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domingo, 30 de junio de 2024

Un día de nieve


 

Aquella mañana, al asomarme a la ventana vi unos suaves y lentos copos que caían sobre Madrid tiñendo de blanco las calles y las avenidas; salgo de mi casa para ir a la oficina, me dirijo a desayunar, entro en la churrería de siempre que se encuentra a unos metros de donde trabajo, mojo el churro en el café y, a través del cristal miro hacia la calle como si fuera la primera vez que veía el ir y venir de la gente que caminaba apresuradamente por la acera, tomo el último sorbo de café, sin llegar a apurar el contenido de la taza, me encontraba un poco inquieta sin tener motivo aparente, pago, y cuando me dispongo a salir un hombre se interpone entre la puerta y mi cuerpo, yo lo miro con una mirada glacial al recibir el golpe que me propinó en la cadera con el portafolios que llevaba en la mano, él me obsequia con una sonrisa angelical que me heló la sangre.

No sabía de quién se trataba, pero ante su actitud creí entender que pretendía algo raro  y salí impactada de aquel encontronazo.

Una vez fuera  de la churrería y ante la imposibilidad de ir caminando, no siendo mi calzado el adecuado, subo a un taxi que en esos momentos paraba junto a donde me encontraba,  que me lleva a mi trabajo, cuando poco después entro en mi despacho  donde presto mis servicios cómo administrativa en el ministerio de cultura; miro la mesa y, como siempre, una pila de informe esperaban mí revisión, con desgana cuelgo el abrigo en el perchero, saco la agenda de mi bolso  donde tengo los números de teléfono que puedo necesitar.

Mi estado de ánimo al encontrarse bajo mínimos me hace trabajar sin descanso hasta las once, la hora que suelo hacer un receso en el trabajo para tomar café; como siempre entro en la cafetería más próxima, pero antes de entrar me lo pienso mejor y decido ir a otra cafetería  necesitaba caminar unos metros para despejar mi mente, pero cuando pido un café con tostadas al camarero, veo a aquel hombre que de nuevo me mira,  clavando su mirada angelical en mi persona; sin llegar a tomarme el café, salgo de la cafetería precipitadamente, mientras observo por la cristalera, que me miraba sonriendo, era cómo si me conociera de toda la vida.

Corro como una exhalación en la sede de mi trabajo sin mirar atrás, cuando entro en el ascensor donde se encontraban dos chicas jóvenes que al verme tan excitada, me preguntan si necesitaba ayuda ¡Nada, contesté lacónica y muerta de miedo!

Poco después y cuando me encuentro sentada ante mi mesa de trabajo, cojo la agenda que tenía encima de la mesa, busco un número de teléfono, marco, al otro lado del hilo una voz masculina me tranquiliza, cuelgo después de haber mantenido una conversación insulsa, y así esperé con ansiedad a que terminara la jornada.

Cuando llego a mi casa sigo encontrándome inquieta, la jornada había sido muy dura, empeorando la situación aquel hombre extraño que parecía estar siguiéndome a todas partes, mi instinto parecía alertarme  que ese hombre buscaba algo de mí.

Me encuentro sin apetito, me echo en el sofá, al atardecer me tomo un vaso de leche y una madalena, me acuesto, el sueño parece abandonarme, suena el teléfono, no lo cojo, no quería hablar con nadie, pero vuelve a insistir, entonces lo desconecto, y me involucro en la difícil tarea de dormir.

A la mañana siguiente, al asomarme a la ventana descubro con mal humor de que seguía nevando, el ir a  trabajar caminando se hacía una tarea difícil, llamo a un taxi ya que los autobuses urbanos sus paradas quedan lejos de mi caca, mientras me voy  acercando  a la oficina, pienso en la monotonía diaria, necesitaba caminar para despejarme, el ir en taxi a trabajar me causaba un gran trastorno pues no podía entrar en la churrería de siempre para desayunar. Al no haber desayunado, a  las once de la mañana  el estómago empezó a protestar y tuve que salir a tomarme un café, entro en la  cafetería cercana a la oficina  vacilante, y en una mesa estaba él, mi corazón se me encogió de ansiedad “quien era aquel hombre” ¿Qué quería de mí? y para no estar sola me acerqué a un grupo de compañeros, entre charlas insulsas, me tomé a sorbos  el café más amargo de mi vida.

Así transcurrieron unos cuantos días, mi novio no estaba enterado de la intranquilidad que me producían los encuentros fortuitos  con aquel desconocido al encontrarse cómo siempre  de viaje, pero cada vez que nos veíamos, parecía mirarme preocupado, y siempre me preguntaba  si tenía algún problema, yo le contestaba que sólo me encontraba nerviosa por el mucho trabajo que tenía en la oficina.

Una tarde cuando llegaba a mi casa ubicada en el barrio antiguo del  Madrid de los Austrias, cuando estaba acercándome a la puerta  de mi casa, desafortunadamente para mí aquel día no hay mucho tráfico, entonces lo veo de nuevo, las piernas me empezaron a flaquear hasta el extremo de que creí que caía al suelo, el hombre se acercó a mí con soltura y, cogiéndome del brazo, me obliga a subir a un coche de color amarillo, que se encontraba aparcado justo delante de mi portal, ante esta agresión no pude gritar, pues la voz se me estranguló del pánico que sentí.

Una vez dentro del coche, y antes de dejar atrás la parte antigua, me taparon los ojos  con un antifaz, por el movimiento del coche supe qué nos encontrábamos rodando por una carretera asfaltada y sin curvas, después de una hora de recorrido que se me antojó una eternidad, se para el coche, me quitan el antifaz, yo no veía nada presa del pánico que sentía se me había nublado la vista, sólo sabía  de qué me encontraba en un lugar donde se almacenaba chatarra, pues el olor que se respiraba en aquel recinto que  era a mugre y a hierro corrosivo.

Me obligan a entrar a una nave destartalada, un hombre orondo y de aspecto huraño, me dijo sin compasión alguna, que le tenía que entregar los documentos que contenían la carpeta de mi despacho con el número 180—001 pues lo necesitaba  con urgencia, justo para el día siguiente a la hora del café, y firmados por mi jefe, ya que por mi culpa se había retrasado la fecha de la entrega, ¿De qué me estaba hablando aquel hombre?, entonces dijeron que al no saber dónde se encontraba novio y por añadir la  dificultad  de localizarlo, habían decidido que fuera ella la que les dijera donde se encontraba, haciéndome responsable del  retraso, pues sin duda yo tenía que saber dónde se encontraba, y  que si resultaba  fallido el proceso que debía tener la entrega de este documento a su debido tiempo, yo sería la que tuviera que pagar las consecuencias, porque sin estos  documento en nuestro poder  nos vemos incapacitados para agilizar este negocio que tú tienes en tu poder,  por lo tanto acata nuestras órdenes o nos veremos obligados a que acceda por otros métodos más dolorosos, no intentes que este negocio se valla al garete.

Yo no podía ni pensar ¿Qué era lo que le estaba diciendo aquel hombre seboso y repugnante? ¿Estarían preparando el secuestro de mi novio?  Mira a su alrededor colgando de una viga pude ver una soga colgando, ahogué un grito con las manos estaban preparado un asesinato. Entonces empecé estaba segura  que estaban preparando un secuestro en toda regla y,  que si yo no les complacía  todo aquello acarrearía  resultados con consecuencias  graves.

Asustada miro hacia donde apuntaba con su rechoncho dedo aquella bola de sebo y, entonces vi que allí, atado en una silla desvencijada se encontraba Alberto, lo habían secuestrado, entonces era cierto, si yo  no cumplía sus condiciones, seguro que no lo volvería a ver con vida, el me miraba con ansiedad, yo creí morir de pánico, esos delincuentes estaban dispuestos a todo con tal de salirse con las suyas, salimos de aquel mugriento almacén, dejando  a Alberto maniatado y a mí después de ponerme el antifaz, me devuelven a mi casa, una vez en mi piso, me echo en la cama, no sabía que pensar me encontraba difusa, no podía pensar, pero tampoco podía hacer lo que me pedían, aquella noche me tomé todas las bolsas de tila que tenía en casa.

Al día siguiente y, con la vigilia gravada en el rostro  llego a la oficina media hora  antes que mis compañeras, inmediatamente busco en el archivo el documento con el número 180--001  donde supuse se encontraba la solución a mi problema, miro con minuciosidad, pero ese documento no lo encuentro,  me encontraba tan excitada que no me atrevo a esparcir el contenido del archivo por la mesa para buscarlo, mis compañeras estaban a punto de llegar, los nervios se apoderan de mí, de repente aparece ante mí un papel que más que un documento parecía una nota escrita con precipitación, en ella pude leer a la atención de   Mendoza  y Gutiérrez, solo eso, lo vuelvo a leer  con más  detenimiento y un escalofrío me recorre la espina dorsal; se trataba  de un fraude de miles de euros, que se estaba perpetrando con firmas falsificadas de supuestos restauradores para sacar cuadros del Museo Central.

Esto es demasiado, yo no puedo hacerlo, me meterán en la cárcel para toda la vida en cuanto se sepa que he sido yo la que se los ha proporcionado  “no lo hago” Y se sentó espantada tras su mesa, pero se levanta de un salto cuando piensa en lo que le pudieran hacer a Alberto.

Y, si Alberto muere, seré yo la responsable de su muerte, no podré vivir con una muerte a mis espaldas, entonces los miedos y las dudas parecían querer devorarme, y una vez en sus manos el documento seguro que vendrán a por mí; excitada  volví a releer de nuevo el documento, allí además de Mendoza y de Gutiérrez  había otros apellidos que me quedaron helada.

Me encontraba tan confusa que no  supe cuando entró mi jefe en su despacho, cuando mire se encontraba hablando por teléfono, parecía estar muy excitado con su interlocutor, poco después vi cómo al asomarse a mi despacho para preguntarme una memez, miraba con sigilo los papeles que tenía en mi mesa.

En esos momentos decido hacer algo, y se me ocurre coger todos aquellos documentos para  fotocopiarlos, y entonces decidida me dirijo al departamento de registros y archivos, pido a unas de mis compañeras que me permitan hacer unas fotocopias, aludiendo que la de nuestro departamento estaban reparándola.

Aquella fotocopiadora que tenían mis compañeras era casi arcaica, a veces no imprimía bien, pero a ellos les hacía su servicio, entonces recé para que funcionara.

Con los documentos ya fotocopiados me dirijo al baño, y cuando cruzo el pasillo, algo detuvo mi excitación, una voz dijo tras de mí, hace días que no la veo, entonces lo mire cómo si fuera mi única tabla de salvación ¿Te importaría hacerme un favor? “cómo no” –me dijo emocionado—ya que yo sabía qué hacía tiempo me tiraba los tejos sin resultado alguno por mí parte--- lo que me pidas me dijo, ¿Podrías salir en un momento a entregar este sobre al notario de aquí al lado, sólo lo tienes que entregar, son documentos de la oficina, me gustaría que lo hicieras ahora mismo.

 Sí dijo risueño en diez minutos lo tiene el notario.

Poco después y en el baño, puse otra fotocopia de los documentos dentro de mis medias, antes de salir de mi trabajo, me dirijo al conserje, lo entregaste, sí por supuesto, puede mandarme lo que quiera, siempre que esté en horario de trabajo.

Vi algo en él y, entonces me atreví a decirle, con acento desenfadado, pues desde este momento te auguro que desde ahora vas a tener más trabajo conmigo, porque en el caso de que notaras que no acudo a trabajar durante tres días, te pido que no digas nada a nadie  solo acude a la policía, para decirles que es posible que me hayan raptado.

 Y los dos rieron la ocurrencia.

Poco después a la vuelta de una esquina me esperaban los secuestradores que me introducen en un todo terreno negro tintado, de nuevo me ponen el antifaz. A mi llegada a la nave y al quitarme el antifaz, noté algo raro, mis sospechas se desbocaron y grite con todas mis fuerzas, ”dónde está Alberto”, mientras tanto el tal Mendoza salía de una puerta minúscula mirándose las uñas despreciativamente. Traes lo mío, entonces me subo la falda y tiro de los documentos que se habían enganchado a propósito en el encaje de la braguita, los dos hombres que le escoltaban ante mi ademan sacaron sus pistolas.

Una vez de que Mendoza ojeara los documentos, sin resistencia desataron a Alberto, no pude ver más porque  de nuevo me vi con el antifaz puesto, después de un trecho que para mí fue agónico, nos apearon a los dos del coche, nos quitaron el antifaz, y desaparecieron, no sin antes amenazarnos de que estábamos vigilados, cualquier movimiento en falso, sería nuestra muerte.

Miramos a nuestro alrededor y, no sabíamos dónde nos encontrábamos, el paraje era desolador, el ruido de una camioneta desvencijada nos atronó con su ruido infernal, la paramos y le pedimos que nos llevara a una carretera más transitada  que nos llevara a Madrid, el hombre accedió para poco después  nos quedó  tirados en una carretera rural, y de nuevo nos encontramos perdidos, anduvimos  una, tal vez dos horas sin rumbo, mientras informaba a Alberto de lo que había tenido que hacer para que lo liberaran, no pude contarle nada más, pues sólo pensaba en la  situación tan comprometida  en la que me habían metido esos delincuentes.

Poco después de narrarle  mi relato Y de lo que había tenido que hacer aún a pesar de poner en peligro mi trabajo, Alberto no me consoló, apartó su mirada de mí, de pronto, cambió de actitud y,  cómo sui un resorte le empujara  con enorme violencia, me dijo, tenemos que huir, yo lo miré desconcertada, pero el tampoco percibió que en mi mirada se reflejaba escepticismo, pero Alberto siguió haciendo planes como si todo fuera un juego.

Por ahora  no se me ocurre el lugar exacto a donde ir, pero sí tiene que ser fuera de España. Me sorprendió que tuviera tanta agilidad mental haciendo con este gesto que aumentara mi inquietud, esa inquietud que no me había abandonado desde que firmé aquellos documentos que según mi jefe, cuando me hizo firmarlos sólo era un mero trámite burocrático.

Y seguí pensando en todo lo que me había acaecido en tan sólo unas horas, yo no sé cómo pude tener esa percepción en  esos momentos en que me encontraba usurpando aquellos documentos, y cómo tuve la valentía de ordenar al conserje que lo depositara ante un notario.

Más tarde, me hice la encontradiza con el conserje, que ajeno a lo que me pasaba charló unos minutos conmigo, alguien pronunció su nombre en esos momentos, el salió afuera del mostrador para atenderle, entonces sibilinamente aproveché ese descuido y  metí un lápiz electrónico en el cajón donde cada día pude  observar que metía  su bocadillo del desayuno.

Entonces vi el momento propicio para despedirme con un hasta luego. Ya parecía sentirme  un poco más tranquila si es que se puede estar después de haber hecho semejante fechoría, pero mi inquietud por momentos se convirtió en zozobra, ¿y si llegara en el caso que el conserje extraviara él pendray?, no podría justificar mi inocencia en ningún juzgado, yo sería culpable de todo,

Observo a Alberto y me sorprende de que a cada minuto que pasaba lo veía más tranquilo, de repente  me abrazó por la cintura y, así muy juntos seguimos caminando, una pareja de la guardia civil pasa a nuestro lado, nos preguntan, si necesitamos sus servicios, Alberto ante su presencia pareció contrariado, yo le conté la historia de lo acontecido, poco después un coche   de la benemérita nos lleva a casa.

Al día siguiente, y después de hacer mi declaración de los hechos en la comisaría y, en régimen confidencial, por ser uno de los casos que hasta no ser aclarados no se pueden divulgar siendo secreto de sumario.

Entramos en una de las oficinas, allí  nos dieron un pasaje de avión para Marsella por tiempo aún por determinar, sólo teníamos que pasar desapercibidos.  Yo me encontraba estupefacta, me están premiando por haber sido por unas horas una delincuente. Pero al parecer todo era correcto, yo no pude disimular mí alegría,  estábamos a salvo de esos delincuentes, en Marsella, no nos encontrarían.

Una noche después de una velada inolvidable con Alberto, recibo una llamada de la policía, ya hemos desmantelado el entramado de los cuadros, los hemos cogidos a todos, bueno menos a uno, pero aún no sabe que lo tenemos vigilado.

Alberto acude a la llamada del teléfono, parecía nervioso.

¿Cariño sucede algo que yo deba saber?

Yo me quedo helada, a Alberto le había cambiado la voz.

Qué, me dijo zalamero, dime ¿Quién te ha llamado?

Antes de responder, un coche de atestado acercándose a nosotros, me saludan con respeto mientras  se llevaban esposado a Alberto.

No fui capaz de obsequiarlo ni siquiera con una mirada de desprecio, pues tan sólo sentía una gran consternación.

¿Tuvo algo que ver que aquellos días nevara copiosamente en Madrid?

 




lunes, 13 de febrero de 2017

El regalo llamado " La perla de Italia"

Aquel anillo recibido como regalo de bodas era una joya muy especial  pues era de un diseño extraño que le hacía ser especial; era un ópalo de color caramelo casi transparente que se encontraba coronado por brillante. Al verlo el rey, le complació y se lo ofreció a su joven esposa que impresionada  por su belleza no duda en lucirlo al instante. Poco después enfermó falleciendo casi inmediatamente.
Tan sólo se difundió que había contraído una de las enfermedades más extendidas en la época, la temida Tifoidea.
¿Qué fue lo que pasó para que enfermara con tanta rapidez cuando se encontraba paseando en una barca por el estanque del Palacio de Aranjuez?
El rey lloró la muerte de su esposa pero no conseguía olvidar a la condesa, poco después le regaló la joya a su prima María Cristina de Borbón Dos-Sicilias, que inesperadamente muere en una fiesta cuando lucía en su dedo el anillo admirado.
Ni el rey ni la corte, por supuesto sospechaban para nada de que una joya pudiera hacer semejante daño y cuando de nuevo el rey la recuperó, se la regalo a su hermana María Pilar por su cumpleaños, que también fallece inesperadamente cuando lo llevaba puesto en una merienda entre amigas. ¿Cómo se podía imaginar ni sospechar de semejante maldad? En la crónica del fallecimiento de su hermana se dijo que podía haber sido víctima de un extraño mal contraído en uno de sus viajes por África.
A pesar de las desgracias acaecidas en poco tiempo a la familia real, todo parecía seguir su curso normal.
Pasó algún tiempo, el rey se encontraba casado con su segunda esposa María Cristina, cuando encuentra en uno de los cajones de su escritorio un estuche con el anillo, que al verlo, tiene la tentación de ponérselo. Aquel día había una de las sesiones parlamentarias más importantes, pero aquella sesión parlamentaria fue la última que presidió el rey pues enfermó inesperadamente de una enfermedad que nunca se dio a conocer.
Su esposa María Cristina, ya viuda de Alfonso XII, que siempre ignoró el motivo pero nunca le gustó aquella joya, se deshizo de ella encargando un colgante para regalar a la Virgen de la Almudena rompiendo sin saber la maldición que estaba diezmando al reino.
 El Obispo de la Diócesis de  Madrid, lo recibió cómo obsequio de la reina  bendiciendo la joya antes de ponerla a los pies de la Virgen.
Poco después la joya desapareció cuando aún no se le había puesto en el pecho a la virgen, pues descansaba a sus pies para que fuera admirada por sus fieles cómo regalo de la reina de España.
Días después, de la desaparición de aquella joya, en un diario italiano, comunicaba en una breve noticia: “La Condesa de Castiglione había sido hallada muerta en su propio palacio cuando se encontraba sola y olvidada por todos.
Después de haber vivido los últimos veinte años en el subsuelo de una mansión de la plaza Vendóme de París, de la cual se rumoreaba que el palacete se encontraba decorado con cortinas negras.
Tan sólo solía aparecer en la calle de noche, que era cuando salía de su silenciosa mansión, siempre con el rostro cubierto por un velo negro que le cubría medio cuerpo.
Los que desconocían su anterior vida la llamaban “la loca de la Plaza de Vendóme”
No se volvió a dar ninguna otra reseña sobre su muerte a pesar de ser una de las personas más conocidas de Roma y París, pero los que pudieron ver el cadáver no quisieron hacer ninguna declaración al respecto, sólo dijeron que estaban horrorizados.






martes, 31 de enero de 2017

El regalo llamado "La perla de Italia" (2ª parte)

 La información que la condesa pasaba al gobierno piamontés fue esencial para que la casa de Saboya se impusiera en todo el territorio italiano. Así Italia, aprovechando la favorable coyuntura que con sabiduría había urdido la condesa, consiguió recuperar gran parte de los territorios ocupados por los franceses.
Estas informaciones que iban llegando a la corte española, verificando la clase de persona que era la elegida por el rey, puso a los ministros tan nerviosos que, se afanaron con todas sus fuerzas en buscar una candidata para Alfonso que se ajustara a la corte con los cánones requeridos y de acuerdo con la Iglesia Católica. Todo parecía estar a punto de estallar en forma de un tremendo escándalo, los cortesanos no tenían sosiego pensando que si se realizaba esa boda, sin duda sería aprovechado por los antimonárquicos para su beneficio.
Cuando después de varias reuniones, nadie se ponía de acuerdo con las candidatas expuestas encima de la mesa, el ministro Cañizares, sale de la sala de juntas con un tremendo dolor de cabeza.
Pasea por los anchos corredores de palacio como una fiera que acababa de ser apresada, de repente frena sus pasos precipitados, una luz se iluminó en su cerebro, había una candidata perfecta, volvió sobre sus pasos volviendo de nuevo en la sala de juntas.
Y entrando cómo una tromba en la sala, gritó más que dijo:
    ¡Ya la tengo!
Todos lo miraron cómo si hubiera perdido la cordura.
Después de exponer a su candidata Cañizares, habla con Cánovas del Castillo, después de la conversación mantenida entre ambos, sabían que tenían que utilizar todos los medios disponibles para deshacer aquella locura, aunque ya de antemano sabían que iban a tener que utilizar muchas argucias, pues el amor que había despertado en el rey la condesa italiana se había desfigurado, llegando a ser nocivo para su persona al desarrollarse dentro de él como una gangrena, que sin apenas notarlo se había anidado con fuerza, quedando atrapado como una mosca en una telaraña, llegando a olvidar sus  obligaciones como monarca; pues inconscientemente sin meditarlo, se había adentrado por un sendero, que solo le podía conducir por regiones tan limítrofes que le podían llevar a graves consecuencias, hasta podía llegar a descender al mismísimo infierno, porque su amor, era  un amor platónico, pero enfermizo.
 Mientras, en la condesa tan sólo anidaba un amor diferente, era, el mismo amor que siempre sintió por los hombres poderosos, las ansias de poderes materiales.
 El rey se encontraba ajeno a todo lo que no estuviera relacionado con su amada pues seguía viviendo en un sueño.
En esos momentos, en el Parlamento y a puertas cerradas, se pedía con energía que se cumplieran las normas de la constitución.
Habían pasado tres meses del comienzo de los rumores que no gustaba en la corte y aún no habían  concretado nada al respecto y el rey, por supuesto lo desconocía. En una de las ocasiones en la que se encontraba de viaje, es requerido por sus ministros su regreso  con urgencia a España, pues se sabía con toda certeza que se encontraba  haciendo sus habituales visitas a la ciudad romana.
A su regreso es requerido con premura por la junta de gobierno que lo esperaba en la sala de audiencias. El rey sonrió al percibir entre sus colaboradores un gran secretismo y fue cuando sorprendido, recibió la noticia de que todo se hallaba dispuesto para que se desposara con su prima María de las Mercedes de Orleans, una joven de sangre real pero de aspecto débil.
Nunca se supo el por qué el rey aceptó esta proposición de boda sin protestar.
La boda no tardó en celebrarse, en los festejos no se escatimó de nada, pues se prepararon   grandes fastos. Esos días, el pueblo llano de España ardía de felicidad por los contrayentes.
Pero a muchos kilómetros de Madrid, una mujer despechada, una noche de luna llena se adentraba por un bosque en busca de consejo.
Ya había pasado un mes de la boda, cuando el rey recibe un presente, la remitente era Virginia Oldini, condesa de Castiglione. Este presente no fue motivo de alarma para los ministros, pues el rey se le veía contento con su joven esposa. Por lo tanto fue entregado el presente al  rey como uno más de los muchos que aún seguía recibiendo.

El rey lo acepta al saber el nombre del remitente y lo recibe con gran emoción sintiéndose regocijado; pues su ego se creció al pensar que aún era amado por la condesa italiana.

                                                Condesa de Castiglione





domingo, 15 de enero de 2017

El regalo llamado "La perla de Italia"


En uno de sus muchos viajes de ocio y también de trabajo que solía hacer el rey de España Alfonso XII a Italia, encontrándose una tarde disfrutando de la primavera romana junto a la famosa fuente de Trevi, sus pasos se quedaron clavados en suelo empedrado de la plaza. ¿Era realidad? o tan solo eran unos ojos tan bellos que Alfonso tardó en volver a la realidad, se miraron, no pudiendo cruzar ni una sola palabra, pues no se conocían.
Poco después el destino los volvió a unir, fue en una de esas fiestas que se suelen celebrar en las embajadas para agasajar a las personalidades que llegan de visita diplomática al País.
El personaje, en esta ocasión era nada menos que el rey de España, donde el rey coincidió con la bella mujer que vio junto a la fuente de Trevi, sus miradas se cruzaron, el tragó saliva, ella se creció cuando supo que el rey clavaba los ojos en los suyos, pues parecían paralizados.
Uno de los ministros que acompañaban al rey, al observar la forma en la que se miraron, con gesto ceñudo, que pasó inadvertido para ambos, el ministro se acercó y los presentó a él como el rey de España a ella como la condesa de Castiglione, conocida aristócrata en la alta sociedad en Italia por su nacimiento y en Francia por haber sido la amante del emperador Napoleón III.
Inmediatamente los servicios de inteligencia se pusieron en marcha para hacer una investigación, en la cual se supo, que su nombre era Virginia Oldini, nacida en Turín, en el seno de una familia de la nobleza italiana, educada de forma esmerada, hablaba cuatro idiomas y dominaba la música y el baile, lucía una cabellera rubia rizada, frente alta, nariz recta, tez blanca donde destacaban unos vivaces ojos de color verde esmeralda que cambiaban de tonalidad según su ánimo. Pero lo que destacaba en ella, sin duda, era su inteligencia desbordante.
Estos detalles, eran inquietantes para la corte, pero al rey de España, que estuviera divorciada y con un hijo, le pareció poco relevante, sólo creía creer, que  era la más bella que jamás había conocido.
Aquella noche la embajada lucía como nunca antes había lucido, grandes damas exhibían sus mejores vestidos y joyas puesto que la ocasión lo requería.
Después de la consabida presentación, el rey y la condesa bailaron y bebieron como adolescentes hasta la saciedad, constituyendo para el rey el momento más agradable de la jornada, siendo propicio que entre ellos germinase una amistad como para volver a verse.  Pasaron dos meses, antes de que se volvieran a ver. Al rey, la espera se le hizo insoportable.
 Por fin, llegó el ansiado encuentro, era el primero que disfrutarían después de aquella fiesta italiana. Pues Alfonso, tenía que cumplir compromisos ineludibles cómo rey.
Y volvieron a verse el día señalado por los dos, pues ya sabían dónde se encontraban los  sitios más recónditos para así burlar la vigilancia a la que estaban sometidos, en esta ocasión fue también planeado por la condesa, que la burla les salió perfecta dando esquinazo al espía de la corte española. Y así de este modo, nació algo más que amistad, que sin apenas darse cuenta comenzaba a tener visos de indisoluble aquella enfermiza obsesión, hizo que el rey rompiera las estrictas normas de la casa real.
Así pasaron dos años que para los enamorados fueron como un suspiro y para sus ocultos observadores de dudoso final.
Un día y de manera inesperada, en la Corte se filtró la noticia de que el rey deseaba presentar a las Cortes a la que deseaba tener por esposa. Una vez difundida la noticia, sólo se rumoreaba en palacio que no  podía ser posible, los ministros se lamentaba con las manos en la cabeza el primer ministro Cañizares no sabía a qué atenerse, se encontraban en una situación de emergencia, aquella mujer no tenía las virtudes que se necesitaban  para ser reina de España.
Por los contactos que tenían en Italia y en París estaban enterados que había trabajado como espía en Paris a favor de Italia y que hasta había logrado conseguir durante la relación que mantuvo con el emperador Napoleón III a base de mentiras amatorias, que éste, rendido de amor le declarase la guerra a Austria.





martes, 18 de octubre de 2016

La expedición (final)

 El amigo al verlo tan afligido lo mira con atención mientras apoyaba los brazos en aquel  velado manchado, redondo y con encimera de imitación a mármol, lo miraba, sí,  pero eso fue todo, pues  en su contemplación disimulaba el no haberle puesto atención y con un gesto de su mano se solapa la ficticia atención con la intención de obligarlo a que siguiera  expulsando lo que llevaba dentro.
Para Anna cada segundo que pasaba escuchando sabía que estaba ejerciendo de espía, sin sentir vergüenza, pues esperaba con ansiedad que uno de los dos pronunciara una sola frase importante que pudiera sacar algún rédito para ella.
Pero algo interrumpió el magnetismo, un teléfono empezó a sonar, haciendo que los dos jóvenes dejaran de hablar. Cuando retornan a la conversación dijo Juanjo:
    No sé cómo pudimos hacer lo que hicimos, dime Paco, por primera vez sé sincero conmigo.
 A Paco le temblaban los labios mientras decía que solo pudo ver que cuando intentaban sacarla  de aquel agujero  ella parecía no querer salir, pues se encontraba  aferrada a la correa de su mochila, con ese gesto le  pareció que la  protegía con su vida.
    ¿Y no se te ocurrió  preguntarle cómo se encontraba?
    No sé que fue lo que me pasó cuando la vi quieta en aquel agujero, sí que tuve la sospecha de que algo había descubierto y no quería decirlo pues ella sabía que teníamos un código de que si alguno descubría algo nos concernía a todos. Anna escuchaba con tanta atención que no supo cómo se vio en un minuto envuelta en un tumulto de gente que alborotados bailaban entre las mesas; eran bailarines habituales  que amenizaban las terrazas. Anna dirige su mirada hacia los jóvenes y descubre que uno de ellos permanecía sentado con una sonrisa que parecía a medio gas, se encontraba impávido, lo mira de nuevo para cerciorarse de que no era una sonrisa natural, y fue cuando supo que su acompañante había desaparecido, mira al suelo al notar sus pies húmedos, estaba pisando un charco de sangre. Mira de nuevo al hombre de la sonrisa impávida y siente que sus nervios se crispan al ver que algo asomaba por su boca abierta, se remueve en la silla, la gente parecía ignorar lo que le estaba sucediendo, se levanta, se acerca para ver qué tenía en la lengua, pero una voz tras ella le dice:
    No la toques, esa esmeralda está maldita.
Anna se aleja de la terraza con pasos titubeantes, cuando atravesó el parque la bocina de un coche le alerta de que estaba atravesando la calzada indebidamente, cuando llega al portal de su casa al entrar una mano fuerte se lo impide, era uno de los jóvenes de la terraza:
— ¿Estabas escuchando acaso nuestra conversación?
La voz de Anna sonó  serena como si no hubiera visto ni oído nada.
—Yo solo he tomado un refresco.
El joven le dice:
    Creo que ya tienes decidido el argumento de esa historia que tantas veces comentaste querías contar “Anna”  pero no has pensado que el final de este cuento  puede que te resulte un poco complicado, sobre todo cuando relates aquella caída “fortuita” que tuviste ¿Qué fue lo que guardaste en tu mochila que utilizabas como bolso?
— ¡Yo no sé quién eres, no te he visto en la vida!
Y al entrar en el ascensor Anna sacó de su bolso el bolígrafo que cómo un garfio se clavó unos minutos antes en su palma de la mano, con él amaga  al hombre, éste la mira y se  ríe, poco después ese hombre antes de salir del ascensor,  tenía la misma sonrisa impávida que el hombre de la terraza.
Cuando Anna entra en su piso cierra la puerta con un portazo, apresurada se dirige al escritorio, una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro, la esmeralda se encontraba donde ella la puso.
 Poco después entra en el cuarto de baño, necesitaba refrescar su cara. Cuando ante ella aparecieron  aquellos dos jóvenes que parecían esperarla. Entonces fue cuando supo  lo que pasaba, pues ante lo real no puede haber trucos, porque ni aquellos dos jóvenes, ni tampoco ella eran unos jóvenes cualquiera, ninguno del grupo pudo salir con vida de aquella selva venezolana.
¿Pero para qué Anna se hizo depositaria de aquella gema que ni sus amigos ni ella podían disfrutarla?
Aquel mismo día un Chamán hacía invocaciones para que aquella gema volviera a su santuario, para que los dioses siguieran protegiendo a su pueblo.
Por la noche una terrible tormenta descubrió un enorme socavón donde se encontraron cinco cadáveres,  eran los componentes de aquella expedición pero faltaba el cadáver de una mujer que dicen que se vio por última vez caminando por una tortuosa vereda de la selva venezolana abrazada a una mochila…
Su orgullo le impedía ver la realidad, como la de estar vagando sin rumbo por ese submundo que siempre despreció, aunque ahora se sintiera cansada por cargar con el peso de una gema que no le pertenecía.







sábado, 24 de septiembre de 2016

La expedición (1ª parte)

Anna aquel día se movía como gato encerrado por su apartamento, estaba irritable, se sentía con la moral por el suelo algo inusual en ella debido a su carácter dominante.
Ese amanecer, al despertar percibió en su cuerpo una extraña sensación y quiso auto convencerse de que tal vez aquel día le faltaba motivación para realizar cualquier tarea.
Decidida se dirigió a la cocina, enchufó la cafetera cómo cada mañana solía hacer. Cuando fue avisada por el pitido insistente de la cafetera que el café estaba hecho, se estremece inexplicablemente, llena la taza de café, se sienta y percibe con agrado su humeante aroma, entonces empezaron a desfilar por su mente pasajes desagradables, los culpables de que aquella noche fuera diferente a cualquier noche, pues había tenido uno de los sueños  más agitados que jamás hubiera podido imaginar.
Ante estas evocaciones las piernas le empezaron a temblar, los latidos del corazón se le aceleraron, se vio tendida sobre una piedra plana.
Y era ese sueño motivado por la caída fortuita que sufrió  en aquel pozo cuando se desvió unos metros de los componentes de la expedición.
¿Sería tal vez esa la razón de su desasosiego?
Pero, tan sólo fue un percance…Se asusta, no recordaba cómo había sido rescatada.
Ante esos flashes en su memoria Anna siente una convulsión que le absorbe la energía y si todo lo que le pasó fue la consecuencia de la  obsesión  que siempre tuvo por penetrar en las entrañas de la tierra. En esa caída —pensó— debí dar  con algo oculto, pero no podía recordar nada. ¿Y si la caída la llevó  hasta la misma puerta de Hades? Se asusta de nuevo ante estos pensamientos, aterrada desea  desechar de su mente aquel sueño que se había convertido en una horrible pesadilla.
Se asoma a la ventana, necesitaba con urgencia que la brisa de la mañana acariciara su rostro para que pudiera seguir respirando.
Hasta aquella noche no había vuelto a recordar nada, aquel día  que formó parte de aquella expedición que un grupo de amigos organizaron en la selva venezolana. Anna, cuando se inscribió para participar en aquella aventura, ignoraba de dónde le venía esa  necesidad  incontrolada de explorar las entrañas de la tierra. Pero no encontraba ningún motivo que se lo aclarara. ¿Estaría escondido entre los pliegues de su memoria? Contrariada ante lo incomprensible de este fallo en su memoria, dio un manotazo a la taza  que cayó al suelo, no sin antes emitir un gemido de animal herido.
Por unos momentos se encuentra perdida, intenta recomponer sus ideas y al no conseguir ningún resultado, decide salir a la calle. Sale del apartamento sin rumbo fijo, deambula por la calle, que era una calle cualquiera que desembocaba en una plaza cualquiera.
 Anna, que había estudiado geología en esos momentos se dio cuenta de la importancia que tiene el estudiar los entresijos  de una materia para después saber utilizar esos conocimientos para beneficio de la comunidad.
 Se encontraba en la barrera de los  treinta años y aún no había conseguido trabajar en algo que le satisficiera y a la vez que fuera lo suficientemente remunerado cómo para vivir a la manera que siempre le gustó vivir. Ella se sentía orgullosa de su físico que le daba el aspecto de  jovencita, influyendo en ello las exageradas minifaldas que dejaban al descubierto unas  largas y flacas piernas de adolescente; todo agitado como un cóctel, daba como resultado una mujer  libre y desenfadada que siempre lograba los objetivos que se proponía.
Caminaba pensativa, ajena a las miradas masculinas, su deambular  la condujo hacia una avenida que se encontraba concurrida, atravesó la calzada y frente a ella se encontró una terraza de verano, vio que estaba libre uno de los veladores y pensó que era un buen sitio para huronear a todo el que pasara frente a ella.

Pide al camarero un refresco de limón, mientras da el primer sorbo, sonríe para sí, sin duda era una privilegiada pues se sentía viva, mientras miraba a las gentes que pasaban ante ella, de repente se le antojó que pudieran ser esclavos, autómatas, al carecer sus caras de expresión  debido quizás al ser obligados  a acatar las órdenes  de un ser invisible e implacable.

Continuará...



martes, 16 de agosto de 2016

Almas en las sombras(2ª parte)



Matilde no encontraba palabras que fueran disculpas razonables para que su amigo no se enojase con ella. Necesito que entiendas que mi propósito no es el de escaquearme, en esta ocasión sé que no me encuentro con la suficiente información, ¿acaso has pensado que este collar, o lo que parece ser, puede llegar a tener hasta cinco mil años de antigüedad?
Eladio la mira desconcertado, de repente sus ojos  cambiaron de color dando la apariencia de un ser de otro mundo, Matilde no pareció sorprendida ante el cambio radical de aquellos ojos y como si todo fuera de lo más normal salió a la calle cabizbaja, un suspiro se escapó de su garganta que por unos momentos le alivió del estrés que le empezaba a dominar. Retrocedió sobre sus pasos, entró de nuevo en el despacho de Eladio que al verla supo de que estaba dispuesta a ayudarlo aún y a pesar de creer que aquel collar guardaba un enigma que si llegara a descifrarlo, podía llegar a ser muy peligroso, Matilde temblaba al desconocer el poder que ésta podía tener.
Y mirando a su amigo dijo:
— ¿Sabes acaso por donde vamos a empezar?
Eladio la miró, él también se encontraba perdido.
         Matilde, sabes que necesito saber algún dato para empezar.
         Eso no puede ser, tan sólo dispongo del collar — contestó Eladio con la voz entrecortada por el dilema que se le presentaba.
Matilde, resignada toma la caja en sus manos pero su cuerpo empezó a temblar — ¿Oh Dios mío, que está pasando?
Eladio miró la caja y espantados vieron que de ella empezaron a salir hilos de humo de diferentes colores, era parecido a un arco iris después de una tormenta, sus colores eran perfectos, entonces todos aquellos colores envolvieron la habitación quedando los dos dentro de aquel círculo sin poder apenas moverse.
Suena la puerta, un cliente entra que al verlos envueltos en una bolsa de colores, al instante quedó calcinado por un potente rayo.
Matilde y Eladio se miraron espantados y entonces se dieron cuenta de que eran dos seres extraños, no se reconocían entre sí. A Matilde le daba vueltas la cabeza, estaba siendo cierto  todo lo había sospechado de aquella joya, pues todo lo ocurrido había sido propiciado por aquel enigmático collar.
De repente, se oyeron nuevos pasos que se dirigían al despacho, Matilde quiere gritar para advertirles que no entraran, pero Eladio con los ojos ensangrentados de un demente les invita a entrar. Los dos clientes, ante el espectáculo que presenciaron se quedaron inmóviles, poco después eran empujados por una fuerza extraña que les hizo desaparecer por las estrechas escaleras.
Entonces, el despacho empezó a cambiar, no sólo el color de las paredes que fueron teñidas de color rojo fuego, perdiendo su primitivo color que no se diferenciaba por su atractivo, pues siempre fue de un color gris desvaído.
Un ruido infernal atronó los oídos de Matilde, todo cambió. Los muebles eran diferentes, raros, Matilde cerró los ojos temiendo lo peor, cuando los abrió se encontró en un salón de cuyas columnas colgaban rosas marchitas, al fondo podía ver un sitial vestido de terciopelo negro, en aquel salón se encontraban los dos solos sin saber qué clase de magia los había transportado hasta allí.
De pronto se oyó el sonido agudo de una trompeta y apareció un séquito de ocho personas vestidas con túnicas faraónicas que escoltaban a una niña casi adolescente, su mirada era dura y despiadada.
Se sentó en aquel trono y demostró que carecía del lógico candor que posee una niña, sus gestos eran duros que demostraba saber hacerse obedecer.
Matilde mira a Eladio:
— ¿Tienes tú el collar?
Pero Eladio no responde a su pregunta.

Continuará...