sábado, 21 de abril de 2012

Mis queridos lectores:
El pasado viernes 13 de abril, estuve en la Cadena Cope en el programa La Linterna con Franquete. Si queréis escuchar la entrevista, copiad y pegad la ruta del enlace siguiente:
http://caceres.cope.es/audios/audiolocal-13-abril-la-linterna-con-franquete-194784

martes, 17 de abril de 2012

Queridos lectores de Los relatos de Teresa:

Muchas gracias a todos los que habéis asistido al acto celebrado el pasado viernes en el Club Polideportivo el Encinar. Allí estuvimos Antonio Bueno (escritor de Turismo), Nuria Pérez (dramaturga) y una servidora además de Ana Bueno, una amiga y presentadora excepcional.
Después de un breve comentario sobre cómo empecé a escribir, leí un relato llamado "Los hijos de la noche", el cual vuelvo a colgar en este blog a continuación:












LOS HIJOS DE LA NOCHE

Lleva ya dos años perdida en la niebla después de una muerte adelantada. Los amigos dicen de ella que viajó sin boleto de vuelta y que se fue a ese diminuto pedazo de mapa que es Cáceres, porque a ella siempre le atrajo el escenario natural de esta ciudad, donde nacieron sus padres, que llenó su vida de ilusiones y vivencias, centrando en esta tierra sus ansias de volver a ella.
Adriana, siempre desde que la conocí, me pareció un ser de otro mundo, de un mundo en el que ella quería cambiarlo todo, arreglando las catástrofes sociales en las que muchas veces se vio envuelta. Era verdad, a los que la conocimos nos pareció que era diferente. Sus padres fueron grandes en el señorío cacereño y lo sumaba al poder de un talento joven.
Esto le hacía ser una líder donde quiera que se encontrara, siendo adorada por unos y odiada por otros con la misma intensidad. Cuando escribo esto, apelo a la descripción de Adriana y ahora busco, una parábola de algo que aludir a los que se encuentran en el más allá.
Siempre pensé que estar con ella era como moverse en un tablero de ajedrez, que te obliga a estar atento y mantener una actitud expectante en todo lo que decía, si no querías ser derribado.
Aquella tarde, cuando la vi pasear por la Gran Vía de Madrid, una nube de perfume caro que la acompañaba en su paseo me hizo volver la cabeza. Nos encontramos cara a cara, y como si fuera una cita concertada, entramos en una cafetería para merendar. Siempre fue una de mis alumnas preferidas en el colegio Mayor del Carmen, donde yo impartía clases de historia hispánica. Al salir de la cafetería un millón de finas gotas de agua se clavaron en nuestra piel.
La tarde empezó a oscurecerse de pronto. Un aire, grueso y pegajoso enrareció la atmosfera y el flujo eléctrico se cortó quedando la ciudad a oscuras. Tardó más de la cuenta en restablecerse.
 De repente, en menos de un segundo, un coche que sobrepasaba la velocidad permitida, se adentra en la acera con ímpetu y atropella a Adriana. Yo paso de no poder reaccionar ante la situación a perder el control por el pánico, sintiendo en esos momentos como si el cerebro se abriera al paso de la electricidad de los rayos. Y un escalofrío me recorrió cuando miré a Adriana, tendida, en el suelo, inerte. En mi cuerpo noté como si miles de agujas me pincharan los brazos y las piernas.
Cuando pude hablar, mi voz sonaba rara, sintética. Las sirenas de las ambulancias de la Cruz Roja batieron la atmósfera enrareciendo el lugar, haciendo temblar los cristales de los escaparates de las tiendas.
Pasó algún tiempo después del accidente y la inquietud de la escena vivida no había dejado de atenazarme. En Cáceres, y en una calle medieval, en un el edificio de estilo Gótico del siglo X V II bellamente construido de mampostería y sillería,  en el que en ese siglo, ejercía la hospitalidad a los peregrinos que iban hacia Compostela…
Por las noches en una de las ventanas de arco aquillado propio del Gótico tardío, una mujer joven se asoma cada noche para contemplar el cielo estrellado, parece esperar...
Nadie sabe quién es, la casa está deshabitada, pero cada día y puntual, en la penumbra del ocaso ha sido vista por algunos transeúntes ignorantes de lo que sucede en la casa.
En una de mis vacaciones, obsesionado por lo que contaba Adriana me dirigí hacia Cáceres, pues me decía que era una ciudad que por las noches estaba encantada.
Después de encontrar alojamiento en uno de los palacios que ahora es Parador Nacional, paseo por la Ciudad Monumental. Se estaba haciendo de noche, y sentí como mi sombra me perseguía amenazadora en cada recoveco de las estrechas callejuelas. De repente se acerca con sigilo, un tipo larguirucho, menudo, y de ojos saltones, que parándose ante mí, se ofrece para guiarme por las oscuras, misteriosas, y solitarias calles con paredes que al parecer respiran aún a pesar del tiempo, y que inspiran al rozarte con ellas, anhelos del pasado. Yo, confuso, acepto su ofrecimiento, no sin antes alertar mis sentidos.
La noche se volvió fría, negra y salpicada de grandes nubes azuladas.
Después de caminar por las calles empedradas y admirar los escudos nobiliarios que se prodigan, me ofrece entrar en uno de los palacios. Acepto la oferta y en el atrio me envuelve una niebla helada y brillante que se extendía hacia las escaleras, pareciendo una gran burbuja.
Mi ritmo cardíaco aumentaba más y más cada minuto hasta parecer dispararse. Cuando levanté la vista vi a Adriana en medio de la niebla. Mis pulmones aspiraron con ansiedad una dosis de aire tan frío y húmedo que me hizo toser. Caminé hacia las escaleras por un pavimento de piedra que retumbaba a cada paso bajo las suelas de mis zapatos.
Una vez junto a Adriana, la mire dócil e incrédulo por lo que me dejé llevar sin decir palabra, nos adentramos por un laberinto de pasillos, escaleras, habitaciones, que abrían sus puertas misteriosas a nuestro paso. Subimos por una estrecha escalera de piedra que terminaba en una pared donde una gatera era la única salida.
En ese instante me invadió una desagradable sensación de mareo, y la impresión de que si miraba hacia atrás me podía caer por las escaleras en cualquier momento. Salimos por la gatera a duras penas, mientras Adriana sonreía y en la comisura de sus labios se aferraba una blanquecina saliva reseca.
El terror se apoderó de mí, casi me hace vomitar de angustia. De repente y sin motivo alguno sentí una calma que hizo que la respiración fuera más acompasada y mis músculos tensos empezaron a relajarse.
Mientras, una luna llena magníficamente plateada alumbraba los antiguos edificios de la Ciudad Monumental.
La esbelta torre de las Cigüeñas empezaba alargarse hacia la plazoleta como una lanza afilada al empezar el ocaso. La gatera, nos condujo, después de atravesar un largo pasadizo, a una habitación, donde no se apreciaban los enseres propios de una casa de esa categoría. Allí no había muebles, ni ropas, solo una habitación oscura donde parecían sucederse infinitos salones que parecían perderse en la nada. Alguien se acerca sigilosamente, enciende las velas de la lámpara que pende del techo y en la oscuridad, al encenderse titilaban con su resplandor de sombras irregulares haciendo del ambiente una terrible pesadilla.
Al fondo de la habitación, un tapiz de seda primorosamente pintado con alegorías de guerra cubre la espalda de una silla regia, desde donde una mujer de mediana edad me alarga su blanca y huesuda mano para ser besada, su corona reluce con destellos rojizos a la luz de las velas, (era Isabel la Católica el día en que llegó a Cáceres para poner orden entre los nobles de la ciudad).
Salgo extenuado del salón hacia un jardín seguido por una Adriana que sin palabras me decía ¿ves esto? Esto ha pasado en Cáceres. A cada momento siento como si mi mente estuviera, ausente, dormida. La casa que estaba al fondo del jardín, parecía haber sido sellada herméticamente, pero se podía apreciar a un lado de la pared lateral como se abría una pequeña puerta. Entramos y no se veía distribución alguna, solo una pared que resplandecía como la luz del sol y un escudo nobiliario de piedra con unas iniciales grabadas que solo eran visibles en la oscuridad. Mi corazón pareció pararse, fue una reacción propia de las circunstancias que estaba viviendo.
Miro asombrado esas iniciales. Me suenan, son familiares pero… me sereno y al instante recuerdo que las había visto en un retrato cuando era niño colgado en el salón de mis padres además de grabado en el anillo de mi abuelo.
Se abre una gran puerta frente a mí y aparecen todos los miembros de mi familia ausentes de este mundo, sonriendo, mirándome. Las luces de las velas se apagan en el salón del trono y todos, incluyendo a Adriana que me miraba emocionada,  empezaron a emitir de sus cuerpos pequeños destellos de luz, eran los llamados “hijos de la noche”.
El reloj daba las doce de la noche en el campanario de la iglesia de San Mateos.
Nunca fue un simple rumor, pues desde la calle y en la penumbra de las casas a veces se ven sombras que parecen habitar estos lugares. Todos los que las han visto no dudan de su veracidad, pero a veces esa simple visión  tiene que pagar un precio, que es el del silencio o que te digan que tienes alucinaciones.
Nunca supe cómo me quede con mi familia. Con ellos ante mí, experimente un agradable cosquilleo, y así con total normalidad, sin sobresaltos, descubrí algo esencial, tenía que estar con ellos en esos momentos cruciales.
Les habían usurpado su casa, una casa que sin yo saberlo era de los antepasados de Adriana y los míos. Mientras mi cuerpo empezaba a desprender destellos, justo en el instante en el que la casa era derribada por dentro para hacer un hotel de lujo.
La polémica del derribo hizo mella en muchos cacereños, pero las protestas de la ciudadanía por el patrinomio cacereño no llegaron a nada. Nadie supo que desde su ventana y cada noche me esperaba impaciente Adriana.
La casa de mi familia desapareció poco después ante los atónitos ojos de sus moradores,  y en su puesto se construyó un hotel con pretensiones de antiguo.
A pesar de todo el derribo, sus especiales y antiguos moradores no se resignaron, estaban acostumbrados a las rencillas y continuos escarceos belicosos por el poder del territorio que tuvieron  los nobles.
Por las noches y en los sótanos del nuevo hotel, hay reuniones, se escuchan conversaciones y se hacen proyectos de cómo llegar a la torre del homenaje del palacio de al lado. Quieren luchar contra los que les han quitado su habitat y  piensan en técnicas medievales ya en desuso como echarles aceite hirviendo desde la torre, pero… sin herir a nadie, podrían urdir una estrategia mucho más eficaz para poder volver a su casa.
 Todos juntos y en el subsuelo, se convocaron y compenetrados, hicieron un ruido perfecto, provocando que cada noche bombearan decibelios desde sus cerebros al campanario, el cual, al dar la hora de media noche, emitía notas agudas con consecuencias pavorosas. Su objetivo no era otro que al hacerse resonar y dar a conocer a todos los intrusos que no se habían ido.  Ellos podían acceder a los umbrales de la percepción donde no podía pasar ningún ser viviente, solo los llamados” hijos de la noche”.
Algunos creerán que no es verdad, pero yo los he visto asomados a la ventana, vigilantes, en las noches medievales del Cáceres antiguo.






jueves, 12 de abril de 2012

El estanque (3ª parte)

Miro hacia atrás y veo con sorpresa que era Linda. Desde aquel instante, nunca más se separó de mí, parece que ella no se resigno a perderme y aquí la tenía, vestida de cowboy como si fuera a una fiesta de disfraces y dispuesta a vivir en el campo y no alejarse de mi nunca más.
Jamás pregunte como pudo llegar hasta la finca.
La sorpresa fue muy agradable y apoyándose en mí despidió al taxista y nos cogimos de la mano y seguimos nuestro camino mirándonos pensativos sin hablar.
Llegamos a la casa y como siempre la verja abierta y la vereda que conduce a la casa cubierta de hojarascas que hacen imposible ver el pavimento de pizarra primorosamente azulado cuando esta limpio.
Entramos en la casa y como si nunca hubiera estado fuera, entro en la cocina y enciendo el hornillo, cojo una olla de porcelana, la lleno de agua y con unas hierbas que allí había leo la aplicación curativa. En grandes letras “Fresno”, eran cosas de mi abuela.
Me quito los zapatos y los calcetines. Pongo al fuego una jarra con agua y cuando está caliente la echo en una palangana, meto los pies cansados y me quedo relajado. De nuevo me vienen los recuerdos de mi niñez, mientras Linda inspecciona la casa.
Busco entre el polvo acumulado de tantos años la casa cerrada y encuentro unos cuantos troncos secos en el leñero y al anochecer enciendo la chimenea del salón. Ya sentados después de la cena le cuento la historia de mi vida a Linda con una copa de whisky en la mano.
 Agotados, ella escucha mi relato de los hechos que allí acontecieron, sin ninguna pregunta ni comentario. Ya a media noche decidimos ir a la cama.
 Linda me pide descansar en la habitación donde había dormido mi abuelo  y yo accedo encantado pero al abrir su cama encuentra en el embozo una rosa roja marchita que toma en sus manos y con sorpresa una espina se le clava en la palma de la mano.
Le brota un hilillo de sangre que mancha la colcha amarillenta por el tiempo, y alarmada me llama: ¡José!
Después de mirar la herida,  le quito importancia  y busco en el botiquín algo que la pueda curar. Como no encuentra nada decido buscar en la cocina alguna hierba que solía usar la abuela.
Después de mucho buscar entre la colección de latas con hierbas secas que siempre guardaba mi abuela en una etiqueta pude leer “Parietaria” y viendo cuales eran sus propiedades curativas puse al fuego unas cuantas hojas. Minutos más tarde el jugo sirve para desinfectar la herida,  que tapo con una venda que encuentro en el cuarto de baño. Parece solucionarse el problema y dormimos los dos dulces sueños como niños.
A la mañana siguiente, el azul del cielo es claro y brillante, el olor del sarmiento y la brisa que mece los olivos hace que los sentidos despierten hacia un mundo irreal.
Todo va de maravilla, yo estoy encantado con Linda a mi lado y por haber decidido ésta dejarlo todo por mí.
   Sin desayunar bajamos al pueblo a comprar viandas no sin antes pasar por la churrería. Saludamos a los vecinos curiosos que nos miran sin disimulo y cuando llega la hora de la comida decidimos comer en el bar del pueblo. Allí en el bar conocimos a una mujer que buscaba trabajo y la contratamos para que nos ayudase en las tareas de la casa.
 Una vez que la despensa estuvo llena nos sentamos en el salón a charlar de lo acontecido. Observo cómo la mano de Linda empieza a hincharse y el dolor que siente es cada vez más insoportable, apenas puede disimularlo pero lo intenta.
 Linda no quiere alarmarme y resistiendo el dolor empezamos a comentar lo que habíamos vivido esa mañana en el pueblo y decidimos, entre bromas y risas, pasar el día siguiente en la finca, sin salir y  sin que nadie nos molestara, así pasaríamos el día tumbados bajo el sol primaveral.
Al anochecer un hombre de aspecto rudo llama a la puerta y se ofrece como labriego. Sabe que hemos contratado a una señora para las labores de limpieza y cocina y piensa que pude ser necesario también. Después de hacerle unas preguntas rudimentarias le acepto ya que no pone ninguna objeción a sus honorarios.
Desde entonces va a ser el que vigilará los viñedos y limpiará la linda vereda que desde la verja llevaba hasta nuestra casa.
A la mañana siguiente, a un coche Seat1500 de los años setenta sube la vereda. Al llegar al linde de mi finca aprovecha la rotura de una pared de piedra  y entra el coche por ella. Cuando llevaba un trecho rodando por el barbecho, n tronco de árbol talado le da de lleno en el vehículo y rompe el cárter en un enorme encontronazo.
El coche se para y su conductor, un hombre de sombrero de paja y cinta negra se tiene que apear del mismo para seguir a pie, acercándose a la casa con sigilo y acechando como un cazador para coger al dueño por sorpresa.
Pero el ruido en pleno campo adquiere una gran dimensión, es tan perceptible que lo oigo desde mi salón, cojo mis prismáticos y ojeo con escrúpulo el entorno.
Veo a un hombre acercarse a la casa haciendo zig-zag por el maizal.
Alertado por no saber las intenciones del intruso aviso a la policía del pueblo y mientras espero que aparezca la benemérita, el hombre deja de moverse.
Me inquieto en la ausencia de movimiento pensando que algo lo ha paralizado.
Yo espero impaciente a la policía y esta llega pronta.  Entonces supe que una oportuna serpiente venenosa le había mordido la pierna quedando lo inmóvil. Los guardias encontraron al individuo inconsciente entre las hierbas  y se lo llevaron al hospital más cercano.
 Pasadas un par de horas me intereso por su salud, tiene envenenamiento por mordedura de víbora y le deben depurar la sangre con transfusiones. El tratamiento durará tres días y ya restablecido lo detendrán por intromisión a la propiedad privada. No sabía qué pensar, tenía incertidumbre sobre las intenciones de ese hombre. Parecía que se había resuelto de una forma aparentemente sencilla pero yo estaba nervioso.
Desde aquel día el sueño lo tengo interrumpido y me da miedo la oscuridad. Las puertas las cierro a la puesta de sol  y Linda no entiende mi actitud pero acata mis ordenes con sumisión de mujer enamorada. Los días pasan sin sobresaltos y después de unas semanas todo vuelve a la normalidad.
Linda no se encontraba bien después del pinchazo que sufrió con la espina de la misteriosa rosa. La fiebre empezó a hacer mella en ella y su tez blanca y transparente se torno cetrina robándole su encanto.
Decido llevarla al hospital y después de un reconocimiento exhaustivo y pruebas bacteriológicas no le encuentran nada. Regresamos a casa y con la medicación que le receta el medico parece mejorar pero por la noche y cuando se acostaba, aparecía en la cabecera de la cama una rosa roja que Linda nunca vio. Sus sueños no volvieron a ser reparadores, sólo descansaba cuando dormía la siesta sentada en la butaca del salón después de la comida del medio día.
 Yo la observaba y no entendía el porque había cambiado tanto, ya no era la muchacha alegre que conocí en una noche de desenfreno en la ciudad del juego.
Durante unos días concebí la idea de hacer reformas en la casa para tener mayor comodidad. Hablé con el constructor y después de presentarme el proyecto lo acepté.
Para pasar entretenidos la espera de la terminación de la obra decidí que los dos podíamos hacer un viaje turístico por Extremadura, sería perfecto.
Todo estaba resultando fantástico. Visitamos Plasencia, Badajoz, Trujillo para terminar en Mérida. A Linda le pareció maravilloso el agreste paisaje repleto de alcornocales y encinas, como destacan los colores en la tierra comprobando que ningún verde es igual a otro haciendo que todo el campo parezca una sinfonía de colores.
Linda y yo, al atardecer de un día espléndido emeritense, visitamos innumerables monumentos de la época romana, como el teatro romano, hermoso en donde si cierras los ojos puedes ver la lucha de gladiadores y el eco del rugido de las fieras en su jaula.
Paseamos por el puente romano y cuando contemplábamos como transcurren las aguas apoyados en la baranda vemos una barca que nos llama la atención por su agitado balanceo. Nos sorprendió que un río de aguas mansas tenga turbulencias pero quizás se tratase de una poza que en su absorción hace que se produzca un pequeño tifón acuático.
Sin perder de vista la barca vemos como el barquero, hombre de aspecto rudo se acerca con su zozobrante balanceo al ojo del puente donde estábamos Linda y yo.
El hombre mira hacia arriba con descaro y nos obsequia,  con su boca desdentada y ojos grandes ensangrentados, una tenue sonrisa maliciosa.
Nervioso por el aspecto del hombre miro a Linda y su mirada perdida me hace temblar. Toco su desnudo brazo y el calor que desprende es febril. La abrazo por la cintura y nos encaminamos despacio al aparcamiento donde había dejado el coche una hora antes.
Pero cuando nos acercamos al aparcamiento veo con impotencia como el manso Guadiana se lleva mi coche arrastrándolo hasta el centro de su caudal.
Algo extraño siento dentro de mí, la situación que estoy viviendo se me antoja dantesca por su extrañeza. Algo raro nos esta sucediendo a Linda y a mí que no se puede explicar con palabras. Cuando llegamos al hotel Parador, pido al recepcionista, un hombre joven y apuesto, que avise a un médico con urgencia para la habitación 108. Ya en la habitación le cojo el pulso y pienso que tiene mucha fiebre por su alteración. Con una toalla mojada le humedezco los labios y la frente, y espero con impaciencia que llegue el médico.
Pasan las horas y el médico no acude a mi llamada. Mientras, Linda se queda dormida profundamente. Bajo a la recepción y me atiende una encantadora jovencita con notable acento extremeño.
Reclamo con autoridad al médico que esperaba y la recepcionista se queda extrañada pues ella no había avisado a ningún medico, nadie se lo había reclamado.

Continuará...

miércoles, 4 de abril de 2012

Feria del Libro del Club Polideportivo El Encinar

Queridos amigos y lectores:
El próximo día 13 de abril a las 21,00 horas se celebrará en el Club Polideportivo El Encinar, un coloquio llamado "Encuentros con escritores" en el cual participaré.
Animaos, la entrada es pública.
Teresa.

jueves, 29 de marzo de 2012

El estanque (2ª parte)

Días después la prensa dio la noticia que tras una exhaustiva investigación por parte de la policía, los sospechosos ya estaban controlados, solo había que esperar el momento oportuno y las pruebas aclaratorias suficientes para detenerlos.
Un día en que la niebla espesa y pertinaz que hacía que la visibilidad fuera casi nula, una mujer del pueblo alta y fuerte y con cara de pocos amigos nos reúne en la puerta del colegio a mí y mis hermanos. Nos lleva a su casa permaneciendo allí tres días en régimen de cuartel.
Aquella mujer no hablaba con nosotros. Nunca decía nada. Sólo nos ponía la comida en la mesa y desaparecía para volver a recoger el servicio. Fueron tres días interminables y sin saber el porqué estábamos allí. Mi madre nos había dejado con una mujer extraña, desconocida para nosotros y además era antipática. Mi hermano el mayor nos miraba al resto de hermanos con temor en sus ojos de niño pero nunca nos dijo nada.
Mientras, mi casa se llenaba de policías y ambulancias. En el estanque de la finca habían aparecido dos cadáveres, uno de ellos era el de mi padre el otro de un desconocido. Más tarde se supo que era el cuerpo del delincuente que buscaban y que a su vez vigilaba a mi padre. Este hombre había presenciado la pelea del tren y sospechaba que mi padre conocía el escondite de la caja.
Ocurrió que mi padre estaba esa mañana drenando el fondo del estanque cuando un hombre se le acercó sigilosamente y le apuntó con una pistola para intimidarle. Mi padre perdió el equilibrio y cayó al agua. Y así es como se ahogó en las cenagosas aguas sin tener acción de defenderse.
Mi abuelo presenció todo desde la ventana del salón. Allí se encontraba revisando las cuentas de la finca en su mesa de despacho y vio como mi padre estaba de pie, de espaldas a un extraño y en un instante cayó al agua empujado. Después coge una enorme estaca y hunde el cuerpo con rabia hasta que lo ahoga.
Mi abuelo asustado e impotente, fue a por su rifle y con un tiro certero abatió al desconocido. Intentó sacar a su hijo pero el cuerpo inerte flotaba como un corcho a la deriva. Permaneció unos minutos en la orilla al lado de los dos cadáveres, con la mente en blanco. Luego reaccionó y llamó a la comandancia de la policía.
Después de contar lo sucedido, no creyeron su relato de los hechos y lo acusaron de las dos muertes. Por eso nunca más salio de la cárcel. Mientras, su hija (mi madre) guardaba con celo que rayaba a la locura el objeto por el cual había muerto mi padre.
Ahora lo tengo en mis manos y me quema. Me quema tanto porque sé que aquel objeto es el culpable de las desgracias de mi familia, que mi infancia y adolescencia podrían haber sido como las de cualquiera y no esa oscuridad y tristeza permanente en la que viví. Me dirijo con paso firme hacia este odioso y maloliente estanque porque quiero tirarla al fondo de las turbias aguas que fueron la tumba de mi padre. Pero mientras caminaba pensé que sepultar la piedra tampoco me haría olvidarla, así que decidí llamar a mis hermanos para saber qué hacer con la piedra.
Me dieron la callada por respuesta y entonces pensé ir a un perista. Ahora tenía la oportunidad que siempre soñé, irme lejos de esta odiosa casa y empezar una nueva etapa.
Para mi sorpresa, el perista y después de múltiples pruebas, pesajes, mediciones y exhaustiva observación, tasó la piedra en un millón de euros. Quise hacer partícipes a mis hermanos pero no quisieron saber nada o no me creyeron.
Hago las maletas y sin pensarlo compro por internet un pasaje para Nueva York, quiero que mi vida empiece de nuevo sin mirar hacia atrás.
Cuando ruedo por la carretera de Extremadura camino hacia Madrid, al aeropuerto de Barajas, mi cabeza calenturienta se desborda pensando en los últimos acontecimientos.
Y embarco en un avión de las líneas aéreas norteamericanas y me dirijo a Nueva York. Tenía muchas horas por delante para pensar qué hacer con mi vida. Después de una travesía con altibajos anímicos, aterrizo en la ciudad de los rascacielos en el aeropuerto J F K y de nuevo me embarco en una línea aérea regular. Que me lleva a las Vegas, en el estado de Nevada.
Apenas bajé del avión pude escuchar el ruido de las máquinas tragaperras en la terminal del aeropuerto. Más tarde comprobé atónito como las maquinas se prodigaban en los kioscos, supermercados lavanderías, bares, toda una locura para el jugador.
Cuando voy camino del hotel, todo me deslumbra, es una explosión de luces y colores, hay gente de todas las razas. Grandes limusinas prodigan por las avenidas, deslumbrantes mujeres cargadas de joyas pasean con sus guardaespaldas. Casi no puedo creer lo que estoy viviendo y pienso, (quizás como pensó mi madre) que el dinero lo puede todo.
Después de admirar la ciudad desde mi taxi y acomodarme en el hotel me dirijo al casino más importante. Mi intención es disfrutar de todo lo que me estaba ofreciendo la ciudad. Entro por la puerta principal del casino y un portero uniformado me cede la entrada con suma cortesía. Observo cómo un salón enorme y grandioso emerge ante mis deslumbrados ojos, enormes lámparas penden del techo, mullidas alfombras hunden mis cansados pies en un bienestar que conforta mi espíritu.
Alguien se acerca a mí ofreciéndome ver el espectáculo de “Las Vegas Strip” panorámica nocturna de los hoteles situados en Las Vegas Boulevard. Me maravilla el increíble espectáculo de extravagancia y brillo que allí se prodiga. Me sobrecoge agradablemente la inmensa pirámide de vidrio parecido a un enorme castillo multicolor, de igual manera replicas de los rascacielos de Nueva York lucen con descaro provocador incluyendo en el despilfarro de lujo. También está la Estatua de la Libertad, en un recodo casi escondido como a propósito una bahía de tamaño real que me hace soñar despierto. A su lado un volcán que escupe fuego embobando mi capacidad emocional También elegante y erguida un modelo a escala de la Torre Eiffel.
Miles de carteles fosforescentes se mezclan con millones de luces de colores y todo en una pequeña distancia. Mis sentidos se bloquean con tanto lujo y fantasía.
Ya en la calle Freemont un jovencito me ofrece entradas para un espectáculo de topless y de bailarinas desnudas, pero en esos momentos solo quería admirar el entorno que tenía ante mí deleitándome con su bullicio multicolor.
Las calles estaban repletas de gente guapa que se ignora, esto me sobrecoge dándome la impresión que es un mundo imaginario.
Entro en otro casino y recorro con la vista el enorme salón. Decido jugar para probar suerte y después de observar el mecanismo del juego tomo asiento y pongo dos mil dólares al trece rojo. Todos se acercan curiosos, la ruleta gira y el crupier con voz seria canta trece y rojo y me arrojan un montón de fichas que abrazo con sorpresa. Me emociono y vuelvo a jugar una y otra baza, la avaricia me hacia sentir un hombre afortunado.
Pero la suerte después de una hora jugando ya no es la misma y estoy perdiendo casi todo, ya sólo me quedan mil dólares. Me retiro de la ruleta embriagado por la locura del juego. Me voy a otra mesa que sin saber que juego era y pongo los mil dólares a una sola carta. Para mi sorpresa sale premiado con el bote y sigo jugando en un estado de frenesí y sin saber cómo, desbanco la caja.
Dos empleados del casino se acercan solícitos para que el dinero lo ingrese en su banco. Yo acepto encantado y en ese instante decido quedarme en las Vegas. Pensé estar y vivir en Las Vegas es como haber sido transportado a una fantasía galáctica en algún otro mundo imaginario.
Me compro un apartamento de lujo en la avenida principal. Mientras ceno en un lujoso restaurante exclusivo conozco a una bellísima mujer coreana llamada Linda.
Nace entre los dos una gran amistad y desde entonces, los días discurren en su compañía con alegría. Desde las Vegas viajamos a Nueva York y por primera vez en mi vida veo en la ciudad de los rascacielos un extraordinario espectáculo de ballet clásico en el Metropolitas Opera House. A los pocos días presencio con el mismo entusiasmo que la anterior una representación de la orquesta filarmónica de Nueva York. Su acústica era tan fantástica que se podía sentir como el mismo cielo se estremecía al oír los acordes de Toscanini.
Siempre acompañado por Linda la bella coreana fuimos para ver el divertido musical Mamma Mía al City Music Hall, el teatro más grande de los Estados Unidos que por su lujo y dimensiones nos cautivó. Prometimos volver para la gran fiesta que daban en Navidad.
Un sábado decidimos Linda y yo descubrir nuevos horizontes por Las Vegas y nos fuimos a Lower East Side, la segunda avenida más grande y famosa por su variedad de restaurantes. Entramos en un tibetano, con su suelo de cristal por donde transcurría el agua repleta de peces de colores, el techo cubierto de guirnaldas de cristal lucían como estrellas en el firmamento, todo lo que veíamos y vivíamos nos parecía maravilloso. El amor que estaba surgiendo entre nosotros hacía que todo se magnificase.
Por la noche y en la penumbra de mi alcoba pensaba que nunca hubiera podido imaginar que un desierto fuera un oasis repleto de litros de agua convertidas en champaña y ríos de luces de neón para convertir la noche en día.
Después de un tiempo entre lujos y despilfarros, la añoranza me hace decidir volver a mi casa, sin despedirme de Linda, no quería presenciar sus lágrimas.
De nuevo ya en España me encuentro caminando por el angosto camino rural que me lleva a mi casa. Pensativo y goloso cojo una rica mora que reluce bajo los rayos del sol. Su sabor me trae muchas evocaciones, mi abuela solía hacer pastel de mora cada vez que alguno de nosotros cumplíamos años.
Sigo con mi pensamiento saboreando los olores de mi tierra y el claxon de un automóvil me despierta de mi ensoñación.


Continuará...

viernes, 23 de marzo de 2012

El estanque (1ª parte)

Dejo mi Suzuki todo terreno aparcado en un recodo del camino y subo a pie por la pedregosa vereda cubierta de retamas y zarzales repletos de jugosas moras.
Todo está en estado salvaje y solitario desde que mis hermanos y yo dejamos la casa paterna para ir a estudiar a un internado de Cáceres, ahora al volver el entorno se me antoja desolador.
Las paredes de piedra que confinan el camino aparecen en estado lamentable y están casi derruidas, pero a pesar de todo, yo sigo mi camino ansioso de llegar a mi casa tantos años añorada.
Un perro con aspecto cansado y solitario acompaña mis pasos y camina junto a mí. Ni siquiera ladra, sólo me mira de vez en cuando.
Se divisa la casa, está estática, sin vida, vacía. No muy lejos, el estanque cenagoso y solitario me recuerda las tardes de verano cuando con mis hermanos solía bañarme.
De esto hace ya más de veinte años y ahora, frente a la casa, todo me parece diferente, más pequeño que en mis recuerdos. Los viñedos a los pies de la casa hacen filas como los soldados en un cuartel y los olivos coronan un montículo desde donde se divisa el pueblo. Allí mi padre hizo construir un mirador que le llamábamos “el mirador del cielo” porque mi madre decía que si alargabas los brazos lo podías tocar.
Separo las hojas secas que taponan el umbral de la casa y abro con decisión pero con respeto porque mi corazón se desboca. Observo la escalera empinada y sus peldaños desiguales. Por un instante no me parece mi escalera, el zaguán aparentaba haber menguado y todo me parecía muy extraño.
Subo a la alcoba que ocupaban mis padres y todo está igual. La chimenea a un lado de la habitación mantiene, en su repisa de madera, los mismos adornos de siempre, aquellos que a mí nunca me dejaron tocar.
Entre ellos estaba la cajita de color rojo que mi madre cerraba celosa con una llave que llevaba colgada del cuello.
Salgo del dormitorio y me invade la curiosidad morbosa que siempre tuve por saber qué es lo que puede haber dentro de la misteriosa caja roja que mi madre guardaba con tanto celo.
Me voy a la cocina cierro los ojos por unos instantes y mis sentidos recuerdan el olor a pan recién horneado que solía hacer mi abuela, y de el frite de cordero que tanto le gustaba a mi padre, también imagino el chisporreteo que hace la carne en el sofrito.
Sigo mi ruta por las estancias de la casa como si fuera un turista ávido de descubrir cosas nuevas.
Entro en la habitación de mi hermano mayor. Está igual que siempre. Todo en orden. El barco con que jugábamos en el estanque, aunque lleno de polvo, parecía estar esperando que lo utilizasen. Allí también están el balón, los patines, la raqueta de tenis con la que jugábamos a veces con pequeñas piedras haciendo el gamberro.
Miro por la ventana el campo empapado de sol, donde emerge fina, tenue, una cadena de colinas donde se transforman al mirarlas en un día limpio de otoño.
La visión de la panorámica me sobrecoge haciéndome estremecer.
Entro en mi cuarto donde he vivido antes de salir huyendo. En las estanterías están los libros de aventuras que solía traer mi padre de sus viajes a la ciudad, inculcándonos así el hábito de la lectura.
Todos los leía con voluntad y buen deseo. Cuando empecé a comprar los libros con mi dinero empecé a elegir los autores modernos que más me gustaban aunque algunos no los adquirí muy honradamente. Eran prestados y yo no los devolví porque no quería privarme del placer de tenerlos en mi biblioteca, que ahora miro con nostalgia.
Tomo uno de los libros en mis manos y lo ojeo intentando leer. Pero lo echo a un lado. Dentro hay pasajes señalados con lápiz. Las lágrimas acuden a mis ojos.
Hay cuadernos donde en la tapa garabateada se puede leer con dificultad mi nombre y los recuerdos se van juntando. Hojas, cuadernos, cartas. Ahí estaba toda mi niñez en una habitación desde cuya ventana se podía ver el infinito.
Al anochecer veo como las sombras corren como espectros de tronco en tronco de los castaños estáticos recoloreándolos hasta recorrer todo el campo y morir en el horizonte.
Recuerdo que de pequeño siempre me perdía en el juego de matices suaves de sombras transparentes hasta el punto de no oír nada más que el pálpito de mi corazón.
Mi vida ha viajado tiempo atrás porque todo lo veo con extraordinaria nitidez, salgo a la calle y me siento en el poyete que precede a la puerta de la casa.
Y otra vez la dichosa cajita roja que tanto me obsesionaba cobra de nuevo mi interés, saber que había dentro. Subo la escalera decidido y busco algo con lo que pueda abrirla y encuentro en un cajón del cuarto de baño una lima metálica, hago palanca y abro lo que tanto me obsesiono cuando era niño.
Dentro de la caja y en un pequeño saquito de terciopelo hay cerrado con una cinta de color verde una pequeña piedra que brillaba como una estrella en una clara noche de verano. Tan hermosa que mis pupilas se dilatan de emoción porque nunca mis ojos habían visto nada parecido
Recuerdo que mis padres, marcados con el hallazgo de la piedra, empezaron a distanciarse tanto que nunca antes habían discutido y desde entonces empezaron ha llevarse mal, sus diferencias se hacían cada vez más notables, discutían por todo. Así de la noche a la mañana cambió en el ambiente de la casa, mis progenitores llegaron a mirarse con odio cuando creían que nadie los veía. Mi madre prohibió las risas y a veces nos miraba como si fuéramos extraños a mis hermanos y a mí.
Mi abuelo tampoco escapó de la influencia de la piedra, parecía amargado y ya no jugaba con nosotros. La casa que siempre antes me pareció bonita ahora se me antojaba fea y desagradable desde los tormentosos momentos que viví en ella con desconsolada angustia infantil.
Fue todo desagradable, sin entender qué desencadenó la tragedia familiar y qué era lo que pasaba para que ningún miembro de la familia volviera a sonreír Yo cada día soñaba con escapar a un sitio lejano para nunca más volver.
En mi cabeza de niño nunca comprendí porque una tarde de otoño y cuando regresaba del colegio, unos señores con sombrero negro se llevaban a mi abuelo, subiéndolo a un coche y él ,con una sonrisa que más bien parecía una mueca, nos decía adiós.
Mi madre nunca nos habló de ello y cuando preguntábamos por él su respuesta era siempre la misma, que había tenido que ir de viaje al extranjero por un trabajo muy importante y que pronto regresaría. Pero eso no paso y nos empezamos a hacer mayores. Nunca jamás mis hermanos y yo volvimos a preguntar por él.
Ahora, con la piedra en la mano, me vienen muchos recuerdos escondidos en mi pequeña cabeza y mis piernas de hombre maduro se agitan como las hojas de un árbol en una brisa suave.
Mi madre siempre fue mujer altiva, y estaba poseída de tener una belleza excepcional, siempre le gusto el lujo, era la mujer más bonita y mejor vestida del pueblo cuando asistía a la misa dominical. Mi padre, nunca le quitaba ningún capricho y le gustaba exhibirla como un preciado trofeo. El abuelo que vivía con nosotros dejaba vivir.
Un día, mi padre viajaba en el tren camino de casa después de estar unas semanas en Barcelona. Había ido por asuntos de la finca y se sentía angustiado por que no le habían salido los negocios como el esperaba. La finca, en esos momentos, se encontraba con un déficit casi imposible de recuperación. Por eso tuvo que ir a Barcelona para que sus parientes catalanes le ayudaran a remontar la situación. La cosecha había sido mala, la aceituna escasa, la almendra casi toda se perdida por falta de riego… y así metido en sus pensamientos, no se dio cuenta que unos hombres se sentaban en el asiento frente a él.
De pronto, en el vagón en el que el viajaba se forma una trifulca en el que se ve envuelto sin querer. Las pistolas y las navajas aparecieron en manos de sus compañeros de viaje y mi padre atemorizado sin saber qué hacer, se esconde debajo de un asiento desde donde ve cómo un hombre herido de bala cae a su lado. Le alarga una mano manchada de sangre pidiéndole auxilio pero mi padre no pudo moverse paralizado por el miedo. La mirada de ese hombre nunca la pudo olvidar.
El terror que vivió mi padre hasta la parada de la próxima estación donde esperaba la policía, fue para él interminable, como si viajara en un carrusel desbocado y sin control. En la angustiosa espera agazapado bajo el asiento, algo le cayó en la cabeza y con temor lo cogió y lo guardó en su bolsillo sin saber que era ni porqué lo hacía. Más tarde, cuando llega a casa y le enseña a mi madre lo que ha encontrado ésta lo guarda con avaricia hasta que vinieran tiempos mejores. Desde entonces una ambición desmedida se apoderó de ella y eso hizo que mi padre por temor a su enojo no dijera nada a la policía. lo guardó bajo llave dentro de una cajita roja (la que ahora tengo en mis manos)y que me quema como si fuera un hierro incandescente.
A la mañana siguiente la prensa se hizo eco de un robo en la casa del Cónsul de Turquía en Cataluña y hubo un gran revuelo en una pequeña localidad del Ampurdán donde se buscaban los atracadores de la casa solariega.
Mi padre ajeno a todo lo que estaba pasando y sin querer enterarse de nada siguió con su trabajo sin apreciar que estaba siendo observado muy de cerca por un hombre desconocido y que a éste al mismo tiempo, le seguía la policía pisándole los talones.

Continuará...

sábado, 10 de marzo de 2012

EL JARDIN

Estoy sentada en el ocaso de la tarde en mi pequeño jardín repleto de evocaciones. Miro el pino que una Navidad plantó mi padre en medio de un florido parterre para poder adornarlo en la Navidad del año siguiente. A su lado, También hay un platanero larguirucho presumiendo de sus hojas de plata.
Ese día lo recuerdo como un día muy divertido. Toda la familia colaboró en tan magno acontecimiento sobre todo para nosotros, los pequeños de la casa.
Un ruido extraño me hace estremecer, algo parece arrastrarse tras la tapia del jardín, miro pero no veo nada mi corazón se desboca, cuando me sereno, de nuevo empiezo a recordar, aquí había un árbol, ya no está…lo habrá abatido algún vendaval, hace tantos años…era una niña cuando empezamos a venir toda la familia a pasar las vacaciones.
Un silbido aterrador me hace volver la cabeza, una enorme serpiente encrespada me mira belicosamente, me quedo inmóvil casi no puedo respirar de la impresión, el temor se apodera de mi, cierro los ojos, y al volver a mirar ya no estaba, entro en la casa presa de una gran excitación y oigo un susurro, escucho expectante y al instante siento una grata sorpresa al saber que era la radio que emitía una lánguida melodía, con gesto impulsivo le doy al botón de apagado, pero enseguida me doy cuenta que no estaba conectada.
Mi corazón se aceleró y subo al piso superior de la casa y una luz tenue se escapa por la rendija de la puerta entreabierta del cuarto de baño, las piernas me flaquean salgo corriendo de nuevo al jardín la precipitación me hace difícil respirar porque sentí que el aire me faltaba. Ahora la copa del platanero sobresalía entre una incipiente niebla, como misteriosas formas surgidas de la nada. Donde antes creí ver un almendro, solo hay hierbajos que creciendo en desorden.
De repente el almendro, surge de nuevo ante mis ojos agitando sus ramas, haciendo un ruido tenebroso, estoy sola siento que algo me está ocurriendo, las ramas del almendro parecen querer abrazarme se mueven como si fueran brazos humanos. Ya es entrada la noche hay luna llena y con su luz mercurial ilumina el pequeño jardín haciéndolo mágico, las sombras que proyecta desde lo alto con su resplandor son fantasmagóricas siento que un miedo terrible se apodera de mi.
El ruido de un coche alivia mi pesar, al fin llega alguien a casa, atravieso el zaguán, y abro la puerta principal confiada, allí estaban mis hijos y mi marido con un complejo equipo electrónico, y me cuentan entusiasmados que lo habían probado haciendo figuras chinescas a las afueras del jardín y que parecían verse fantasmas. Dicen las niñas entusiasmadas
Aquella noche cene sin apetito todo lo ocurrido me sobrepasaba.
¡Y la radio encendida…y la luz del cuarto de baño!
Desde aquella noche nunca más pude dormir ni descansar en aquella casa.
Por la mañana, cuando entro en el salón había un libro encima de la mesa abierto, leo con curiosidad aterradora, y en él una nota que nunca olvidare, lo que me hicisteis tú y tus amigos cuando éramos unos adolescentes aun no se me ha olvidado. Firmado RR.