lunes, 22 de octubre de 2012

Sueños inquietantes (1ª parte)

El principio de una identidad unida al pensamiento racional afirma que toda identidad es igual a sí misma.
Adriana se encontraba aquella mañana en la terraza de su casa, en soledad, una soledad que a veces la transportaba sin que ella lo deseara a sentir como se separaba la mente de su cuerpo. Llegaba a ser poseída por una fuerza extraña que se metía dentro de sus secretos mentales más hondos y que nadie, ni tan siquiera ella, era capaz de comprender.
Adriana, de mirada serena profunda y porte elegante, recordaba inconscientemente que una vez leyó una dedicatoria en un libro, una frase que le llamó la atención: “A todos los seres humanos de buena fe que dedicaron sus vidas a desvelar la espinosa y cruel verdad”.
El libro que reposaba en su regazo cayó al suelo sin haber tenido la oportunidad de haber sido abierto. A la vez, una hoja rebelde era sacudida por la brisa.
El ánimo de Adriana, desde hacía un tiempo, era depresivo a pesar de disfrutar esa mañana de un tiempo espléndido, donde solo una pequeña nube de suave algodón perturbaba el transparente cielo azul.
 Al atardecer salió a la terraza de nuevo, pero una fresca brisa enfrió el ambiente, haciendo que se  refugiara en el salón. Sentada ante la ventana, apuró un café caliente descafeinado de un trago mientras sus pensamientos se volvían turbulentos, alterando sus nervios cuando estos parecían querer hurgar en su pasado. Eran tan extraños que la llenaban de incertidumbre y en su cara asomaba un rictus amargo.
No quería recordar aquel pasado lejano donde había disfrutado de un esplendido amanecer en la isla de Creta. Se encontraba junto a su esposo para pasar su luna de miel atraídos por el símbolo del Hedonismo, doctrina filosófica que consideraba el placer como fin último deseable en la vida. Ese fue el motivo de elegir la isla del Minotauro. Eran un par de jóvenes enamorados.
Ella se encontraba tan feliz en esa isla junto a su esposo, que cada minuto que paseaba por la orilla de la playa creía poder alcanzar el cielo con la punta de sus dedos. La isla y su alrededor le parecían a Adriana tan familiar que le invitaba a la ensoñación, dejándose envolver en un aura mística cuando el aire se impregnaba de una música a ritmo de Sirtaki.
Aquel día y sin saber cómo, apareció ante ellos un hombre de alta estatura que le hacia sombra al sol. Su rostro estaba curtido por pasar infinitas horas en la playa. El hombre al acercarse les habló de una forma muy especial, pues se creía poseedor de un singular sentido de la vida y la muerte. Después desapareció en unos minutos y dejó a Adriana confusa.
A la hora crepuscular, Adriana y su esposo paseaban de nuevo por la playa, cuando Teodoro decide zambullirse en el mar. Ella observa desde la orilla como sumerge su atlético cuerpo entre las miles de partículas de estrellas plateadas que como cada noche bajan para jugar con las olas.
Adriana después de una hora de espera, empezó a notar su ausencia. Miró a su alrededor y por primera vez en su vida, sintió la soledad entre las sombras de un cielo que estriaba bandas anaranjadas que parecían respirar una belleza y paz que en esos momentos ella no sentía. Pero a pesar de su desasosiego, siguió mirando el horizonte buscando a su esposo y a lo lejos, y en la oscuridad de la noche, le pareció ver difuminada por la lejanía una enorme figura, que la asemejó al Minotauro.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al ver como se adentraba en el verde y sinuoso laberinto, con la silueta erguida de triunfador, como la del animal que se siente satisfecho después de haber devorado a su presa.
Ante la visión, Adriana se confundió en el tiempo y corría enloquecida por la playa sospechando una tragedia. Se adentró en la bahía de Chania, y oteó de nuevo el horizonte, pero allí solo hay viejos desdentados repartidos por las puertas de los cafés, bebiendo licor y fumando, mientras sus cansados ojos se entretenían en avistar los barcos que llegan de Europa.
Siguió su carrera que ya era desenfrenada, quería gritar al mundo que el Minotauro estaba suelto peligrando la seguridad de los ciudadanos pero la garganta la tiene seca y no la deja omitir ningún sonido. Desorientada y con la mente confusa, remontó una de las callejuelas de Chania. Ya no era noche cerrada, en el horizonte asomaba la claridad de la Aurora, las ventanas de las casas del pueblo empezaban a abrirse mientras los pescadores ablandaban el pulpo recién pescado golpeándolo contra las rocas. Un campesino ignorante de su tragedia pasa por su lado cargado con una cesta repleta de tomates, pepinos y aceitunas.
Una mujer joven y obesa viste una blusa con generoso escote que apoyada en el quicio de la puerta bebe con descaro un trago de Raki de una botella.
Mientras, Adriana callejeaba sin rumbo fijo, sin saber que pasaba por su mente.
En su confusión recordó una frase que un día escuchó: “Si entiendes algo, eso te perderá”. Por esa razón ella ya no quería entender nada, ni tan siquiera quería saber dónde encontrar a su esposo, ahora solo se encontraba huyendo de un animal destructor que cree perseguirla. Más tarde llega a una plaza donde en un rótulo reza “plaza 1866”, fue lo único que pudo ver, pues la plaza se encontraba plagada de palomas que se encontraban por todas partes zureando con sus buches llenos, mientras se acercaban para picotear su cuerpo. Sintió un acoso insoportable y salió de la plaza precipitadamente con la sensación de ser observada. Casi sin mirar hacia atrás llegó a un paseo marítimo donde se encuentraban ante las ruinas Minóicas pero no se detiene para admirarlas, sigue caminando. Oye unas fuertes pisadas que parecen seguirla y atraviesa un puente que está parapetado por un fino espigón con faro, el pavimento es de madera vieja que cruje dolorida bajo la presión de sus pisadas.
En el faro creyó encontrar su salvación pero se encontraba desierto y abandonado. De repente, empieza a sentir un fuerte dolor de cabeza, está cansada. Aparece  ante ella el rotulo de un barrio llamado Kastillí y asciende hasta él. La cuesta se le hace fatigosa y  ya en la cima encuentra restos de casas desvencijadas por el paso del tiempo. Se adentra en un jardín que se encuentra solitario donde el silencio lo envuelve todo y  hace tétrico el paisaje y al filo de la decadencia, posee el hechizo de poder imaginar un pasado para ella lejano y tortuoso que sólo es perturbado por el ruido de las hojas secas que al chocar entre ellas impulsadas por el viento hacen que el lugar parezca una pesadilla.

continuará...

lunes, 15 de octubre de 2012

Siempre hay un culpable (final)

Era un halcón solitario, que al penetrar en el patio de la casa rozó la reja de mi ventana cuando entró planeando para posarse sobre el brocal del pozo.
Nadie más que yo vio al halcón escudriñar como un sabueso en su profunda oscuridad.
Cuando por la mañana los componentes de la expedición se agruparon en torno al pozo para coger el agua de su aseo, lo vi allí, parado, como el día en que mi marido desapareció. Aquel día, ese hombre se encontraba en medio del pasillo de la comisaría intentando encender un cigarrillo.
Ahora llevaba gafas con montura al aire y una toalla sobre los hombros. No dejé que me viera, y me metí en mi habitación para pensar cómo salir de lo que me parecía una encrucijada.
Aquel día puse una excusa para no acompañar a Carey a las excavaciones y me quedé sola en aquella fortaleza que se me antojaba una prisión. De repente sentí un fuerte olor a amoniaco, hacía tiempo que no tenía esa sensación, y mi cerebro tuvo una dolorosa regresión a mi pasado. Desde el día en que llegué al desierto los miedos volvieron a mí, los mismos que sentí en vida de mi marido y estos pensamientos me llegaron a paralizar las piernas.
Mientras alguien se movía por el laboratorio, envuelto en la oscura clandestinidad.
En unos minutos, la figura de Laura se perfilo cerca de mi ventana, me miró con una sonrisa que me pareció tan cortante como la punta de un agudo estilete.
¿Quien, era esa mujer?, me preguntaba desconcertada.
Un tumulto de gentes y voces me avisa que se había terminado la jornada en el campamento.
Uno de los muchachos más jóvenes del grupo se fotografiaba con un trozo de una antigua ánfora y una serpiente muerta enroscada al cuello.
Laura en silencio salió del patio y yo sin moverme la seguí con la vista mientras se dirigía a la sala de estar. Más tarde, con paso firme, me dirigí hacia la sala de estar y lo que vi y oí allí fue sorprendente.
Ellos eran los que habían tramado la desaparición de mi esposo y ella,  Laura, era la que enamoro a mi estúpido esposo con ficticias zalamerías de mujer astuta.
Y ahora veía con claridad como los dos, Carey y ella urdieron la trama para sonsacar a mi esposo todo aquello que a ellos les interesaba.
¿Pero, donde está encuentra mi esposo? ¿Qué es lo que quieren de mí? Un ligero mareo hizo que mi cuerpo se apoyara en la puerta que al chirrear quejumbrosa, llamó la atención de carey.  Volvió la cabeza y al verme, su voz sonó áspera y odiosa mientras decía:
- Siempre confié en que te llegaría el final sin saber la verdad.
No pude articular palabra, mi cuerpo se encontraba paralizado, solo mi corazón latía desenfrenado.
Una vez recuperé el control, me dirigí a Carey, y le miré a la cara fijamente. Tuve una repentina y tormentosa visión de lo sucedido en Londres. Me vi como una idiota al confiar en una amistad que solo perseguía un fin macabro, convencer a mi esposo para que le confiara los secretos de un paciente que después de arduos estudios descubrió donde se encontraba el primero de los edificios llamados Zigurat, donde se guardaron los primeros mandamientos escritos en tablillas de barro.
Y grité más que hablar.
-¿De qué te sorprendes Elisa?
-Tú me has traído aquí- le respondí-¿o es que piensas enterrarme en uno de tus famosos hoyos?, ¿o quizás lo que más te ha molestado es que no me creyeran culpable de la desaparición de mi esposo?
-Lo último que has dicho es completamente cierto -dijo Carey.
Pero yo indignada le contesté:
-Ignoras que antes de acudir a tu extraña llamada le hable de mi vida a varias personas con prestigio jurídico. Por cierto, muy conocidos por nosotros.
-¿Qué historia? - gritó con fiereza Carey.
Momentos después, el cuarto de estar, que era el punto de reunión, se lleno de alegre algarabía, algunos del grupo simulaban su optimismo, pues presagiaban que algo muy grave les amenazaba.
Salí de allí, inquieta y desolada, y me refugie en mi habitación. Aquella noche llovió como nunca. Cuando amaneció el sol era tan transparente que me cegaba, el campo tenia la frescura coloreada del arco iris.
Una mujer, llamo a mi puerta. Llevaba el rostro tatuado y el pelo teñido con henna. En voz baja me pidió que la siguiera. Antes de seguirla mire a mi alrededor y me sobresaltó el pensamiento de que algo se estaba tramando sobre mí. Pero yo nunca, nunca había sentido miedo, pero esto era diferente, no tenía salida, me encontraba en una encrucijada.
Cuando giré la mirada, el hombre de las gafas con montura al aire estaba frente a mí, nos quedamos mirándonos unos segundos, como si estuviéramos midiendo nuestra resistencia.
Mientras, Carey se encontraba en el laboratorio.  Estaba solo, y nadie sospecharía nunca lo que estaba haciendo.
Alguien desde una ventana llama a voz en grito a Carey. Un muchacho árabe que bajaba por las escaleras de la terraza contestó:
-Se encuentra en el laboratorio, yo lo he visto entrar.
A cada instante que pasaba la intranquilidad se apoderaba de mí por desconocer mi incierto destino. Subí como una autómata a un Buggy destartalado de color verde lechuga que parecía esperarme y cuando tomé asiento en la parte trasera del coche, sentado ante el volante, estaba de nuevo el hombre de gafas con montura al aire.
Me miró y de repente una terrible explosión se produjo en el laboratorio. Mi cuerpo tembló, sintiendo una terrible taquicardia.
- Gracias por su ayuda Eloísa.
Yo lo mire como cuando se mira algo inesperado y dije:
- ¿De qué me habla?
-Sin su ayuda nunca hubiéramos cogido al traficante más buscado de objetos milenarios, como las tablillas en escrituras sumerias, cuyos signos ya por si solos representan un valor fonético indescriptible para la humanidad.
 El silencio se apodero de mí.
- Y además, quiero que sepa que el Dr. Carey es también el asesino de su esposo, cuyo cuerpo ha sido hallado oculto en el pozo de la fortaleza. Todo ha salido a la perfección, gracias a su audacia y valentía.
Más tarde, ya en Londres:
- Creo- dijo el comisario de policía- que el nombre de Eloísa debe quedar en los anales de la historia como una de las mujeres más intrépidas y valientes, que contó su vida en una carta sin destinatario.

lunes, 8 de octubre de 2012

Siempre hay un culpable (1ª parte)

En una reunión de periodistas, y cuando disfrutaba de uno de los descansos habituales, oí que en uno de los grupos se hablaba de una mujer llamada Elisa que viajó por medio mundo. Puse toda mi atención, y escuché una historia que confieso me fascinó. Y poco tiempo después busqué en las hemerotecas, encontrándola entre las mujeres viajeras más intrépidas del siglo XIX.
Elisa vivió una vida plena de disfrute, sacando de ella todo el jugo que le fue posible, hasta llegar a convertir el infortunio en algo provechoso. En una época difícil de su vida, y sumida en plena crisis existencial, se dedicó a hacer diversos viajes por tierras lejanas.
Cuando decidió dar por terminado el que fuera su último viaje, en la habitación del Hotel Tigris de Bagdad y mientras esperaba que recogieran su equipaje para regresar a Londres, Elisa escribe una carta. Su pluma corre veloz por el blanco papel.
Días después se encuentra de nuevo en su casa de Londres, en la calle Oxford Street y mira abstraída por su ventana el ir y venir de los atareados transeúntes que hacen sus compras por el centro comercial que siempre fue el más concurrido de la capital. Con la cabeza llena de recuerdos, se sienta ante su escritorio y se dispone a escribir una carta dirigida a una amiga imaginaria.
Querida amiga:
Mi vida cambio cuando mi esposo, un célebre psiquiatra, sin motivo aparente, me abandonó por una paciente rica y trastornada. Desapareció días después misteriosamente y recayeron sobre mí todas las sospechas de la policía.
 Como el cadáver, después de numerosas pesquisas, no aparecía, yo seguía vigilada por la policía a pesar de ser inocente. Un buen día, decidí dar a mi vida un giro de ciento ochenta grados para así poder realizar mis más profundos sueños y emprendí en solitario mil y unas aventuras. Quedé tan atrapada por ellas que llegué a olvidar mí verdadero motivo de  huida.
En el errar por el mundo, en una ocasión y para mi sorpresa, fui invitada por un arqueólogo, amigo de mi esposo a visitar las excavaciones que estaba realizando en Irak.
No entendí en esos momentos el interés que despertó en mí el visitar una excavación en un sitio lejano y enigmático como Irak, pero como era un reto más, acepté sin reparos.
Cuando llegue a Irak, y mientras esperaba ser recogida por mi anfitrión, recorrí con la vista las dos orillas del Río Tigris, pero ni su belleza mística consiguió apaciguar mi corazón que se consumía en mis propios enfrentamientos internos.
Un hombre vestido de árabe, se acercó a mí y pronunciando mi nombre en un pésimo inglés, me pidió que le siguiera. Mientras recoge mi equipaje se identifica como el asistente de Mr. Carey y su mirada me resulta desagradable y acerada. Llevaba una barba tan extraña que le colgaba como si fueran mocos. Y me sentí por primera vez desde que salí de Londres como se apoderaba de mí un extraño sentimiento de consternación.
Lo miré a la cara y a modo de saludo le dije:
-Mr. Carey ha sido muy amable al mandar que me recogiera - y mi voz sonó hueca de desolación.
Salimos de la ciudad y cuando llevábamos rodado unos cien kilómetros, nos desviamos de la carretera para seguir por un camino de tierra llena de baches y rodadas de camiones.  Cuando el viaje se estaba haciendo insoportable por el polvo y el calor, el árabe me indica un montículo bastante elevado, hacia donde nos dirigíamos y que  estaba situado a la orilla de un río de escaso caudal. Yo distinguí a lo lejos unos puntitos negros que se movían en fila como si fueran hormigas, eran los obreros de las excavaciones.
El conductor, siempre en silencio, dobló una esquina poblada de palmeras, después de un largo tramo del camino, pasamos por una estrecha vereda, aparcando el vehículo en un oculto ensanche del camino.  Nos apeamos y dejamos el vehículo atrás teniendo que subir un trecho donde el polvo hacia dificultosa la respiración. Cuando alcé la vista divisé en lo más alto una construcción de adobe protegida por un muro. Me pareció una pequeña fortificación medieval.
Una vez dentro, en el centro de la edificación había un patio rectangular donde todas las habitaciones tenían acceso. De una esquina arrancaba una estrecha escalera encalada, sin protección, que daba paso a la azotea desde donde se podía observar a los trabajadores del campo de excavaciones.
Estaba mirando todo con curiosidad, cuando a mis espaldas oí  a alguien hablar en mi idioma:
- ¡Hola, hola! -exclamó Carey.
Volví la cara y estaba allí como un iluminado con su entorno difuminado por el intenso resplandor del sol del medio día.
- Perdona-dijo Carey-no pude ir a buscarte, surgió algo importante a última hora.        Y cogiéndome del brazo, hizo que me sintiera como una marioneta desvencijada.
Un hombre detrás de Carey, me miraba como si fuera una aparición, iba vestido con un mono blanco cubierto de polvo, su rostro estaba bronceado, sus ojos negros brillaban como dos luceros.
Tendiéndome su mano, se presenta. Era el Dr. Louse y al estrecharla sentí su mirada transparente que duró apenas un instante pero que me estremeció.
Hasta que llegó la hora de la cena todo lo que veía a mí alrededor me pareció tan grotesco que creí estar de espectadora en una enredosa obra de teatro.
Al anochecer nos fuimos todos a la casa que la Fundación Mesopotamia (y de la cual participaba ampliamente mi marido) ponía a disposición de los arqueólogos y científicos que allí se encontraban. Estaba a escasos 2 kilómetros de las excavaciones.
Ya era la hora de la cena y cuando todos los componentes de la expedición entraron al comedor me parecieron figurantes, como en el teatro, cada uno parecía tener su papel asignado hablando solo de sus logros conseguidos. Ya en los postres, la puerta se abrió y apareció como una diosa una mujer de aspecto desenvuelto y sus ojos como dos punzones se clavaron en mí. En un momento vi como se abrían con asombro y su rostro se revestía de un vivo desconcierto.
Acercó la silla a la mesa, y a modo de presentación, desde el otro extremo se dirigió a mí y alzando la voz más de la cuenta dijo:
- ¿Ya has llegado?, soy Laura, la experta en lengua hebrea.
¿…?
Cenó en silencio y salió la primera del comedor.
Yo no entendía, no llegaba a comprender que hacía yo entre esa gente.
Después de un rato de tertulia, de la cual desconocía su contenido, me disculpé y me retiré a mi habitación. A solas me sentí de nuevo asaltada por una agitación muy diferente.
Debían ser las tres de la madrugada, y padecía un sueño ligero igual que el que dicen tienen las enfermeras. Como no podía dormir, me senté al borde de la cama pero me sobresaltó un fuerte aleteo cerca de mi ventana.

Continuará...

domingo, 30 de septiembre de 2012

Seis amigas (final)

De nuevo sus miradas se cruzaron acusatorias. Adela, en pie y con un brazo apoyado en la embocadura de la chimenea, empieza a dar órdenes de cómo resolver la tragedia, y dice:
-         Esto se soluciona llamando con carácter de urgencia a la policía.
Cuando salieron de su boca aquellas palabras, su voz se volvió ronca como la de un trueno y cayó desplomada al suelo. El silencio se podía masticar.
 Marcela no puede articular palabra y la puerta del salón se cierra con un golpe seco. Nadie intenta abrirla, se sienten sin fuerzas, atrapadas en una ratonera sin salida y a merced de no se sabía quién.
En la caída, Adela se hizo un profundo corte en el lado derecho de la cara y la sangre se deslizó por detrás de la oreja, donde se apelmazó con su pelo y la lana de la alfombra. Sus ojos parecían desorbitados.
Marichi, se asoma a la ventana y ve como una nube interrumpía tapando por completo el brillo lechoso de la luz de las estrellas. En unos instantes todo se convirtió en un tenebroso vacío y su cuerpo empezó a temblar. Sus ojos se anegaron en lágrimas incontenidas que nadie advirtió, trató de gritar pero ningún sonido salió de su garganta.
Y empezó a soplar el viento, cada vez con más fuerza silbando entre las flores que se agitaban, sacudiendo sus hojas como cataratas dejando los arbustos desnudos. El manzano que ocultaba la piscina de los ojos curiosos, ante el vendaval se inclina sumiso rozando las aguas de la piscina enturbiando su paz.
Tessa, le propone a Marichi, por mediación de Marcela, jugar una partida de cartas para distraer la angustia que estaban viviendo. Los dos cadáveres seguían en la misma postura en que murieron, por orden de la dueña de la casa. Marichi acepta la partida mientras Marcela sonríe complacida por la pasividad de las dos mujeres ante la situación. Se muestra orgullosa de poseer una prodigiosa habilidad para convencer y aprovechar la ocasión, para desviar la atención ante la incierta espera de la policía.
Cuando Tessa echa la última carta sobre la mesa, las dos caen desplomadas encima del tapete verde y el vaso de ponche donde había bebido Tessa se derrama. No hay sangre ni señales de violencia, sólo cuatro cadáveres provocados en circunstancias extrañas.
La  cabeza de Marcela es una máquina muy bien engrasada donde siempre se ejerce un perfecto control sobre el funcionamiento de sus ambiciones. Marcela le comenta a Paloma:
- Nunca podría haberlo hecho mejor que tú, eres un genio.
Las dos supervivientes bajan al sótano de la casa donde previamente habían  escavado fosas y depositan allí los cadáveres. Horas después, las dos salen de la casa no sin antes dejar todo en orden. Los dueños de la casa llegarían a la semana siguiente, de sus vacaciones en la nieve.
Los cuerpos fueron sepultados después de ser rociados con cal viva y seguidamente los taparon con piedras graníticas y con un antiguo dintel de la puerta principal que los albañiles habían dejado olvidadas en el sótano de la casa después de hacer las últimas reformas. Los dueños nunca bajaron al sótano.
Marcela y Paloma, una semana después de los silenciosos asesinatos toman la carretera de Extremadura con dirección a Madrid. Era una huida sin motivo aparente, pues nunca aparecerían los cadáveres. Sus familias jamás las echarían de menos, sólo eran unas mujeres despilfarradoras, que según sus maridos solo sabían vaciar sus tarjetas de créditos y que volverían cuando no tuvieran ningún “euro”.
 Ellas, las dos asesinas, estaban seguras que nunca buscarían los cadáveres en una casa que jamás perteneció a Marcela. Aquella casa se encontraba vacía todos los años por el mes de febrero, ¿Qué cómo lo sabían?, Marcela hizo de limpiadora durante unos meses en una agencia de limpiezas.
En la Navidad, se gestó la trama entre Marcela y Paloma, cuando Paloma limpiaba los vasos en la cocina del club donde se reunían frecuentemente y escuchaba las conversaciones extravagantes y ostentosas de las que hacían gala. Aquello le produjo una insoportable envidia que contagió a su amiga.
El coche rodaba hacia Madrid con velocidad moderada, pero un inoportuno asno a la salida de uno de los caminos rurales, se atraviesa en la carretera produciendo un leve accidente. Las dos, tranquilas y relajadas, esperan el coche de atestados, al encontrarse el animal malherido, pero el exceso de confianza de las dos mujeres hace que no se percaten de que una carpeta descansa en el asiento trasero del coche. En ella se guarda la documentación que habían robado a las desaparecidas y los policías al registrar el vehículo, las encuentran.
Fueron arrestadas y en el interrogatorio que se les preguntó por las mujeres. Ninguna dijo nada, sólo que miraran en sus pisos de solteras.
El inspector, después de un largo interrogatorio insistía en el lugar dónde se encontraban, vivas o muertas pero sospechando que las habían matado.
Paloma poseída de su gran fuerza mental, contestó prepotente:
-         Primero, impregnamos un dardo con veneno -dijo con sarcasmo- y cuando me encontraba tras Carla sirviéndole el café, se lo clave en el cuello. La pobre no se dio cuenta de nada porque ni tan siquiera reaccionó. Para Adela, hicimos la misma operación, pero de manera distinta, pues se lo clavó al apoyar su brazo en la embocadura de la chimenea, gesto que sabíamos le gustaba hacer. Pusimos varios dardos envenenados diseminados, que se podían clavar con facilidad, por si alguno nos fallaba.
-         ¿Pero y las otras dos?- preguntó el inspector de policía.
-         Muy sencillo -empezó a contar con desparpajo de saberse impune Paloma- en el asiento de las sillas pusimos sendas alfileres con el mismo veneno, teníamos de sobra.
-    ¿Pero qué veneno? -gritaba desalentado el comisario.
 Las dos se encogieron de hombros, tardando unos minutos en responder.
- Bueno, la muerte de las dos últimas fue la más sencilla, dijeron con regocijo- aunque tardaron unos minutos en clavárselas. Esto es todo señor inspector, ahora saque sus conclusiones.
El comisario, tomó asiento y se quedó mirando fijamente a las dos mujeres, que ante la mirada penetrante del comisario, las dos tuvieron, por unos segundos, síntomas de inquietud.
La aridez y la supuesta criminalidad de las dos amigas crearon en el inspector una enorme cefalea, al no encontrar ninguna prueba a pesar de tener muchos indicios. No había ningún cadáver, no las podían acusar de asesinato y además la historia podría ser inventada, parecían no estar en sus cabales.
. Y así, las dos siguieron su tortuoso camino.
Se ponen de acuerdo y las dos asesinas deciden ir a Turquía. Ya en la maravillosa ciudad de Estambul, pasean en una barca por el cuerno de Oro, donde el estuario se encuentra con el mar de Mármara.  Frente a la fortaleza de Rumeli, alguien con una caña hueca desde el puente de Galata, les escupe sendos dardos envenenados.  Las dos mujeres caen al agua heridas mortalmente en la nuca.
Aquel accidente no lo presenció nadie y no pudieron ser rescatadas. Las aguas del mar Mármara hicieron el trabajo del comisario, apresándolas para siempre en su lecho. Nunca más se supo de ellas y por eso, tampoco se encontró ningún culpable.
Siempre hubo un factor desconocido para el inspector de policía en la relación que conexionaba a todas aquellas mujeres y que le hacía sospechar que cualquiera de ellas podría haber sido culpable o victima  del peculiar mundo en el que vivían y que les llevó a esa encrucijada.


lunes, 17 de septiembre de 2012

Seis amigas (1ª parte)

Había llovido y desde su ventana, Carla veía el mundo por primera vez con la frescura coloreada de una mariposa que acaba de salir de la fase crisálida y tiembla bajo la luz del sol.
Suena el teléfono y Carla descuelga el auricular molesta por interrumpir sus pensamientos que por primera vez desde hacía tiempo eran positivos para ella. Al otro lado del hilo, su amiga Paloma la invita a pasar una agradable velada con su grupo de amigas en la casa de una conocida suya, recientemente llegada a la ciudad y que es viuda de un diplomático.
Carla, morena y de baja de estatura, con las piernas combadas a la altura de las rodillas y mirada inquisitiva, acepta la invitación y mientras sonríe, su boca se desvía hacia un lado. Siempre se creyó imprescindible en los eventos sociales del grupo en el que se movía por ser la esposa de un cacique de los políticos que en esos momentos se encontraban en el poder y presumía ante las demás de saber chismes e historias íntimas de las señoras de los ministros.
El teléfono suena en casa de Adela. Después de recibir la noticia del evento, se pone a pensar qué ponerse para causar sensación. Su esposo es secretario de un alto cargo del gobierno. Su delgada figura tembló de emoción al encontrar en el fondo de armario un vestido rojo que hacía tiempo había comprado en París en una boutique carísima mientras sus redondos ojos inexpresivos parecen sonreír. La noticia le agradó tanto que aunque no era costumbre en ella, empezó a tararear una moderna canción.
Marichi, también recibe la esperada llamada y es informada por Carla.
 Desde ese momento, se afana en elegir su vestuario. Del joyero elige el collar que tanto llamó la atención en la boda de su hija por ser espectacular Y ahora, pensó:
 Sólo tengo que buscar algún vestido que tenga mucho escote.
Marichi  es una mujer de carácter envidioso y mucha dosis de rencor cuando se le lleva la contraria. Su fortuna le venía de un pariente lejano que murió sin descendencia, siendo ella la única heredera de un célebre prestamista y usurero. Marichi luce una figura vulgar, pero se siente feliz cada vez que se mira al espejo y piensa “soy la más rica de todas ellas”.
Tessa, la más joven de todas, es dicharachera y divertida. No tiene complejos, para ella la vida le sonríe. De tipo algo gordita, sus ojos son demasiado grandes  para su cara pequeña y por eso casi siempre los tapa con grandes gafas de sol. Su esposo lleva el departamento de gestión de grandes fortunas de un prestigioso banco y aunque está prohibida toda divulgación de su negociado por estricta confidencialidad, ella presume de saber quiénes tienen las mayores fortunas de la ciudad.
Paloma, cotilla con aires de grandeza, siempre se creyó la más importante del grupo. Presumió de tener un tío segundo condecorado con la medalla de Isabel La Católica por haber salvado la vida a un sobrino de la esposa del príncipe heredero que fue mordido por una víbora cuando cabalgaba por un camino rural de la alta Extremadura y cayó de su caballo.
 Pero la arrogancia de Paloma no le permitía decir que este suceso realmente acaeció cuando su tío iba caminando por la vereda para segar como bracero al campo de un terrateniente, coincidiendo que el joven aristócrata cabalgaba cerca de esa era. Fue premiado por su arrojo y valentía, cuando con su navaja hizo un corte en la pierna del joven extrayéndole el veneno, y salvar su vida.
Llegó el día en que todas las convocadas se reunieron en casa de Marcela. Aunque no habían tenido la ocasión de conocer ninguna de ellas a la anfitriona aún así, ya se habían informado que era una de esas mujeres que parecía que la vida se extendía delante de ella como un calendario vacío que tenía que llenar cada mes, cada semana, cada día, por eso Paloma les contó a todas, haciendo de portavoz, la clase de mujer que era. Una mujer asidua en reunir a gente periódicamente en su casa allí donde se encontrara. Sus constantes viajes le hacían variar de ambientes desde que murió Juan, su esposo y la vida le parecía insípida y sin nada que esperar, ni por lo que sentir excitación.
La casa donde convocó Marcela a las amigas de Paloma, era una casa provisional hasta encontrar una que la satisficiera plenamente. Estaba ubicada en uno de los barrios más modernos y elegantes de la ciudad, rodeada de un jardín primorosamente cuidado donde los narcisos y los magnolios desplegaban altivos sus flores de talante sensual. Cuando aún los días fríos del invierno daban sus coletazos, escondida tras unos manzanos, se encontraba la piscina, que a pesar del tiempo frío, sus aguas se mostraban limpias y transparentes.
Una a una llegan a la casa desplegando elegancia, aparentando dominio de opulencia y se reúnen en el salón. Nada más entrar, frente a la puerta, está la chimenea que desprende un calor cálido con sus rescoldos. La mesa de comedor de reluciente madera se encuentra en un ángulo del salón cerca de la puerta de la cocina y está repleta de bandejas con dulces variados y galletas recién hechas. De la cocina sale un agradable olor a café.
Mientras, afuera, una claridad blanquecina, nítida y fresca iba apagando el día.
Enseguida se hicieron todas amigas y las conversaciones entre ellas eran criticar a conocidas, a mujeres de rivales de sus maridos o aquellas que ocupaban un puesto social que no les pertenecía. Ninguna era suficientemente guapa ni delgada ni tenía suficiente dinero para entrar en su grupo, a no ser que viniera invitada y con referencias de Paloma. También presumían y se contaban mentiras las unas a las otras. El truco estaba en que ninguna era sincera y para que aceptaran tu mentira había que creerse la de la otra, un auténtico juego de vanidades.
Cuando hablaron de trapitos, la conversación se hizo más acalorada pues no llegaban a ponerse de acuerdo en las tendencias de moda, llegando a parecer, por el guirigay que tenían formado, que un gallo había entrado en un gallinero.
¡ Eran todas tan vacías!
De repente, se produce un apagón y el salón se queda en la más absoluta oscuridad. Una sensación de impotencia les embarga en esos momentos, no se oía ninguna respiración pero en unos minutos volvió la luz y todas se miraron en silencio. En ese instante empezó de nuevo el murmullo no exento de perplejidad, pero solo una de ellas permanecía callada, Carla que parece impasible ante los comentarios surgidos después del apagón y sus brazos apoyados en la mesa se muestran lánguidos.
 Marcela pronuncia su nombre angustiada pero ella no responde a su llamada, no hace ningún movimiento, todas se alarman, cuando alguien dice con voz estrangulada:
-         Está muerta.
El grupo reacciona intentando salir del salón en estampida buscando la salida de la casa pero Marcela, la dueña de la casa, serena, y apoyada en el quicio de la puerta, les impide la salida y alude que nadie puede salir de allí hasta que todo esté aclarado.
Nerviosas entran de nuevo en el salón, y toman asiento en los sofás que hay dispuestos frente a la chimenea.
Mientras, Carla se encuentra con el cuerpo inclinado sobre la mesa, su rostro bajo la luz opaca del salón, parece una máscara indómita de líneas y sombras de otro mundo. Alguien dijo al mirarla:
- Está horrorosa.
Silencio.


Continuará...

martes, 11 de septiembre de 2012

Recuerdos

Por la estrecha ventana entraba la luz mortecina de una farola como puñales de luna que se alargaban trepando por la pared. La lluvia lavaba las infamias arrastrándolas por los desagües del olvido.
Raimunda, en la soledad de su alcoba, sentada ante el tocador, se mira fijamente interpretando a su manera las arrugas que el tiempo implacable y sin permiso se había encargado de cincelar sobre su rostro como un experto escultor.
Con un gesto de desdén, rechaza esos pensamientos y empieza a recordar tiempos si no más felices, al menos gratos de guardar, como aquel viaje que la llevó a Turquía una maravillosa primavera. Sus ojos, ante el recuerdo, se iluminaron y su cuerpo flácido y arrugado se irguió como un mástil hasta sentirse joven.
En aquel viaje, conoció que el mundo era diferente a lo que ella siempre había vivido, todo era tan cosmopolita, tanto las razas como las almas, había musulmanes, judíos, otros ortodoxos, cristianos…
Todos conviviendo en aparente armonía, tanto, que en la imaginación de Raimunda, sintió que a todos ellos, en ese conglomerado de lenguas y religiones, les faltaba un rey que los gobernara con sabiduría para que ese remanso de paz durara siempre.
Aquel viaje lo hizo acompañada por Lupe, su amiga de la infancia, alegre y dicharachera, y Ramona, compañera de estudios, seria y miedosa. Agregándose al grupo a última hora Ernesto, un chico simpático y atractivo, poco conocido por ellas, pero que fue aceptado de buen agrado.
Una tarde, haciendo un recorrido turístico por el puente Gálata, y cuando Raimunda extasiada miraba las embarcaciones que sin cesar surcaban las aguas por el Cuerno De Oro, al volver la cara vio un tumulto. Los musulmanes que son muy dados a las lamentaciones en voz alta, miraban con desprecio hacia el otro extremo del puente y cuando curiosos se acercaban a ver lo sucedido, se llevaban las manos a la cabeza, profiriendo toda clase de improperios, Raimunda miró hacia donde estaba la razón de tanta injuria y vio atónita a Ernesto, su compañero de viaje que se retorcía en el suelo de dolor ante su mano derecha cercenada y lucía un enorme cartel en el pecho que decía en varios idiomas: LADRÓN, mientras con la mano que le quedaba la señala y acusa de tener ella en su bolso el objeto robado en la Mezquita de Sta. Sofía.
Lo mira y no entiende nada, cree que se había vuelto loco. Raimunda aún no había visitado la Mezquita y, por unos momentos, se queda perpleja y cuando reacciona sus amigas han desaparecido, la han dejado sola. Mira asustada en todas las direcciones pero no las ve, solo sabe que ahora todo aquel tumulto va contra ella.
 Sale corriendo sin rumbo fijo llena de terror y en su locura se precipita por una calle estrecha y tortuosa, repleta de tabernas y bazares donde se puede comprar de todo, alfombras, abrigos…
En su carrera precipitada no sabe donde se encuentra y se acerca a un hombre cargado con pequeñas alfombras:
-         ¿Sabe cuál es el nombre de esta calle?- le pregunta en un atropellado inglés.
            El hombre, con un gesto de no entender lo que decía, le contesta a voces en griego.
En su huida, ve a un tártaro cubierto de pieles de cordero, parecía querer entorpecer su carrera pero se hace a un lado mientras la mira insistente con sus ojillos negros.
Sigue adelante su carrera pero ahora es más sosegada. Empieza a tener visiones incoherentes que acrecientan aún más su soledad, porque al estar perdida en un país que no se conoce, todo puede pasar. Pronto anochecería y al volver una esquina aparecieron ante ella como fantasmas ondulantes y ligeras, unas jóvenes musulmanas que bajo sus velos impenetrables, parecían reír a coro, cuando regresaban a sus casas antes del ocaso.
Desesperada, cree que está perdida sin remedio y su corazón se acelera tanto que su latido retumba en las sienes, y piensa, que tienen mucho miedo, que sería horrible que pudiera tropezar con alguien que quisiera hacerle daño, algún asesino acechando al doblar un recodo de la laberíntica calle.
De pronto, una voz la hace detenerse y antes de mirar intenta serenarse. Apresura sus pasos y de nuevo la voz, profunda pero suave, se acerca a ella hasta rozar su oreja, se vuelve y era “él”.
Ahora y en la soledad de su alcoba, evoca, aquella época de huidas, intriga y amor junto a un pirata genovés cuyo barco surcaba por el Mármara.
La sonrisa volvió a su marchita cara y sólo se trunco al volver a la realidad.
Pudo haber sido muy feliz con aquel hombre que la salvo sacándola del país cuando era acusada de un delito que no cometió, pero el cuerpo del delito ahora reposaba en un cajón de la cómoda, como lo que era, una reliquia, que si hubiese sido recuperada por la Mezquita, le hubiera costado su mano derecha. Ernesto no supo lo que hacía al guardar el objeto robado en su bolso.
Lo que más separa a los hombres son las religiones, que no quieren entender que el nombre de Dios es único, que no sabe de fronteras. Por esa razón el genovés se quedó en Turquía. Raimunda no pensaba que en esta época de libertad todo hubiera sido diferente, porque el presente, ya no es el mismo que era, pero el futuro tampoco es lo que será.
A los sueños les sucede el despertar y con el despertar se vuelve a la realidad. Esa realidad solo te la devuelve el espejo del lavabo cuando cada mañana te lavas la cara, quedándose los sentimientos, que quizás, también hayan sido eso, sólo un sueño.

Mister

El reloj, como siempre puntual, hizo sonar su timbre a las siete de la mañana.
El día amaneció gris y el sol se mostraba tímido, quizás este día había decidido no salir. Kati, como era su costumbre al levantarse, se puso la bata de color azul y se dirigió al cuarto de baño, donde hizo el ritual de lavarse las manos, la cara, y cepillarse el pelo, cuando un ruido estrepitoso alerta a la aún adormecida joven.
El móvil, de repente, parece tomar vida propia y dando un salto desde el bolsillo de la bata de Kati cae precipitadamente al inodoro. Con premura y desconcierto mete la mano con precaución para cogerlo, y cuando cree tocarlo con la punta de sus dedos e intenta sacarlo, mete aún más la mano hacia el sifón, pero para su sorpresa, el teléfono se hunde cada vez más y está ya inalcanzable.
 Hace un pequeño esfuerzo más sin pensar y mete el antebrazo. Se da cuenta de que ya no puede moverse, está atrapada, ahora ya tiene metido medio brazo en el váter. A medida que corren los minutos un terror inenarrable se apodera de ella. En la encrucijada umbría de la suerte impenetrable, el implacable destino la esperaba, un destino que aquella mañana le era adverso. Ese día tenía una cita importante de trabajo, del teléfono dependía su más inmediato porvenir. Mientras, le va invadiendo una gran inquietud
Unos jirones de luz que entran por la ventana parecen querer despertar a las figuras de escayola que descansan en una repisa que pende encima del inodoro, éstas parecen correr a esconderse entre las sombras de la pesadilla.
Mira de reojo hacia el pasillo y ve como unas luces extrañas empiezan a bañarlo, llenándolo de hermosos brillos plateados, los cuadros colgados de la pared representan las cuatro estaciones del año, es primavera, un extraño temblor la invade mientras mira el suceso, se queda petrificada.
De repente una ráfaga de viento, abre la puerta que da al balcón del salón inundándolo al instante de hojas secas que al ser arrastradas por el suelo de parquet componen una sinfonía siniestra.
En el silencio el timbre del teléfono fijo empieza a sonar, insiste una y otra vez, pero ella no puede cogerlo, está atrapada y siente un repentino escalofrío, su corazón empieza a desbocarse y piensa que en el edificio donde se encuentra apenas puede haber vecinos, es la hora de estar cada uno en sus quehaceres.
Nadie la puede oír para auxiliarla y su mano se entumece, le duele, es un dolor extraño, sordo, como de calambre continuo. Un relámpago precede a la tormenta que se desarrolla con un estruendo de agua que cae del cielo.
En ese instante el móvil empieza a vibrar y el váter parece oscilar. Seguidamente, es el timbre de la puerta el que suena y la hace temblar, se encuentra sola, tiene frío, la bata es fina. Siente en los dedos un desagradable hormigueo, algo le está mordiendo las puntas de los dedos. De pronto por el váter empieza a salir agua a raudales, se le están mojando los pies, el suelo a cada momento se ve más mojado, la casa se está inundando, en esos momentos piensa que va a morir ahogada…
Afuera la tormenta se vuelve virulenta haciendo temblar los cristales del edificio, la falta de claridad en la calle le da un aspecto turbador, siniestro.
Pero Kati, al despertar, ve a su mascota acurrucada en su regazo.
Después de hacer intensos esfuerzos por despertarla, Mister, un gato peludo, noruego, cariñoso, y dócil, al darse cuenta que su amita no despertaba, puso en marcha el único mecanismo que sabia y tenía a su alcance, lamerle las manos y mordisquear sus dedos.
 Todo fue al notar el astuto gato que se había vuelto a quedar profundamente dormida encima de la cama.
Al despertar, Kati sonrió mirando a su alrededor. Todo estaba en orden en la casa, sólo había sido una horrible pesadilla. Y acarició a Mister mientras éste ronroneaba de placer.