoza salía de una puerta minúscula mirándose las uñas despreciativamente. Traes lo mío, entonces me subo la falda y tiro de los documentos que se habían enganchado a propósito en el encaje de la braguita, los dos hombres que le escoltaban ante mi ademan sacaron sus pistolas.

Una vez de que Mendoza ojeara los documentos, sin resistencia desataron a Alberto, no pude ver más porque  de nuevo me vi con el antifaz puesto, después de un trecho que para mí fue agónico, nos apearon a los dos del coche, nos quitaron el antifaz, y desaparecieron, no sin antes amenazarnos de que estábamos vigilados, cualquier movimiento en falso, sería nuestra muerte.

Miramos a nuestro alrededor y, no sabíamos dónde nos encontrábamos, el paraje era desolador, el ruido de una camioneta desvencijada nos atronó con su ruido infernal, la paramos y le pedimos que nos llevara a una carretera más transitada  que nos llevara a Madrid, el hombre accedió para poco después  nos quedó  tirados en una carretera rural, y de nuevo nos encontramos perdidos, anduvimos  una, tal vez dos horas sin rumbo, mientras informaba a Alberto de lo que había tenido que hacer para que lo liberaran, no pude contarle nada más, pues sólo pensaba en la  situación tan comprometida  en la que me habían metido esos delincuentes.

Poco después de narrarle  mi relato Y de lo que había tenido que hacer aún a pesar de poner en peligro mi trabajo, Alberto no me consoló, apartó su mirada de mí, de pronto, cambió de actitud y,  cómo sui un resorte le empujara  con enorme violencia, me dijo, tenemos que huir, yo lo miré desconcertada, pero el tampoco percibió que en mi mirada se reflejaba escepticismo, pero Alberto siguió haciendo planes como si todo fuera un juego.

Por ahora  no se me ocurre el lugar exacto a donde ir, pero sí tiene que ser fuera de España. Me sorprendió que tuviera tanta agilidad mental haciendo con este gesto que aumentara mi inquietud, esa inquietud que no me había abandonado desde que firmé aquellos documentos que según mi jefe, cuando me hizo firmarlos sólo era un mero trámite burocrático.

Y seguí pensando en todo lo que me había acaecido en tan sólo unas horas, yo no sé cómo pude tener esa percepción en  esos momentos en que me encontraba usurpando aquellos documentos, y cómo tuve la valentía de ordenar al conserje que lo depositara ante un notario.

Más tarde, me hice la encontradiza con el conserje, que ajeno a lo que me pasaba charló unos minutos conmigo, alguien pronunció su nombre en esos momentos, el salió afuera del mostrador para atenderle, entonces sibilinamente aproveché ese descuido y  metí un lápiz electrónico en el cajón donde cada día pude  observar que metía  su bocadillo del desayuno.

Entonces vi el momento propicio para despedirme con un hasta luego. Ya parecía sentirme  un poco más tranquila si es que se puede estar después de haber hecho semejante fechoría, pero mi inquietud por momentos se convirtió en zozobra, ¿y si llegara en el caso que el conserje extraviara él pendray?, no podría justificar mi inocencia en ningún juzgado, yo sería culpable de todo,

Observo a Alberto y me sorprende de que a cada minuto que pasaba lo veía más tranquilo, de repente  me abrazó por la cintura y, así muy juntos seguimos caminando, una pareja de la guardia civil pasa a nuestro lado, nos preguntan, si necesitamos sus servicios, Alberto ante su presencia pareció contrariado, yo le conté la historia de lo acontecido, poco después un coche   de la benemérita nos lleva a casa.

Al día siguiente, y después de hacer mi declaración de los hechos en la comisaría y, en régimen confidencial, por ser uno de los casos que hasta no ser aclarados no se pueden divulgar siendo secreto de sumario.

Entramos en una de las oficinas, allí  nos dieron un pasaje de avión para Marsella por tiempo aún por determinar, sólo teníamos que pasar desapercibidos.  Yo me encontraba estupefacta, me están premiando por haber sido por unas horas una delincuente. Pero al parecer todo era correcto, yo no pude disimular mí alegría,  estábamos a salvo de esos delincuentes, en Marsella, no nos encontrarían.

Una noche después de una velada inolvidable con Alberto, recibo una llamada de la policía, ya hemos desmantelado el entramado de los cuadros, los hemos cogidos a todos, bueno menos a uno, pero aún no sabe que lo tenemos vigilado.

Alberto acude a la llamada del teléfono, parecía nervioso.

¿Cariño sucede algo que yo deba saber?

Yo me quedo helada, a Alberto le había cambiado la voz.

Qué, me dijo zalamero, dime ¿Quién te ha llamado?

Antes de responder, un coche de atestado acercándose a nosotros, me saludan con respeto mientras  se llevaban esposado a Alberto.

No fui capaz de obsequiarlo ni siquiera con una mirada de desprecio, pues tan sólo sentía una gran consternación.

¿Tuvo algo que ver que aquellos días nevara copiosamente en Madrid?

 




sábado, 24 de septiembre de 2016

La expedición (1ª parte)

Anna aquel día se movía como gato encerrado por su apartamento, estaba irritable, se sentía con la moral por el suelo algo inusual en ella debido a su carácter dominante.
Ese amanecer, al despertar percibió en su cuerpo una extraña sensación y quiso auto convencerse de que tal vez aquel día le faltaba motivación para realizar cualquier tarea.
Decidida se dirigió a la cocina, enchufó la cafetera cómo cada mañana solía hacer. Cuando fue avisada por el pitido insistente de la cafetera que el café estaba hecho, se estremece inexplicablemente, llena la taza de café, se sienta y percibe con agrado su humeante aroma, entonces empezaron a desfilar por su mente pasajes desagradables, los culpables de que aquella noche fuera diferente a cualquier noche, pues había tenido uno de los sueños  más agitados que jamás hubiera podido imaginar.
Ante estas evocaciones las piernas le empezaron a temblar, los latidos del corazón se le aceleraron, se vio tendida sobre una piedra plana.
Y era ese sueño motivado por la caída fortuita que sufrió  en aquel pozo cuando se desvió unos metros de los componentes de la expedición.
¿Sería tal vez esa la razón de su desasosiego?
Pero, tan sólo fue un percance…Se asusta, no recordaba cómo había sido rescatada.
Ante esos flashes en su memoria Anna siente una convulsión que le absorbe la energía y si todo lo que le pasó fue la consecuencia de la  obsesión  que siempre tuvo por penetrar en las entrañas de la tierra. En esa caída —pensó— debí dar  con algo oculto, pero no podía recordar nada. ¿Y si la caída la llevó  hasta la misma puerta de Hades? Se asusta de nuevo ante estos pensamientos, aterrada desea  desechar de su mente aquel sueño que se había convertido en una horrible pesadilla.
Se asoma a la ventana, necesitaba con urgencia que la brisa de la mañana acariciara su rostro para que pudiera seguir respirando.
Hasta aquella noche no había vuelto a recordar nada, aquel día  que formó parte de aquella expedición que un grupo de amigos organizaron en la selva venezolana. Anna, cuando se inscribió para participar en aquella aventura, ignoraba de dónde le venía esa  necesidad  incontrolada de explorar las entrañas de la tierra. Pero no encontraba ningún motivo que se lo aclarara. ¿Estaría escondido entre los pliegues de su memoria? Contrariada ante lo incomprensible de este fallo en su memoria, dio un manotazo a la taza  que cayó al suelo, no sin antes emitir un gemido de animal herido.
Por unos momentos se encuentra perdida, intenta recomponer sus ideas y al no conseguir ningún resultado, decide salir a la calle. Sale del apartamento sin rumbo fijo, deambula por la calle, que era una calle cualquiera que desembocaba en una plaza cualquiera.
 Anna, que había estudiado geología en esos momentos se dio cuenta de la importancia que tiene el estudiar los entresijos  de una materia para después saber utilizar esos conocimientos para beneficio de la comunidad.
 Se encontraba en la barrera de los  treinta años y aún no había conseguido trabajar en algo que le satisficiera y a la vez que fuera lo suficientemente remunerado cómo para vivir a la manera que siempre le gustó vivir. Ella se sentía orgullosa de su físico que le daba el aspecto de  jovencita, influyendo en ello las exageradas minifaldas que dejaban al descubierto unas  largas y flacas piernas de adolescente; todo agitado como un cóctel, daba como resultado una mujer  libre y desenfadada que siempre lograba los objetivos que se proponía.
Caminaba pensativa, ajena a las miradas masculinas, su deambular  la condujo hacia una avenida que se encontraba concurrida, atravesó la calzada y frente a ella se encontró una terraza de verano, vio que estaba libre uno de los veladores y pensó que era un buen sitio para huronear a todo el que pasara frente a ella.

Pide al camarero un refresco de limón, mientras da el primer sorbo, sonríe para sí, sin duda era una privilegiada pues se sentía viva, mientras miraba a las gentes que pasaban ante ella, de repente se le antojó que pudieran ser esclavos, autómatas, al carecer sus caras de expresión  debido quizás al ser obligados  a acatar las órdenes  de un ser invisible e implacable.

Continuará...



martes, 12 de mayo de 2015

¿Quieres comprar mi libro?

Estimados lectores:

Antes la demanda de solicitudes de la compra de ejemplares de mi última publicación "Misterios al Borde del Abismo" tengo el placer de comunicaros que todo aquel que quiera comprar un ejemplar puede hacerlo directamente a través de este blog, tenéis todos los datos en la página siguiente:


Para cualquier consulta no dudéis en poneros en contacto conmigo.

Muchas gracias de antemano.
Un saludo.
Teresa 

miércoles, 15 de abril de 2015

Lo que jamás se atrevió a contar (2ª parte)

Es obligada a bajar unos peldaños desiguales, dándole la sensación que la estaban metiendo en un lúgubre sótano, al entrar su cabeza se cubrió con las telarañas que reinaban en aquella estancia, aquel lugar se encontraba sumido en la más estricta oscuridad; palpa las paredes buscando un hipotético amparo en su ya incipiente desesperación, poco después pudo comprobar que se encontraba en un sótano y que debía estar olvidado hacía mucho tiempo, pues por allí pululaban todas clases de insectos que viven en la oscuridad. Ya no es tan optimista, pues lo que estaba viviendo no era para nada halagüeño, pues empezaba a emerger un sentimiento de miedo que no creyó poseer. Entonces cree que sería un descalabro, si llegara a estar mucho tiempo encerrada, pues en esas circunstancias no podía escribir, sin luz, ni tan siquiera tenía un trozo de papel… Desilusionada apoya su cuerpo tembloroso en la pared, poco después camina vacilante como son los primeros pasos de un bebé, necesitaba pensar en algo que aliviara su desamparo, buscar cualquier resquicio de luz que le diera algo de seguridad en una estancia insegura. Su espanto se acrecienta cuando algo choca con su cabeza, lo toca, era algo frío y duro cómo una piedra, espera unos segundaos hasta serenarse, ya empezaban sus ojos a adaptarse a la oscuridad, pero de nuevo ese algo vuelve a rozar su cabeza…también la cara, aquello lo que fuera la estaba asustando, pues se balanceaba, entonces quiso adivinar que se trataba de un cadáver que se hallaba colgado de una viga del techo. Aquella situación imprevista hizo en ella el efecto contrario al terror, enseguida imaginó que entre aquellas tinieblas podía habitar una fuerza invisible que le podían ser un excelente argumente para su novela, entonces, despertó su imaginación, empezando a forjar sin dificultad todas las posibilidades y combinaciones que peligrosamente le empezaron a aflorar hasta hacer emerger en ella sus más bajas pasiones. Se asusta ante estos pensamientos que le pareció no eran adecuados en esos momentos, se apoya indolente en la pared, cuando siente que se mueve acompañada de un chirrido de hierro oxidado, más que asustarse, despertó en ella una esperanza, que era dominada por una insaciable ansiedad por lo desconocido, de nuevo y, sin razón, volvieron a dominarla los más turbios y anhelos oscuros. Se introduce por aquella oquedad, reinaba la misma oscuridad, sigue caminando, de repente un olor a humedad le inunda las fosas nasales que se va acrecentando a cada paso que daba, poco después descubre un pequeño punto de luz, se dirige hacia él como una mariposa acude a la luz. No sin dificultad, se acerca donde creyó estaba aquel punto de luz, esperanzada sabe que se encuentra en el fondo de un pozo seco ¿acaso era el mismo que ella vio en aquel patio porticado? Busca la soga que pendía de una polea, logra asirse a ella, con los pies apoyados en la estrecha pared escala con la intención de llegar hasta el brocal agarrada a la cuerda. Oye voces, pero cuando abre la boca pata pedir auxilio, sus músculos se tensan más de la cuenta al oír que hablaban emitiendo aullidos coléricos y entonces supo que estaban hablando de ella. Anna ya no podía resistir por más tiempo el esfuerzo al que tenía sometida a sus piernas y brazos, estaba segura que se había metido en un avispero con una difícil salida, entonces decidió esperar a que oscureciera, sabía que no había otra alternativa. Poco después pudo oír la vos de aquella mujer menuda que decía: - No hay de qué preocuparse, la tengo a buen recaudo, aunque anoche cenó poco, lo que le puse en el vaso del agua fue lo suficiente para que perdiera el sentido de la realidad. Entonces Anna recuerda, que antes de subirse a la cama vomitó al sentir molestias en el estómago. Ya había anochecido cuando en el silencio decide salir del pozo, con un impulso que le sorprendió al no encontrar ninguna dificultad. Una vez en el patio su cabeza empezó una sofisticada estrategia, pero antes de ejecutarla, debía poner orden el aglomerado de sensaciones, pues éstas podían impedirle lo que se suponía debía hacer, pues recordó que unos meses antes en uno de sus sueños vivió que la situación en la que se encontraba ¿Y si hubiera estado de ante mano todo planificado?. Claro siempre creyó que todo era un sueño literario. La despierta inteligencia de Anna se encontraba en plena confusión; algo le impedía razonar con claridad, entonces decide buscar por la casa a los que se hicieron pasar por posaderos, era evidente que tramaban algo peligroso, pues habían demostrado que eran de la más baja ralea. Anna oye unos pasos, su corazón se desboca, se esconde tras una columna, el hombre no la ve pero, cuando llega a su altura incomprensiblemente Anna se pone ante él, éste al verla tan decidida, sonríe complacido, ella también sonríe, el hombre amenazante se acercaba a ella cada vez más peligrosamente, y en un alarde de valentía Anna se desprende del pasador que sujetaba su pelo, el hombre vuelve a sonreír confiado, entonces Anna con sutil coquetería se abraza a su cuello clavándole el pincho del pasador en la vena carótida; el hombre seguía mirándola con cara de idiota, mientras se desangraba vaciando sus venas lo lleva dócil cómo si fuera un muñeco de guiñol hasta el brocal del pozo, segundos después caía al fondo. Continuará...

miércoles, 18 de febrero de 2015

El descubrimiento (1ª parte)



Anna, tras cinco años de intensa investigación, creyó haber logrado su objetivo. Hacía quince días que había dado por terminado el trabajo con resultados sorprendentes, y toda esta consecuencia la produjo una pequeña piedra que en uno de sus viajes a Egipto había recogido a los pies de una de las pirámides visitadas en el Valle de los Muertos. Desde que hizo aquel viaje había estado metida en el fondo de su bolso sin darle la menor importancia, cuando un día después de haber pasado un tiempo, Anna hurgando en él la rescató del fondo y sin tener motivo aparente y cuando la tenía en su mano pensó que quizás aquella piedra milenaria podía desvelarle algún secreto de los muchos que este pueblo era depositario.
Más tarde y después de su manipulación, nunca creyó que con unos miligramos de la arena que había sido desprendida de la piedra, ésta pudiera contener una  energía tan poderosa que fuera capaz de curar. Este hallazgo, tan sólo lo compartió con sus dos más íntimos colaboradores del laboratorio, lo hizo así porque siempre le parecieron serios y respetados en la historia de la egiptología.
Mientras Anna trabajaba con la pequeña piedra, cada día y en su manipulación, notaba que se manifestaba en ella  unas extrañas reacciones que desprendían pequeños y casi imperceptibles rayos luminosos que la sorprendieron tanto que desde el mismo momento en que esa energía se manifestó ante ella, Anna empezó a oír una voz rara que parecía estar distorsionada que le decía: “Es peligroso para ti lo que intentas descubrir, ten mucho cuidado, pues la ambición se encuentra acampando a sus anchas por doquier, y cuando se difundan los poderes de los que soy  poseedora, querrán llegar hasta mí a través de ti  y estoy segura de que no podrán límites para lograrlo, siendo capaces hasta de llegar a matarte”.
Pero aquella voz, no consiguió que Anna dejara la iniciativa del proyecto y haciendo caso omiso siguió adelante con el mismo entusiasmo del que no quiere oír. Aquel trabajo  fue tan fuerte, que llegó a agotarle sus energías. Anna aquel día salió del laboratorio ya muy entrada la noche, se dirigía a su apartamento, cuando abrió la puerta se sorprendió de que su fiel minino Míster no salió a recibirla cómo tenía por costumbre. Inmediatamente se dirigió a su caseta y allí se encontraba acostado, parecía abatido y Anna lo acariciaba pasando la mano por su lomo pero Míster no podía ni siquiera abrir los ojos.
Anna, desconcertada, recuerda haber guardado en su bolso un frasco con las pruebas que eran el resultado de  la esencia de su investigación. Sin dudarlo, acerca el frasco a la boca del minino y cuando la sustancia tocó la lengua del gato un rugido ensordecedor salió de su garganta, como si una fiera salvaje saliese del cuerpo del animal,  dando al mismo  tiempo   un brinco. Ella, asustada, dio un paso atrás  ante este inesperado descubrimiento y  poco después pudo ver al animal cómo paseaba por el pasillo con el lomo encorvado desprendiendo vitalidad.
Ante esta reacción Anna vuelve al laboratorio, llama a sus compañeros para comunicarles la noticia y poco después se encontraban los tres analizando lo ocurrido. Dos meses después y al término del intenso trabajo, ya podían decir que habían descubierto una nueva  energía que podía ser aplicada  como fármaco en los procesos de enfermedades incurables, haciendo devolver a los enfermos la vitalidad necesaria para continuar con su vida habitual.
Tras haber hecho algunos experimentos con resultados óptimos a algunos de los pacientes, decide junto a sus compañeros que aquellos documentos acreditativos se debían  guardar como documentos importantes de la investigación en una caja fuerte. Entonces fue cuando Anna con el trabajo concluido, hace las maletas para emprender un viaje de relax.
Una mañana sale del aeropuerto de Barajas destino Nueva York, de allí tomó un vuelo que la llevaría  a Canadá para dirigirse a una estación de esquí. Una vez allí, se sube al teleférico hasta llegar a lo más alto y una vez en la cima se apea del remonte, minutos después se vio sola en la cumbre donde recibió la primera sacudida de adrenalina que tanto estaba necesitando después del intenso trabajo elaborado. Ahora Anna se veía libre, disfrutando de un cielo azul que sin proponérselo le emocionaba al pensar que podía sentir y hasta  tocarlo  con la punta de los dedos, a sus pies una nieve tan blanca que por unos momentos la cegó.
Se ajusta las gafas, el casco y encaja en su espalda la mochila para asegurarse que el airbag se encontraba en perfecto estado en el caso que sufriera una avalancha, se mira los pies , los esquís se encontraban bien ajustados, una vez todo en orden se dispuso a bajar por una suave pendiente, necesitaba disfrutar de toda la esencia que le regalaba la naturaleza, ese día no había ni una bizna de viento, ni una pequeña nube que pudiera enturbiar su paz interior y pensó que era el día perfecto para fundirse de lleno en el manto blanco.
Y siguió descendiendo, suave, plácidamente, mientras los esquís hacían surcos en zig zag pero el ruido inesperado del rotor de un helicóptero parecía aproximarse al lugar donde ella se encontraba, entonces Anna en un instinto de protección se echó en el suelo, al llevar un traje blanco pensó que pasaría desapercibida, la verdad es que le pareció muy raro que un helicóptero civil estuviera  sobre volando por las pistas donde se encontraban los esquiadores.
Se agazapó  hasta saber que era lo que estaba pasando, pues no deseaba que nada, ni nadie enturbiara su momento  de gloria cómo el de deslizarse libremente por aquellas montañas.
Anna espera curiosa  cuando ve cómo el aparato se posa en una pequeña explanada sin apagar el rotor. Entonces ve que un hombre salta al suelo, abre una puerta trasera de par en par y para su sorpresa ve caer uno tras otro dos cuerpos que parecían inertes. Anna aterrorizada se da cuenta de que eran dos cadáveres, poco después el helicóptero levanta el vuelo. Anna por unos minutos duda si acercarse, pues no acababa de creer lo que había visto.

 Continuará...

domingo, 8 de febrero de 2015

¿Nuestra mente es un tesoro? (final)



Anna  reacciona pues cree que se ha quedado dormida mirando aquella lápida pero de repente, las luces se apagan, intenta correr hacia el piso superior por las estrechas escaleras que conducen a la puerta de salida, cuando se encontraba ante ella estaba cerrada, ya no quedaba nadie en el museo. Anna parada en medio de aquel bello atrio, le pareció ver a  la luz de la luna hacer sombras que parecían burlarse ella, y que en sus movimientos las sombras jugando con  las columnas a su antojo le pareció que ´estas se transformaban en gigantes que subidos a unos zancos parecían evitar mojarse los pies de sangre.
Anna cree estar viviendo una pesadilla de las más terribles, mira y el suelo se encontraba lleno de cadáveres ensangrentados
Anna se sienta en uno de los bancos a su efecto para que los turistas puedan admirar el bello pórtico de Peristilo. Una voz fuerte, autoritaria pero al mismo tiempo dulce, le despierta.
- ¿Qué haces aquí? - le preguntó.
- Yo-dijo Anna titubeante, sólo he venido aquí para hacer una visita al museo.
- ¿Acaso crees que me lo voy a creer?, sabes que tengo muchos más años que tú, por lo tanto no puedes engañarme y además a mí no se me ha escapado nunca una…bueno sí creo que una sí que se me escapó una sola y  ese fue el gran  error de mi vida  por mi parte,  pero vallamos a lo nuestro, porque eso ya está olvidado.
Anna le pregunta con firmeza:
-          Dime antes que me ponga a gritar ¿quién eres?
-          Pero… ¿Aún no lo sabes? A ti que tanto te gusta la historia sobre todo la extremeña. Yo soy el que ha permanecido oculto durante muchos años tras esa lápida, que si quieres que te diga la verdad, no sé quien la trajo aquí porque este precisamente no fue mi enterramiento y por esa razón y aunque nadie lo sepa  en realidad, yo  sé quién soy y qué papel hice en esta historia que cambió el rumbo de la ahora llamada España. Por ese motivo, no me hace mucha gracia  que al lado de mi lápida haya esa reseña en la cual  se diga que soy de procedencia desconocida; pero claro, con la salvedad de que esta definición puede que se refiera sólo a la piedra, bueno ese detalle por ahora no tiene la menor importancia. ¡No puedo creer que aún no te ha entrado el gusanillo de la curiosidad por saber quién soy!
Tú deberías reconocerme, aunque fuera sólo por las veces que tuve que echarte una mano cuando te encontrabas sola y sin nadie que te protegiera, yo te desvié de aquellos  caminos empedrados por donde desfilaban los romanos y que creo que ahora es llamada Ruta de la Plata, ¿verdad que esto sí te suena? Pues yo soy ese pobre fraile.
Anna lo mira, a ella le pareció que era un soldado.
El fraile la mira, con mirada dulce y prosigue:
-          Eso también es otra historia, sólo quiero que recuerdes aunque sea sólo por un segundo a aquel fraile cuajado de piojos que te acompañó a un cenobio para que te curaran de las heridas sufridas por el ataque de un perro hambriento cómo tú.
Anna de repente siente un enorme dolor de tripa, no puede levantarse del banco, su cabeza se encontraba recordando que ella había sido la hija del lugarteniente del gran Viriato y un grito salió de su garganta… entonces su padre fue el que traicionó a ….no puede creerlo, en ese momento empezó a recordar que en uno de los ataques a su poblado de los romanos murieron todos menos ella y aquel monje le salvó la vida cuando herraba sola y sin rumbo por unos caminos infectados de guerrillas. Pero ¿por qué aquella historia se estaba haciendo realidad en su mente? El monje mientras ella cree estar volviéndose loca, se va difuminando como las volutas de humo de un cigarrillo y le dijo cómo despedida:

- ¿No quieres saber más, de lo que pasó? Porque a veces es mejor dejar los recuerdos como están  para no llegar a revivir desengaños.
La luz del alba la encontró acurrucada en el banco del patio del museo, un guarda, la despierta:
-¿Se encuentra bien?
Anna al ponerse en pie mira con atención el suelo y entonces descubre que justo en la base de las columnas se podían apreciar salpicaduras de sangre, horrorizada, sale del museo, ya en la calle puede contemplar pero desde ese momento bajo  diferente prisma, todo aquello que habían contemplado muchas generaciones, que han pasado junto a esas piedras centenarias que vieron pasar junto a ellas, guerreros romanos, judíos y cristianos y que también  desde la primera fila de la historia presenciaron las rencillas de sus nobles  vecinos. Anna por unos momentos reflexiona, ¿entonces a todo esto de ver pasar el tiempo se le llama Historia? No será que el pasado encierra uno de los más grandes misterios y que conlleva algo impalpable, etéreo que hace que sin querer ahonde en el espíritu del paseante y nos da  a entender que nosotros, todos, también hacemos historia a nuestro paso.
Anna  cuando camina entre una de las vericuetas callejuelas oye a su espalda un ruido de cuero y bronce que parecía caminar tras ella. Ana no se atreve a mirar, pues sabe que estaba caminando por el pasado.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La experta en finanzas (final)



Un silencio sepulcral empezó a reinar y ella pensó que sin duda alguna, todo tenía que tener algún significado relacionado con la astrología, parecían estar esperando ese instante concreto.
Alguien alza entre sus manos un triángulo, Anna ya no necesitaba pensar que se trataba era uno de los elementos de más trascendencia cósmica…pronuncia el nombre de Hermes, el iniciado que guardaba más secretos y sabiduría. De pronto el nombre de Anna es pronunciado por todos los allí presentes. Sorprendida se encoge como si un gran peso le aplastara el cuerpo, la imagen sorprendente de un triángulo con un ojo que todo lo ve le dice que ella es la elegida para llevar las finanzas del mundo. Le hicieron recordar momentos de cuando era estudiante, cuando uno de los profesores le dijo: “Tú serás la poseedora del Gran Sello”  y ella quiso entender de que debía tratarse de una distinción especial por sus inmejorables notas.
Un trueno irrumpe en el castillo y un rayo cae en una de las torres que se desmorona como un terrón de azúcar. Los caballeros, sin que ella pudiera hacer nada, van desapareciendo hasta quedarla sola entre aquellas ruinas. Anna corre despavorida hacia la puerta por donde había entrado pero un ruido infernal la paraliza, en uno de los rincones del oscuro pasillo se encontraban amontonadas cientos de serpientes que luchaban entre ellas por la supervivencia. No sabe qué hacer y como si le hubiera impulsado una mano poderosa, da un salto y poco después de nuevo se encuentra en aquel patio, va hacia la puerta de hierro, se abre con gran facilidad, sale presurosa, se encuentra en medio de un campo que ella no conoce, se pone a caminar llena de incertidumbre. Un muchacho se acerca a ella, se asusta, no sabe quien lo manda, pero el muchacho le ofrece el cartapacio que aquellos caballeros le habían dado.
Lo coge y con él en la mano se pone a caminar cuando se encuentra un labriego que tira de un carro lleno de heno, el hombre la mira y le invita a subir a su carro, no pregunta nada, pero Anna vio en su mirada una cierta comprensión al ver el aspecto que tenia.
No supo cómo en aquel pueblo perdido de Extremadura pudo encontrar un taxi para que la llevara a su casa. Aquella noche tardó en conciliar el sueño a pesar del cansancio que sentía, pues desde que salió de aquel castillo no dejo de martillearle la cabeza.
Por la mañana, después de lavarse la cara, se mira al espejo, no quiere pensar en nada, se viste de prisa, tiene que ir  a trabajar, coge el bolso, baja las escaleras de dos en dos hasta alcanzar la calle, necesita respirar para creer que lo que ha vivido ha sido sólo un sueño. 
Entra en el banco y un empleado le dice que la esperan en su despacho, empuja la puerta con decisión, allí no había nadie, Anna repara en un paquete que estaba encima de la mesa, su mano tiembla, no se atreve a abrirlo, después de estar un rato mirándolo, coge la tijera y corta la cuerda que asegura su envoltorio. Allí se encontraba un fajo de billetes de un dólar con el símbolo masónico y una nota, que decía:
“Ya hemos atrapado a los que querían hacerte  chantaje. Estamos muy contentos con tu trabajo, esperamos que siempre siga así…”